Volver a decir Gerona

El respeto absoluto que se le tiene a la lengua catalana tiene el límite en el respeto al castellano; como la misma libertad personal, que se acaba donde empieza la de los demás

Foto: La princesa Leonor, en presencia del rey Felipe, en los Premios Princesa de Girona. (EFE)
La princesa Leonor, en presencia del rey Felipe, en los Premios Princesa de Girona. (EFE)

La inversión de los conceptos es la primera anormalidad de la locura independentista. Por eso, en este artículo se hablará de la princesa de Gerona, porque ha llegado la confusión y la histeria al punto dislocado en el que, incluso, mencionar la provincia catalana, o la ciudad, por su nombre en castellano, en español, puede parecer un acto de provocación innecesario al catalanismo.

Y no es así, porque el respeto absoluto que se le tiene a la lengua catalana tiene el límite en el respeto al castellano; como la misma libertad personal, que se acaba donde empieza la de los demás. Desde hace años, quizá de forma inconsciente o acomplejada, en los propios medios de comunicación hemos asumido que se debe escribir siempre Lleida o Girona, porque lo otro, Lérida o Gerona, podría interpretarse como una desconsideración (hay quien piensa, incluso, que solo los fachas hablan así).

A nadie, en ningún medio de comunicación, se le ocurre decir London, ni Brugge, cuando habla de Londres o de Brujas. Ni siquiera pasa con el País Vasco, porque no decimos Bilbo o Donostia, ni Iruña, cuando hablamos de Pamplona, pero en el caso de Cataluña es distinto. ¿Por qué? Pues se acabó, volvamos a lo elemental, a lo que nunca se debe perder ni manosear: el derecho que tenemos a hablar la lengua que nos une, el español, la primera víctima de la intransigencia. Decir Gerona, hablar de la princesa de Gerona en España, no es un menosprecio, sino un reconocimiento de la pluralidad de este país y, en los tiempos que corren, supone un acto de rebeldía contra el intento de los independentistas y de sus voceros de imponer una dictadura de odios y de exclusión.

Solo algunos personajes políticos tan mediocres como la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, son incapaces de entender que el boicot de ayer de las bandas independentistas al acto de entrega de premios ‘Princesa de Gerona’ no era un acto de reivindicación de la república, contrario a la monarquía, sino un escrache a la libertad.

El rey de España, Felipe VI, y toda la familia real no son el objetivo de quienes se manifestaron ayer, sino la Constitución española, la vigencia de un Estado de derecho en España, que es lo único que les estorba. No era un acto contra el Rey, sino contra la libertad de cada uno de nosotros. En un acto de cobardía que ya la caracteriza, Ada Colau decidió no acudir al evento justo en el día en que todo republicano que ame la democracia hubiera optado por acudir al acto para desafiar a quienes intentan imponer la ley del escrache, del sabotaje, del insulto. Cuando está en cuestión la democracia, solo existe un bando, el de los demócratas; en esos momentos, no hay más debate que el de la defensa de la libertad.

Ada Colau solo ha entendido algo tan elemental cuando los mismos radicales de este lunes la acosaron a ella y la llamaron “zorra traidora” cuando se alió con los socialistas tras las últimas elecciones municipales para retener la alcaldía de Barcelona. Tras aquel incidente, Colau se echó a llorar en una radio catalana y confesó que había pensado, incluso, en dejar la política, en dejarlo todo, porque cuando la gritaban, cuando la insultaban, solo pensó en sus hijos.

Este lunes, ni pensó en sus hijos, ni pensó en los hijos de los demás ni en los jóvenes galardonados; por supuesto, tampoco en los 14 años de la princesa de Gerona. Una niña que fue a Barcelona de decir que “Cataluña siempre ocupará un lugar especial en mi corazón”, con un discurso en el que utilizó el catalán, el español y el inglés.

La ausencia de Ada Colau en ese acto solo era una medida exacta de su cobardía, su impropia representación de una ciudad y de una historia a las que avergüenza con sus actos. Dijo Felipe VI que “hay un momento en que los gestos y las actitudes son más importantes que las palabras”. Pues eso.

Cuando los Reyes de España, y las infantas, entraron en el auditorio del Palacio de Congresos de Barcelona, todos los invitados, los que pudieron entrar y sortear la avalancha de insultos y de escupitajos de los vándalos independentistas, se pusieron en pie a aplaudir, con gritos de “viva el Rey”.

El contraste con lo que ocurría en las inmediaciones del palacio es la triste realidad de la sociedad catalana hoy, y la triste existencia de quienes todavía callan, por cobardía o por una inexplicable equidistancia, ante la barbarie que se perpetra a diario y que, para algunos, forma parte de la normalidad, justa respuesta a una sentencia con la que no se está de acuerdo, en favor de una república a la que ya traicionaron cuando la hubo en España. Este disparate expansivo, en fin, que nos ha llevado a considerar subliminalmente que decir Gerona es ofender a un pueblo; que hay que decir Girona para que nadie se moleste.

En los actos, los organizadores de los Premios Princesa de Gerona volvieron a destacar la importancia de unos galardones que premian la excelencia de los jóvenes en las materias más variadas, la empresa, la investigación científica, el sector social o las artes y las letras. El lema de esos premios es 'El talento atrae al talento'.

Tendrían que saber los catalanes que todavía dudan que el dilema de estos años, el que se vive hoy en las universidades catalanes, es todo lo contrario. ‘El odio atrae la violencia’. Muy lejos va quedando ya la sociedad catalana que era envidiada en todas partes por su personalidad y su talante abierto y cosmopolita.

En 2009 se creó la Fundación Princesa de Gerona; 10 años después ni siquiera puede reunirse en la ciudad que le da nombre por miedo al independentismo. Es tan vertiginoso el deterioro que ni siquiera cabe preguntarse lo de siempre, que cuándo se jodió todo.

Matacán
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