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España, qué melonar
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Javier Caraballo

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España, qué melonar

Es necesario que en España nos dotemos de la capacidad de escuchar con la distancia necesaria cada provocación, amenaza o desprecio independentistas sin alterarnos lo más mínimo

Foto: El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. (EFE)

Existe la urgente necesidad en España de conseguir que los independentistas no nos toquen los cojones. Espero que sepan disculpar el exabrupto, pero no hay mejor expresión que esa, recogida por la Academia como segunda acepción del término, para reflejar lo que necesitamos antes de que todos nos volvamos locos. Es necesario que nos dotemos de esa capacidad, escuchar con la distancia necesaria cada provocación, cada amenaza, cada desprecio, sin que consigan alterarnos lo más mínimo.

Saber ponerlos en su sitio y atribuirles la importancia precisa, sin exageraciones ni ceguera. La cuestión es tan grave que, con solo detenernos un momento, observaremos que la vulnerabilidad de los españoles, de la gente normal, ante la chulería independentista nos ha llevado a este estado de cosas, este ruido ensordecedor en el que parece que todo va a estallar de forma inmediata. A Pedro Sánchez, con razón, se le tiene ahora por el mayor embustero del reino, pero lo que no hacemos es mirarnos todos los demás, un simple recorrido transversal. Aquí hay pocos que se escapen de esa espiral de medias verdades, de exageraciones, de intereses, de fatalismo, y a quien lo intenta, a quien propone algo distinto, ya se encargarán de alancearlo por panolis, sospechoso equidistante, despreciable blandiblú.

Foto: El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. (EFE) Opinión

Tan potente es la capacidad de los independentistas de tocarnos los cojones que consiguen, incluso, que la realidad que tenemos ante nuestros ojos aparezca deformada, como espejos cóncavos de feria en los que nosotros, los normales, los que vamos ganando, aparecemos siempre como seres deformados, empequeñecidos, y ellos, los amorales, los que van perdiendo, como triunfadores engrandecidos.

Un ejemplo muy claro, sustentado solo en hechos objetivos: España está derrotando al independentismo. ¿Quién es capaz de suscribir esa afirmación? Nadie, claro, porque lo que se respira aquí es lo contrario, que la amenaza independentista va avanzando, como la mecha ardiendo que se acerca a la dinamita, y ha llegado ya al punto de explosión de tener atrapado, secuestrado, a todo un Gobierno de España. Pues de eso se trata, que de las dos afirmaciones, la victoria o la derrota, la única que se puede sustentar con datos y hechos objetivos es la primera, que España ha conseguido imponerse y someter a los independentistas que aprobaron la declaración de la república de Cataluña.

Vamos a los hechos. En contra de la impresión terrorífica que tenemos, la única realidad es esta: hace dos años —¡dos años!—, en Cataluña se declaró la independencia. Los autores de aquella revuelta están desde entonces en la cárcel, ahora con condena firme del Tribunal Supremo, y otros, los más cobardes, se largaron del país, se fugaron aprovechando una noche o el maletero de un coche, como hizo Puigdemont, el cabecilla. Ni un solo país del mundo se ha solidarizado con la causa catalana —¡ni uno solo!— y, en contra de lo que venían aparentando, los únicos apoyos que reciben del exterior son los de los servicios secretos rusos, que solo quieren utilizarlos para desestabilizar Europa, y los de los grupos antisistema, que han encontrado en las barricadas independentistas un medio eficaz para sembrar el caos.

Desde que entraron en la cárcel los líderes de la revuelta independentista, ni el Gobierno de la Generalitat ni el Parlamento de Cataluña han vuelto a aprobar ninguna otra ley de desobediencia ni, por supuesto, han vuelto a declarar la independencia, a pesar de haberlo anunciado de forma reiterada. Se quedan siempre en la palabrería o en un patético ejercicio de simulación, como la última ‘declaración institucional’ aprobada por los diputados independentistas; nada con sifón, “ingeniería jurídica para hacer ver que desobedecen sin desobedecer, una ficción bordeando la legalidad”, como resumió el portavoz catalán del PP.

El desgaste es tan evidente que, pese a que la cárcel y la condena suponían un riesgo evidente de movilización, el apoyo social al independentismo ha caído siete puntos desde la revuelta del 1 de octubre (un 41,9% frente al 48,8% que lo rechaza, según el Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat), y en las elecciones que se han celebrado, los partidos independentistas jamás han superado el 50%.

Los ‘golpistas’ están en la cárcel condenados por sedición, el Parlamento y el Gobierno de Cataluña no han vuelto a aprobar ninguna ilegalidad, el apoyo al independentismo sigue cayendo en la sociedad catalana y, en el exterior, ningún país del mundo respalda que tengan derecho a la independencia. Nadie dijo que fuera un problema sencillo, de fácil y rápida solución. Pero, hoy por hoy, ¿quién es el que debe considerarse derrotado? Si tuviésemos esa capacidad de conseguir que los independentistas no nos enerven continuamente, que no nos saquen de quicio, quizá veríamos la realidad tal y como se muestra ante nosotros. España se ha fortalecido como Estado de derecho y, sin embargo, la sensación que se tiene cada día es que nos estamos precipitando al vacío, sin remedio.

Foto: Manifestación a favor de la independencia de Cataluña. (EFE)aniversario 1-o

Cada vez que uno de ellos abre la boca, la 'boutade' se convierte en verdad absoluta para poder arrojársela a la cabeza, de una pedrada, al presidente socialista. Inaudito. Se concede más valor y más credibilidad a que un líder de Esquerra diga que exigen negociar la autodeterminación con el Gobierno de Pedro Sánchez que a las reiteradas negativas del líder del PSOE, y de todos en su entorno, sobre los límites de cualquier diálogo, ni referéndum, ni derecho de autodeterminación ni, mucho menos, la independencia de Cataluña.

Que sí, que Pedro Sánchez ha dejado ya muestras suficientes de su increíble desparpajo para cambiar de opinión, pero atribuirle, como hecho consumado, la traición al Estado y a la Constitución española es un exceso incendiario sin el menor fundamento que solo beneficia al independentismo, cada vez más quemado y más dividido. Un presidente del Gobierno de España que pacte un referéndum de autodeterminación con cualquier comunidad autónoma se convertiría al instante en un presidente delincuente. Punto.

En el manifiesto titulado ‘La España que reúne’, que han presentado un grupo de intelectuales y exdirigentes políticos, muchos de ellos viejos socialistas, se alerta de todos los peligros que acechan a la democracia española, se advierte de los riesgos que existen para las libertades y para la convivencia ciudadana y, de una forma expresa, se desaconseja el pacto de gobierno entre el PSOE y Podemos.

Está bien que se pronuncien los intelectuales en democracia, que conozcamos la opinión de los políticos más experimentados, pero también sería de agradecer que, por esa altura intelectual y política, ofrezcan análisis más sosegados, más pegados a la realidad de la sociedad española que se expresa en las urnas; salidas viables, no fórmulas que ya se saben imposibles, como los gobiernos de concentración que tampoco ellos propiciaron porque optaron siempre por el nacionalismo como bisagra y así hemos llegado adonde hemos llegado.

Que se apliquen más eso que dicen en el comunicado, la necesidad de acabar con “años de tremendismo verbal, de exageraciones partidistas” y de “propugnar el sosiego”. Ocurre, sin embargo, que ellos mismos son conscientes de que aquí el barullo siempre prevalecerá sobre el razonamiento.

Como dijo Andrés Trapiello, uno de los firmantes, en una entrevista en Canal Sur Radio, al mirarnos dan ganas de dar un portazo y exclamar, como Juan Ramón Jiménez, “España, qué melonar”.

Existe la urgente necesidad en España de conseguir que los independentistas no nos toquen los cojones. Espero que sepan disculpar el exabrupto, pero no hay mejor expresión que esa, recogida por la Academia como segunda acepción del término, para reflejar lo que necesitamos antes de que todos nos volvamos locos. Es necesario que nos dotemos de esa capacidad, escuchar con la distancia necesaria cada provocación, cada amenaza, cada desprecio, sin que consigan alterarnos lo más mínimo.

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