Eso de pegar a los médicos

Año tras año, se contabilizan más de 400 agresiones, además de insultos, amenazas y vejaciones. Tenemos una sociedad que ha perdido el respeto a los médicos

Foto: Concentración de médicos de toda España ante el Ministerio de Sanidad. (EFE)
Concentración de médicos de toda España ante el Ministerio de Sanidad. (EFE)

Fue sincera mi perplejidad cuando, al verte, me dijiste que ibas con miedo a trabajar, que tenías una profesión de riesgo. Pensé, como es lógico, que eras guardia civil, una mujer policía, o quizás una joven soldado a punto de partir para una de esas misiones que despliega el Ejército español en algunos avisperos como Afganistán o Somalia. Pero no era nada de eso: “Soy médico internista”. Luego añadiste que hace unos días presenciaste la agresión a uno de tus compañeros del ambulatorio, “nada extraordinario, sucede mucho, hay gente que se desespera, porque no se considera bien atendida, y acaba por pegarle al médico”, me dijiste con toda naturalidad.

Eso me sorprendió porque quizá sea lo primero que debería alarmarnos, que algo tan extraordinario se haya convertido en España en una constante. Te juro que, hasta ese día, yo mismo no había reparado que aquí existe un Observatorio Nacional contra las Agresiones a Sanitarios y hasta un Día Nacional Contra las Agresiones a Sanitarios, precisamente en el aniversario del asesinato de una médica de familia por un salvaje que decía que en la consulta lo habían tratado mal. Era la doctora Moreno, que tenía 34 años y un niño de dos añitos. No creo que haya un solo país civilizado del mundo que se nos parezca en estas cosas, que tenga un día contra las palizas a sus médicos, y mira que hay ‘días nacionales’ raros, que hasta le dedican uno, a principios de mayo, a los calcetines perdidos. Pues nada tan extraordinario como que teman por sus vidas aquellos que deberían gozar de fama y prestigio porque se dedican a salvar las vidas de los demás.

Dices que el problema fundamental es que los pacientes os hacen pagar por las deficiencias del sistema, por los recortes y las listas de espera, por la limitación ridícula del tiempo de las consultas o por las restricciones de algunos medicamentos. Es posible, claro, pero debes tener en cuenta que, en todo caso, esa es la espoleta, la última razón de esa espiral de locura, porque cuando, año tras año, se contabilizan más de 400 agresiones, además de insultos, amenazas y vejaciones, lo que tenemos delante es una sociedad que ha perdido completamente el respeto a los médicos.

No puede ser normal que hasta se tenga que hacer una campaña publicitaria diciendo precisamente eso, "Respetar a tu médico es cuidar de todos”, que parece de uno de esos programas infantiles de televisión, Espinete en Barrio Sésamo, izquierda y derecha, arriba y abajo. El respeto tiene que ser el ‘abc’ de una sociedad. ¿Qué ha pasado en España para que, a medida que nos adentrábamos en democracia, se haya ido perdiendo el respeto a algunos oficios que antes gozaban de un gran prestigio social, como los maestros, los profesores y los médicos como tú?

Deberíamos pensar, incluso, por qué hay tanta diferencia entre las agresiones que se producen en unas regiones y en otras

Deberíamos pensar, incluso, por qué hay tanta diferencia entre las agresiones que se producen en unas regiones y en otras, si eso se debe a que la sociedad es más educada y respetuosa en algunas comunidades o, en cambio, lo que pasa es que, sencillamente, tienen un mejor sistema público de Salud. Con los datos del año pasado, por ejemplo, resulta significativo que el mayor número de agresiones, por número de sanitarios, se produzca en Melilla, Extremadura, Cantabria y Andalucía, mientras que en el País Vasco y en Aragón es donde se registran menos.

Hace unos días ya lo comentamos por la extraordinaria fama que está adquiriendo el presidente de la Sala Segunda del Supremo, Manuel Marchena, precisamente por eso, porque representa una autoridad que se echa de menos. Recuerdo que en una de las sesiones del juicio del 'procés', el fiscal le preguntó a un testigo de las defensas si habían insultado a los policías y guardias civiles y el tipo, sin alterarse lo más mínimo, le respondió: “Sí, claro”. ¿Y qué tipo de insultos?, volvió a inquirir el fiscal. “Pues los normales, cabrones, hijos de puta…”. ¿Te das cuenta? Un señor independentista, con el pelo blanqueado por los años, considera que lo normal es que a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado se las insulte. ¡Los insultos normales, dice el tipo! Igual con los médicos o con los profesores dicen lo mismo, “no, bah, no hay que exagerar: han sido los puñetazos normales”.

Que sí, que sí, que es el concepto mismo de autoridad el que está en cuestión, y debe ser que este es uno de los efectos indeseables e inevitables que se producen con un sistema democrático porque, desde luego, como el propio independentista, si se le pregunta, no negará que durante la dictadura a él no se le hubiera ocurrido jamás decir lo mismo al paso de una pareja de policías o guardias civiles. Lo mismo podría decirse de los médicos, de las enfermeras, de los celadores… Y de las escuelas, de la universidad, de los institutos.

¿Por qué tienen que ser o parecer incompatibles los conceptos de democracia y autoridad? Si intentamos resolver esa cuestión, es probable que lleguemos al verdadero origen del problema.

Matacán
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