La rebelión de los pringados de la crisis

Los pringados de la crisis son un sector tan heterogéneo que comienza en los trabajadores con salario y acaba en miles de autónomos y pequeños empresarios que ya no pueden más

Foto: Agricultores claman por una ley que garantice precios justos para los productos agroalimentarios. (EFE)
Agricultores claman por una ley que garantice precios justos para los productos agroalimentarios. (EFE)
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Está por llegar el día que conozcamos que existe un solo trabajador en España al que le recortaron el sueldo durante la crisis y que se lo hayan repuesto después, cuando las cosas mejoraron y se superaron los peores momentos. Igual alguien lo conoce, pero debe pertenecer a una minoría inapreciable en el global. Lo común es que a todos aquellos a los que se les pidió 'un sacrificio' cuando estalló la crisis económica, no solo no se les haya restituido el sueldo cuando mejoró la economía sino que ahora están peor que antes, porque el coste de la vida ha seguido aumentando y sus ingresos han seguido menguando. De la misma forma que en España ser mileurista pasó de ser un término despectivo, porque representaba un salario bajo, a una aspiración casi utópica para cientos de miles de jóvenes.

Son los pringados de la crisis, un sector tan heterogéneo que comienza ahí, en los trabajadores con salario, y acaba en miles de autónomos y pequeños empresarios que ya no pueden más. Es la clase media, la que ha cargado sobre sus hombros la parte más pesada de la crisis y que ahora, sencillamente, ya no tiene ni un solo pase más; ha colmado su nivel de resistencia. Cuando miles de agricultores y ganaderos se levantan, cogen sus tractores y se echan a las carreteras en España, están simbolizando ese colectivo enorme, heterogéneo, que solo tiene en común una peligrosa desazón: están hartos.

La rebelión de los pringados de la crisis

Reparemos solo en un detalle: ¿qué ha sido lo que ha provocado la protesta de los agricultores y ganaderos? Si nos paramos a pensarlo, no se puede señalar nada concreto, ni siquiera la subida del salario mínimo interprofesional, porque no ha existido una reacción igual cuando el Gobierno ha aprobado subidas del SMI, incluso mayores, en otros casos. Es posible que ese haya sido el detonante, la gota final, pero la indignación hubiera estallado igual, porque el incendio ya había comenzado hace mucho tiempo. Se sienten olvidados, y maltratados, mientras la oficialidad de España se dispersa y se atasca en otros debates.

Es entonces cuando se levantan para recordar que ellos también existen: “Solo un país orgulloso de sus orígenes rurales y de sus valores, como nuestros alimentos y nuestra gastronomía, podrá tener un futuro próspero”, dicen en sus manifiestos, y esa reclamación nos muestra que la protesta trasciende los precios del tomate o de la lechuga. En la radio, oigo decir a uno de los portavoces de las asociaciones agrícolas y ganaderas que ellos no piden al Gobierno ayudas o subvenciones, que lo que exigen es dignidad. Eso es lo que puede hacer distinta esta protesta de otras sectoriales, porque en esa reivindicación de ‘dignidad’ los agricultores y ganaderos pueden conectar con otra mucha gente que nada tiene que ver con ellos.

Los agricultores y ganaderos serían el detonante de una protesta mayor; gente que ha llegado al límite de querer echarse a la calle para pedir dignidad

En ese caso, como ha ocurrido en Francia con los chalecos amarillos, los agricultores y ganaderos serían el detonante de una protesta mayor; gente muy diversa que se considera machacada y que ha llegado al límite de querer echarse a la calle para pedir dignidad. Ya sabemos por el filósofo Javier Gomá que “la dignidad estorba al lucro y molesta al interés de las empresas”, con lo que el choque de trenes está asegurado, si no se remedia, porque la dignidad es la revolución moral de estos tiempos y una reivindicación, a veces intangible, que es innegociable.

A mediados del año pasado, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) afirmó que la clase media es el sector social que ha salido más esquilmado y empobrecido de la crisis económica. En los 36 países más desarrollados del mundo que se sometieron a análisis, ha ocurrido lo mismo, pero el caso de España, según la OCDE, es especialmente grave, porque los problemas de vivienda, de precariedad laboral o, directamente, de desempleo son mucho mayores aquí. Según sus parámetros, la clase media en España comprende a quienes tienen ingresos entre los 13.000 y los 36.000 euros al año.

Pues bien, en ese informe, que se llamaba significativamente ‘Bajo presión: la clase media exprimida’, se reflexionaba sobre algo en lo que otros muchos sociólogos y economistas vienen insistiendo: las consecuencias imprevisibles de una sociedad en la que se rompe el ascensor social y lo único que contempla el personal es cómo se agranda la grieta que separa a los más ricos de los más pobres. En el caso de la clase media española, se pasa en poco más de una década de la aspiración de las familias de confiar en un futuro mejor para sus hijos a la desesperación porque lo que se hace insostenible es el presente.

Una clase media exprimida. Al economista estadounidense Paul Krugman, premio Nobel de Economía en 2008, le preguntaban hace unos días en ‘El País’ cómo se imagina que será la próxima crisis económica. Y respondía: “Es difícil. De vez en cuando, se ve algo tan claro que la crisis es predecible, como la burbuja inmobiliaria, que fue un ciclo obvio. Pero ahora no hay nada así. Lo que sea, no parece obvio. Probablemente, la próxima crisis va a venir de varias cosas a la vez, un revoltijo de muchas cosas pequeñas”.

Una protesta como la de los agricultores y ganaderos en España puede degenerar en un movimiento social de protesta mucho más amplio

En otro momento de la entrevista, también alertaba sobre la dificultad que tenemos ahora para afrontar una nueva recesión porque, como los coches viejos y trillados, la anterior nos ha dejado con los amortiguadores muy dañados. Solo hay que sumar los tres conceptos barajados (clase media exprimida, sectores olvidados, trabajadores que exigen dignidad) para hacernos una idea del riesgo que existe de que una protesta como la de los agricultores y ganaderos en España pueda degenerar en un movimiento social de protesta mucho más amplio. Como dice Krugman, un revoltijo de muchas cosas, como una rebelión de pringados hartos de serlo.

Matacán
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