El fracaso de las políticas de género

Ningún mal hacemos, salvo a quienes defienden intereses espurios, si analizamos el problema con una perspectiva mayor de la que nos imponen

Foto: Jóvenes muestran hojas con los nombres de las víctimas de violencia de género en España en 2019. (EFE)
Jóvenes muestran hojas con los nombres de las víctimas de violencia de género en España en 2019. (EFE)

Las radios amanecieron cargadas de cuñas publicitarias y no hubo escalera de ayuntamiento sin concentración de protesta, ni atril de parlamento sin discurso sobre la importancia del día, el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. Concienciación, educación, protección, difusión… En esas andábamos cuando en la radio dieron la noticia: “Una mujer, natural de León, de 26 años, ha sido asesinada este lunes en la localidad de San Isidro, en Tenerife, supuestamente por su pareja, un hombre de 29 años, de nacionalidad colombiana, que ha sido detenido y trasladado a un hospital con heridas en las manos. El presunto autor de este asesinato machista no cuenta con antecedentes. Convivían desde hace solo tres meses. Tampoco consta que la pareja tuviera hijos”. Todo en la literalidad de la noticia, cada uno de los detalles de esa tragedia, provoca angustia, desconcierto y desesperación.

Desde que comenzó a contabilizarse el número de mujeres muertas a manos de sus parejas, en el año 2003, las cifras de víctimas mortales oscilan entre los 50 y los 70 asesinatos al año; este año, ya suman 52 en toda España. Algo no va bien, que no: las políticas de violencia de género están fracasando. Ya sé que eso mismo lo dicen quienes esconden en sus críticas un machismo recalcitrante, o alguna otra obsesión, pero es lo que menos debe importar. Son muchos los que se buscan en los extremos, los que se retroalimentan para que el debate se enroque en posiciones preestablecidas, pero seguir esa inercia es lo peor que nos puede pasar como sociedad.

La necesidad de cuestionarnos abiertamente el fracaso de las políticas de género es fundamental porque, hasta ahora, cada constatación estadística del empeoramiento o el estancamiento de los casos de violencia machista, desde el maltrato psicológico hasta el asesinato, a lo que conduce es a la reafirmación en las medidas y en los conceptos que se están aplicando. En ninguna otra parcela de Gobierno donde suceda algo similar se concluiría con la reafirmación de lo que se muestra fracasado, a no ser que se trate, como es el caso, de una materia tan ideologizada que los conceptos ya están prefijados y determinan las políticas por encima de la realidad. Que no se trata de derogar nada; ni un paso atrás, pero ningún mal hacemos, salvo a quienes defienden intereses espurios, si analizamos el problema con una perspectiva mayor de la que nos imponen. Porque da la sensación de que es como si caminásemos sobre nuestras pisadas, dándole vueltas a un círculo cerrado.

Detengámonos, por ejemplo, en la frecuencia con que los episodios de maltrato y los asesinatos se producen entre jóvenes de 30 a 40 años, o incluso de menos edad, como acaba de ocurrir en Tenerife. A menudo, cuando se oye hablar a algunos responsables políticos, da la sensación de que se están refiriendo a una sociedad subdesarrollada, primaria, de mujeres de luto encerradas en sus casas y hombres curtidos en el terruño y la taberna. Ni esa es la sociedad en la que vivimos, ni esas son las mujeres que sufren hoy acoso por parte de sus parejas. Se ignora que el maltrato de la actualidad se da en generaciones de hombres y de mujeres que han nacido y vivido en democracia, con igualdad de derechos y de condiciones. Hablan del machismo en el siglo XXI con los patrones sociales de hace 50 o 90 años. ¿A qué obedece la violencia de género de nuestros días? A lo mejor, no es solo el machismo el que conduce a la tragedia, sino otros factores que también influyen y que se están ignorando.

El fracaso de las políticas de género

Fijémonos, por ejemplo, en la educación, ya que siempre se repite que la lucha contra los malos tratos a la mujer debe comenzar en la familia y en la escuela. Pueden existir algunos problemas estructurales en la educación que se imparte en democracia que, en vez de contribuir a la solución de algunos problemas atávicos, como el machismo en la sociedad, lo agravan. Dicho de otra forma, a estas alturas, en esta sociedad que vivimos, podemos pensar que el problema no está ya en el concepto de igualdad, que está muy asentado, sino en el de respeto.

El problema no está ya en el concepto de igualdad, que está muy asentado, sino en el de respeto

Hemos logrado la igualdad entre hombres y mujeres, aunque se deba seguir avanzando a partir de los avances legales, pero se ha descuidado el respeto como valor humano fundamental. Qué se pierde si consideramos que el machismo que se detecta en las relaciones entre universitarios —¡universitarios!— tiene más que ver con el respeto que con la igualdad. A lo mejor resulta que la urbanidad, olvidada y descartada, es un complemento indispensable para luchar contra el machismo. Y, de paso, contra otros problemas sociales, como el creciente de los menores maltratadores. ¿Cuánto tiene que ver en todo eso el deterioro del concepto de autoridad en la educación?

Ni qué decir tiene que quienes contestan a la escalada de la violencia machista con peligrosos retorcimientos de la legislación sobre los malos tratos o con banalidades lingüísticas de ‘lenguaje de género’ son de los que más debemos huir porque, objetivamente, lo que proponen es un empeoramiento de la sociedad. Ni ‘tribunales de género’ ni reformas legales que conduzcan a que la palabra de una mujer ante un tribunal sea incuestionable a todos los efectos. Menos barbaridades y más razonamiento.

En el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, que se conmemora cada 25 de noviembre, se celebraron más de 300 manifestaciones en España y miles de actos políticos en los que se repitieron las mismas palabras; las mismas palabras de los años anteriores. Ya estaban convocados todos esos actos cuando, al amanecer, un joven de 29 años mató a su novia, de 26 años, en Tenerife. Ha llegado el momento de hacerse preguntas nuevas.

Matacán
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