Los okupas del PP

“A veces miro a mi alrededor y no me reconozco, parece como si unos okupas hubieran entrado en mi partido”, dijo al oído un diputado del Partido Popular

Foto: El líder del PP, Pablo Casado, conversa con la portavoz de la formación en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo. (EFE)
El líder del PP, Pablo Casado, conversa con la portavoz de la formación en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo. (EFE)

Dijo al oído un diputado del Partido Popular, mientras contemplaba la escena de su grupo parlamentario: “A veces miro a mi alrededor y no me reconozco, parece como si unos okupas hubieran entrado en mi partido”. Lo dijo y, poco después, la nueva portavoz del PP, Cayetana Álvarez de Toledo, se fue al País Vasco a darle la razón, porque solo alguien ajeno a la cultura de ese partido es capaz de llegar allí y decirles, como quien le saca brillo a una manzana, que han sido demasiado tibios con el nacionalismo vasco, que tendrían que haberle echado más huevos.

Lo normal es lo que ha sucedido, que los dirigentes de ese partido en Euskadi la hayan hecho aterrizar en la realidad, en su realidad, porque una cosa es que el presidente de un partido político otorgue poder orgánico a una persona como Cayetana Álvarez de Toledo y otra, muy distinta, es que los cuadros y los militantes de ese partido le concedan la autoridad necesaria para darles lecciones de política, de moral y de comportamiento. Uno, el más despectivo, Alfonso Alonso, el presidente del PP vasco, se ha despachado recordándole que es medio argentina, y otro, el más rotundo, Borja Sémper, el portavoz popular de Euskadi, le ha recordado que “mientras algunas caminaban sobre mullidas moquetas, otros nos jugábamos la vida”. Si se suman las dos reacciones, se comprenderá bien al diputado aquel que miraba a su alrededor y le parecía que en su partido habían entrado unos okupas.

Echarle huevos… Otras veces se ha advertido aquí que cuando algunos en la derecha dicen eso de que hay que hablar sin complejos, hay que prepararse para todo porque, en realidad, lo que quiere decir es que van a soltar una barbaridad. ‘Sin complejos’ es igual a ‘sin frenos’. Esa es la ecuación. Y resulta que, sobre todo en una comunidad en la que hasta hace dos días han estado matando a políticos cuando salían a tomar café, la única expresión que no se puede emplear es la de la 'tibieza'. Aunque se piense, no se dice; aunque se tengan razones, no se dice; aunque se pretenda llamar la atención, no se dice.

En esto, la hornada de nuevos dirigentes de los que se ha rodeado Pablo Casado en el Partido Popular tienen mucho que aprender. Por ejemplo, sabemos que el secretario general de los populares, Teodoro García Egea, fue campeón mundial de lanzamiento de huesos de aceituna (se meten un hueso en la boca y lo escupen a una distancia considerable, entre 10 y 20 metros): es una tradición de Cieza, su pueblo, muy arraigada, aunque a muchos nos pueda parecer detestable, como si alguien quisiera sustituir la jabalina olímpica por la parábola que describe un tipo miccionando.

La política como arte —esto es lo importante— no es igual que el arte de escupir huesos de aceituna. A la política lo que no le puede faltar nunca es sutileza, como en la cita clásica y redonda de Giulio Andreotti, ‘manca finezza’. Tacto y seducción, una estrategia envolvente y convincente, que no son conceptos incompatibles con la firmeza de los principios. Ni todo se soluciona a mamporros dialécticos ni todos los problemas de España se resumen en dos exabruptos. En los vídeos que aún se conservan de Teodoro García Egea en el campeonato de lanzamiento de huesos de aceituna, parece el secretario general del PP en un reportaje de televisión con un subtítulo que dice: “Apunten, disparen… ¡hueso!”. Pues bien, un discurso político no se puede construir igual.

En el Partido Popular de la era pos-Rajoy solo quedan dos referencias en las que es posible reconocer al pasado, Núñez Feijóo y Moreno Bonilla

En el Partido Popular de la era pos-Rajoy solo quedan dos referencias en las que es posible reconocer al pasado, el presidente de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, y el presidente de Andalucía, Juanma Moreno Bonilla. Es muy probable que ninguno de los dos comparta las formas de hacer política ni el discurso de los nuevos dirigentes de su partido. El presidente andaluz, por un lado, siempre ha considerado que “la elegancia” es un valor importante en la vida política y lo primero que dijo al ser elegido presidente de la Junta de Andalucía fue que su objetivo era “colocar al Partido Popular en el centro de la vida política”. También añadió: “Mi intención es gobernar con el carácter de Rajoy”.

En cuanto al presidente gallego, que siempre aparece como un líder en la recámara, no se cansa de repetir en cada entrevista que el Partido Popular no puede perder el centro político, porque lo único que va a conseguir es “dejar esas posiciones más centradas para el PSOE”. “Mi tesis es conocida; hay que ensanchar el partido”, ha dicho este mismo fin de semana en la entrevista de 'ABC' en la que pintaba a la nueva clase política española como “políticos adolescentes a los que les hemos dado un Ferrari de 47 millones de pasajeros y están a punto de estrellarlo”.

Una cosa es el poder y otra la autoridad, y, cuando se confunden las dos, se corre el riesgo de que alguien en tu partido te vea como un okupa

Cayetana Álvarez de Toledo no es así, es lo contrario de esa forma de concebir la política y el partido; de hecho, ya abandonó en su día el Partido Popular, y apoyó abiertamente a Ciudadanos, porque le parecía que con Rajoy al frente le faltaba “convicción”, “coraje” y “capacidad de desafío”. Se fue, volvió con sus ideas de derecha sin complejos, y aunque Pablo Casado la calificó de “la Messi del PP”, se presentó por Barcelona y solo logró sacar su escaño: de seis diputados que tenía el PP, solo sacó el suyo, con el que ha llegado a ser portavoz parlamentaria.

“Es una derrota rotunda, contundente, muy clara, y me siento personalmente responsable. Como en las victorias, en la derrota habrá que analizar a fondo las causas”, dijo en abril tras las elecciones. Hasta ahora, sin embargo, solo ha sabido ‘explicar’ por qué pierde el PP vasco. Si volvemos al principio, convendremos que en política una cosa es el poder y otra la autoridad y que, cuando se confunden las dos, se corre el riesgo de que alguien en tu partido te vea como un okupa.

Matacán
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