Pedro Sánchez, con cara de Susana

Susana Díaz creyó que tenía la mayoría asegurada, que su electorado no la iba a dejar sola, y luego resultó que, por primera vez, sumaron las derechas en Andalucía para poder gobernar

Foto: El presidente del Gobierno en funciones y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez (i), junto a la líder del PSOE-A, Susana Díaz, durante el mitín de inicio de campaña electoral. (EFE)
El presidente del Gobierno en funciones y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez (i), junto a la líder del PSOE-A, Susana Díaz, durante el mitín de inicio de campaña electoral. (EFE)

Los cementerios políticos están llenos de presidentes que adelantaron unas elecciones, seguros de que conseguirían mejores resultados de los que tenían, y acabaron perdiéndolo todo. Jacques Chirac era uno de los ejemplos que siempre se ponían, y eso que el hombre tenía una excelente fama de controlador y de meticuloso; hasta con sus numerosas amantes, a las que organizaba “con precisión cronométrica”, según desveló su chófer en un libro. Pues también Chirac, fallecido en septiembre pasado, se equivocó cuando confundió la política con un laboratorio. Le sucedió, por ejemplo, cuando adelantó las elecciones siendo presidente de la República, a finales de los noventa, y los socialistas le arrebataron el Gobierno a su partido.

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En España, también hay varios ejemplos, como Artur Mas, un experto de torpeza y mediocridad que siempre la pifiaba al adelantar elecciones, o como Susana Díaz, que se quedó sin nada cuando adelantó las elecciones andaluzas a noviembre del año pasado pensando que arrasaría. Lo que le ocurrió a la presidenta andaluza fue que, en su batalla visceral con Pedro Sánchez, quiso alejarse de él, asegurarse de que nunca compartirían cartel electoral con una coincidencia de las elecciones generales y autonómicas, y resultó que esa fue la peor decisión de su vida política, que es toda su vida. Con lo cual, un año después de aquello, cuando se miran las encuestas para las elecciones generales del domingo y se piensa en la mera posibilidad de que vuelva a suceder lo mismo… En fin, que se le está poniendo a Pedro Sánchez una cara de Susana Díaz que será por eso por lo que el candidato socialista agacha tanto la cabeza y mira al suelo.

Para ser precisos, Pedro Sánchez no es quien ha convocado estas elecciones; no se trata de un adelanto electoral al uso, sino de una legislatura fallida que lleva al Rey a disolver las Cortes. Es verdad, pero eso no solo no le quita gravedad a una posible pifia del PSOE en las elecciones sino que se la añade, porque los socialistas tenían por delante toda una legislatura para gobernar, nadie discutía el liderazgo ni cuestionaba que Pedro Sánchez fuera presidente como vencedor de las elecciones del 28 de abril, pero la estrategia socialista fue la que abocó la legislatura al fracaso.

Los socialistas rechazaron el pacto con Ciudadanos desde la misma noche de las elecciones (aquellos gritos programados en la sede, “¡con Rivera, no; con Rivera, no!”) y eso que un pacto de legislatura con Albert Rivera hubiera dotado a España del Gobierno más estable de este ciclo político, marcado por la ruptura del bipartidismo. Si la mayoría de las encuestas se cumplen, a Sánchez y a Rivera se les van a aparecer en pesadillas los 180 escaños que sumaban en la pasada legislatura y que tiraron a la basura.

Está claro que fue porque Pedro Sánchez quiso forzar la convocatoria de unas nuevas elecciones pensando que saldría ampliamente reforzado

Nadie entenderá nunca esa jugada: en 2016, cuando no tenían fuerza suficiente para aplicarlo, firmaron un "pacto de Gobierno de progreso y reformista", pero, cuando al fin obtuvieron un respaldo mayoritario de las urnas, los dos se rechazaron como si fueran apestados. Todavía es más inexplicable cuando se le añade a la historia que el líder socialista tampoco tenía un plan alternativo para gobernar con la izquierda, por los dos sencillos motivos de que ni sumaba los escaños suficientes con Podemos ni se fiaban entre ellos. ¿Por qué lo hizo? Está claro que fue porque Pedro Sánchez quiso forzar la convocatoria de unas nuevas elecciones pensando que saldría ampliamente reforzado.

Es posible imaginar que, en el laboratorio estratégico del PSOE en el que se decidió esa estrategia, lo que se pensaba es que la sentencia condenatoria de los líderes de la revuelta independentista reforzaría la imagen de autoridad de Pedro Sánchez frente al conflicto y que, de forma paralela, arrasaría a Podemos por no haberle prestado sus votos para la investidura, al hacerlo pasar como el principal responsable del fracaso de la izquierda. No parece que esté pasando ni una cosa ni la otra.

Se pensaba que la sentencia condenatoria de los líderes de la revuelta independentista reforzaría la imagen de autoridad de Pedro Sánchez

Por una parte, Podemos no se ha desmoronado, que es lo que espera el PSOE desde hace meses. Y, por otro lado, lo único que se ha demostrado es que, en la actualidad, Cataluña pudre todo lo que toca. Entiéndase: cualquiera que se acerca a ese avispero resulta perjudicado; le sucedió a Mariano Rajoy cuando aplicó el artículo 155 y le ha sucedido a Pedro Sánchez cuando ha gestionado la revuelta tras la sentencia.

Lo que le faltaba ya al presidente del Gobierno en funciones para parecer un boxeador sonado, dando tumbos, es la extravagante promesa electoral de que va a traer a Puigdemont a España para juzgarlo para acabar envuelto en una sonada polémica en la que todas las asociaciones de fiscales, progresistas y conservadoras, lo acusan de entrometerse en la independencia de la Fiscalía y del poder judicial. Y como guinda, el rechazo, el mismo día, del Reino Unido para extraditar a otra fugada, Clara Ponsatí. ¿Cómo es posible que todo eso se produjera en el mismo debate en el que Pedro Sánchez se empeñó en no decir nada sobre un futuro pacto con los independentistas en la nueva legislatura? Nadie lo entiende, no.

La única explicación que tiene el comportamiento de Pedro Sánchez en esta extraña campaña electoral es que él es el único que se cree a pies juntillas la encuesta del CIS de José Félix Tezanos para estas elecciones, esa que vaticina que los socialistas experimentarán una notable subida hasta los 150 escaños en el Congreso de los Diputados, con varias opciones para gobernar en solitario. Solo un candidato que está seguro de que va a ganar holgadamente unas elecciones se comporta como hizo Pedro Sánchez en el debate del otro día, o como hace en cada mitin en el que participa.

Solo un candidato que está seguro de que va a ganar holgadamente unas elecciones se comporta como hizo Pedro Sánchez en el debate del otro día

Si el candidato socialista pensara que su electorado está desmotivado, que puede afectarle severamente la abstención, su comportamiento sería distinto, más activo, más provocador, más determinante… Pero no, es exactamente lo mismo que le ocurrió a Susana Díaz, que creyó que tenía la mayoría asegurada, que su electorado no la iba a dejar sola, y luego resultó que, por primera vez, sumaron las derechas en Andalucía para poder gobernar. Como el espanto de ver la jugada repetida no movilice al electorado socialista de aquí al domingo, la cara de Pedro Sánchez se va a susanizar. Que sí…

Matacán
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