Felipe VI y la maldición

El primer Borbón en llegar al trono fue Felipe V, en noviembre de 1700, y desde que el príncipe empezó a llamarse así, Felipe VI, se instaló esa maldad, 'el primero y el último'

Foto: Felipe VI. (Cordon Press)
Felipe VI. (Cordon Press)

Desde el primer día del reinado de Felipe VI existe un halo de morbo negro por la posibilidad de que, con él en el trono, la monarquía se extinga para siempre en España después de completar un círculo imperfecto de tres siglos. El primer Borbón en llegar al trono fue Felipe V, en noviembre de 1700, y desde que el príncipe empezó a llamarse así, Felipe VI, se instaló esa maldad, ‘el primero y el último’; tal y como están las cosas en el mundo, tal y como están las cosas en España, a ver quién se atreve a afirmar tajantemente lo contrario.

Los dos reyes, además, han tenido que enfrentarse a lo mismo, a la misma deslealtad catalana, porque hay cosas que no cambian, y eso también engorda el morbo negro. La traición catalana a Felipe V —que no tuvo nada que ver, como es sabido, con una guerra de independencia, sino con una Guerra de Sucesión del trono de España— se acabó con el Tratado de Utrecht, por tratarse de un conflicto internacional, con un real decreto de 'Indulto y perdón general a los catalanes', promulgado en 1713, y la traición a Felipe VI, al que dicen no reconocer, ha ido a parar al Tribunal Supremo y ya veremos cómo se acaba, porque otra vez están pidiendo lo mismo.

En fin... Que Felipe VI fue proclamado rey de España el 19 de junio de 2014, y ahora que han pasado cinco años conviene recordarlo y resaltar lo que se ha constatado otras veces aquí mismo, que la estabilidad de la Corona, en la actualidad, va más allá de ideologías y de las predilecciones de cada cual sobre un modelo de Estado u otro.

El debate de la actualidad sobre la monarquía española con lo que tiene que ver es con la permanencia de la Constitución, porque quienes atacan la Corona en la actualidad lo que pretenden es romper el orden constitucional que nos hemos dado. Y saben bien que si esta Constitución cae, no habrá otra que la sustituya porque será la propia España la que no resista el seísmo.

De la misma forma que la figura de un monarca fue fundamental y decisiva para que los españoles pudieran pasar de una dictadura a una democracia sin derramar una gota de sangre, con la extraordinaria proeza de liquidar el franquismo con las propias leyes de la dictadura, ahora la figura del rey Felipe es esencial para cohesionar y preservar la Constitución.

La figura de un monarca fue fundamental para que los españoles pudieran pasar de una dictadura a una democracia sin derramar una gota de sangre

Don Juan Carlos, como reconocen los mayores historiadores e hispanistas, desde Paul Preston a Stanley Payne, tuvo un papel decisivo en la llegada de la democracia porque, gracias a que tenía en su mano todos los poderes heredados del anterior jefe del Estado, venció la resistencia del búnker del franquismo y pudo sortear las incontables tensiones de aquel momento. A partir de que España se dotó de una Constitución, los españoles, tan poco dados a las adhesiones y sentimentalismos institucionales, vieron en él un referente de las libertades, el 'rey de un pueblo', y se hicieron juancarlistas.

Tras su abdicación, Felipe VI es el primer rey de la historia de España que ha crecido y se ha formado en un régimen democrático y bajo el amparo de una Constitución votada mayoritariamente por todos los españoles. Su defensa de la Constitución en el otoño independentista, el 3 de octubre de 2017, supuso un punto de inflexión en el conflicto, del que ya nadie duda y que se analizará con más claridad al paso de los años. Todo parecía desbordarse hasta que el rey Felipe se dirigió a los españoles “para subrayar una vez más el firme compromiso de la Corona con la Constitución y con la democracia, mi entrega al entendimiento y la concordia entre españoles, y mi compromiso como Rey con la unidad y la permanencia de España”. A partir de entonces, todos los mecanismos de autodefensa del Estado de derecho se alinearon hasta anular aquel intento de golpe de Estado contra el orden constitucional. Igual que había ocurrido con su padre un 23 de febrero de 1981.

La diferencia entre un momento y otro es que, por muchos motivos, el discurso del Rey tras la angustiosa asonada de Tejero en el Congreso le sirvió a don Juan Carlos para afianzar su inmensa popularidad entre los españoles y para ser visto, ya sin recelos de nadie, incluidos los republicanos, como el garante de las libertades en España.

Esa oleada de populismo, que empapó a don Juan Carlos hasta que la Corona se horadó a sí misma de desprestigio por distintos escándalos, no le va a llegar tan fácilmente a Felipe VI. Ni la revuelta catalana se percibe de la misma forma que el 23-F, aunque en la práctica hayan supuestos dos intentos de golpe de Estado, ni el carácter de don Felipe es el de su padre.

Donde don Juan Carlos transmitía campechanía, su hijo Felipe inspira seriedad y distancia institucional. Quizá sea lo que le hace falta a la Corona ahora

Donde don Juan Carlos transmitía campechanía, cercanía, su hijo Felipe inspira seriedad y distancia institucional. Quizá sea lo que le hace falta a la Corona en estos momentos o, mejor aún, quizá sea esa imagen la que quiere transmitir Felipe VI para recuperar el prestigio que fue perdiendo la Corona, como si se estuviera desangrando. Es eso que dijo el Rey cuando recibió la abdicación de su padre, que su objetivo era preservar la dignidad y el prestigio de la Corona “observando una conducta íntegra, honesta y transparente”.

De ese camino, no se ha apartado ni un solo día. Y por esa misma obsesión, ahora que se cumplen cinco años de Felipe VI como rey de España, no habrá ni fastos ni celebraciones. Quién sabe, a lo mejor es la pócima que se precisa para vencer la maldición y el morbo negro del primer y el último Borbón, los dos llamados Felipe.

Matacán
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