Cazad al negro

Hemos creado una solidaridad ocasional, una solidaridad de peluche, que alivia conciencias en España, en Europa, y nos aleja progresivamente de la realidad, que desaparece de la vista

Foto: Un migrante reza a bordo del Open Arms. (EFE)
Un migrante reza a bordo del Open Arms. (EFE)

El testimonio que se reproduce íntegramente a continuación se refiere a unos negros, pero no son los negros que salen en las noticias. Son inmigrantes subsaharianos, igual de desesperados y de azotados por la miseria, pero tienen la desgracia añadida de la ‘no existencia’ formal. Quien habla es un sacerdote español, de Murcia. Hace unas semanas, envió un mensaje de audio a sus amigos. Dice así:

“Hola, compañeros y compañeras, quiero enviaros una pequeña crónica del viaje que empezamos en Ceuta y Tánger. Si tuviera que ponerle un título sería: ‘Cazad al negro’. Quizá pensáis que es provocativo, tremendista, pero es la realidad que estamos viendo, además de lo que nos cuentan.

Sabéis que la Unión Europea llegó a un acuerdo con Marruecos para impedir el acceso de la población subsahariana. El acuerdo ha consistido en la construcción de una segunda valla, con alambradas y concertinas, y la compra de coches blindados y todoterrenos, además de recursos económicos para el Ejército marroquí. Es decir, que desde ahora los inmigrantes subsaharianos cuando llegan al norte de África se van a encontrar con dos vallas, las dos con concertinas, porque en la española sigue habiendo concertinas.

"Lo tremendo es que la UE, de acuerdo con Marruecos, ha firmado este acuerdo que, a mi juicio, autoriza un genocidio"

La segunda medida que se desprende de ese acuerdo es tremenda, porque están deteniendo a toda persona negra que se encuentran. Llegan incluso a entrar en casas, hacen batidas por los montes, y cuando reúnen a un grupo considerable los llevan al sur, al desierto marroquí, que hace frontera con los desiertos de Argelia y de Mauritania. Los dejan allí, los tiran, sin agua ni comida. Evidentemente, muchos mueren. Nos han contado las monjas que hay personas que han venido a estudiar, o a trabajar, incluso con papeles reglados, y los han detenido por ser negros.

Ahora mismo estamos en Tánger. El único espacio que tienen de ‘seguridad’ es la catedral. Santiago Agrelo, el anterior obispo, llegó a un acuerdo con la policía marroquí y allí no entraban, lo llaman ‘el santuario’. Hemos hablado con alguno de ellos, también con algunas mujeres que hay, aunque pocas, y niños, muy bonicos. Te dicen que a pesar de todo no han perdido la esperanza de llegar a Europa, que están esperando a que cambie la situación para poder salir. También nos han contado en algunas ONG que trabajan por aquí que tienen que tener mucho cuidado porque ya han comprobado que la policía está infiltrando a algunos agentes, que se presentan como voluntarios, con lo que tienen que tener mucho cuidado, y no cuentan nada porque no se fían. Hasta que no te conocen bien, y no tienen referencias tuyas, no dicen nada. En fin, esa es la situación. Lo tremendo es que la Unión Europea, de acuerdo con Marruecos, ha firmado este acuerdo que, a mi juicio, autoriza un genocidio. Es terrible, y lo peor es que se desconoce. Me despido. Besicos fuertes”. Fin del mensaje.

Ahora, a partir de ese mensaje, detengámonos por un instante en la polémica del Open Arms, simétrica del Aquarius hace un año, también en verano. Hemos creado una solidaridad ocasional, una solidaridad de peluche, que alivia conciencias en España, en Europa, y nos aleja progresivamente de la realidad, que desaparece de la vista. La espiral comienza con el barco de una ONG, que localiza y embarca a inmigrantes que han contratado a las mafias de la inmigración. En muchas ocasiones, la salvaje explotación de esas mafias cuenta con la participación de esas ONG de salvamento para ‘garantizarles’ a los inmigrantes que llegarán a Europa, como han prometido a cambio de una considerable cantidad de dinero, desde 500 a 1.000 euros, según algunos datos de Frontex, la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas.

Una vez que los inmigrantes, 100 o 200 personas, están a bordo del barco de salvamento, se produce un fenómeno peculiar, la parte sustituye al todo: el gravísimo problema de la inmigración y de la miseria de África se reduce a los integrantes de ese barco. Arden las redes sociales, con acusaciones cruzadas y disputas airadas de solidaridad, a ver quién lanza el insulto más lejos. Algún actor famoso contrata un avión privado para mandar víveres y medicinas, mientras los distintos gobiernos europeos se pasan la pelota de la acogida en sus puertos. Un alcalde de pueblo aprueba un bando solidario y una presidenta regional pone a disposición del barco todos sus puertos.

El precio real de haber salvado a 200 inmigrantes ha sido el de olvidarnos de cientos de miles que, formalmente, no existen para nosotros

La escalada de insultos y de solidaridad en las redes sigue aumentando hasta que, al cabo de unas semanas, el problema se resuelve. Con la conciencia tranquila y la bilis desahogada, la controversia se desinfla. Hasta la próxima. Y nadie sabrá nunca que el precio real de haber salvado a 200 inmigrantes ha sido el de olvidarnos de cientos de miles que, formalmente, no existen para nosotros.

Matacán
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