El infierno que nos espera (o no)

Pedro Sánchez lo dijo para animar, pero ahí nos ha dejado el recado subliminal: si lo que hemos visto con el coronavirus en España es duro, lo que viene a continuación será un infierno

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante el pleno extraordinario celebrado este miércoles. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante el pleno extraordinario celebrado este miércoles. (EFE)

Sostiene Pedro Sánchez que, al acabar la Segunda Guerra Mundial, en Alemania las autoridades alertaron a los ciudadanos de lo que estaba por venir; les dijeron que si lo que habían vivido hasta entonces había sido duro, lo que venía después sería un infierno. El presidente lo dijo en la sesión extraordinaria del Congreso de los Diputados, supuestamente, para animar a los españoles, por cómo los alemanes se levantaron de la derrota, de la devastación y de la ruina y consiguieron reconstruir el país y colocarlo a la cabeza de Europa. Lo dijo para animar, pero, de momento, ahí nos ha dejado el recado subliminal: si lo que hemos visto hasta ahora con el coronavirus en España es duro, lo que viene a continuación será un infierno.

Lo malo será que, de todos los pronósticos y promesas que Sánchez ha errado, corregido o desmentido, va a resultar que en esta ocasión es capaz de acertar de pleno. Eso es lo malo, que el presidente sabe que como se están haciendo las cosas en España, tal y como ha planificado la crisis su Gobierno, la única esperanza que tenemos es que los contagios comiencen a remitir gracias a las medidas de aislamiento de la población, las únicas que se están aplicando de forma eficaz porque dependen de la población. Así que nos queda agarrarnos a un silogismo político que tenemos aprendido, si Pedro Sánchez es quien aventura que nos espera un infierno, no será así.

El infierno que nos espera (o no)

De hecho, el anuncio del infierno nos lleva a la otra afirmación que hizo Pedro Sánchez en su comparecencia plenaria, la primera tras la declaración del estado de alarma, y que se contradice con esta última. Sostiene Pedro Sánchez que cualquier crítica que se realice ahora a la gestión del Gobierno adolece de un síndrome estudiado en psicología, el ‘sesgo de retrospectiva’, que se puede aplicar igual a un partido de fútbol que a un batacazo o una enfermedad: cualquiera de nosotros, cuando conoce el resultado de algo, es capaz de afirmar que ese final se podría haber evitado si se hubiera actuado de otra forma. Por lo general, todo el mundo piensa que las cosas eran predecibles, pero lo dicen cuando ya se conoce lo que ha ocurrido, no antes.

"Con lo que sabemos hoy, no hubiéramos actuado así ayer", dijo el presidente español, y luego extendió la misma excusa para todos los demás países que se están viendo afectados por la pandemia, China, Italia o Francia: “Todos habríamos actuado de otro modo”. No es verdad lo que dice, como ahora veremos, pero si fuera así, lo único que tendríamos que pensar, para nuestro bien, es que de la misma forma que era imposible anticipar la evolución del coronavirus en España, tampoco se puede anticipar cuál será el final. Nos queda la esperanza de que la falta de visión de Pedro Sánchez se amplíe también al infierno que anticipa.

La inconsistencia del argumento de Pedro Sánchez, la imposibilidad de prever la evolución del virus en España al tratarse de una pandemia nueva, se desmiente solo con el repaso de las fechas. La misma lógica no se les puede aplicar a China, que es donde surge el brote epidémico, a Corea, que fue después, o a Italia, el primer país europeo en el que se expandió el virus de forma descontrolada. De todos esos ejemplos pudo aprender España, tras todos esos casos pudo prepararse España, y por lo que se está viendo, no se hizo nada.

Al Gobierno le corresponde la responsabilidad de tomar medidas y anticiparse, porque tiene el acceso a la información restringida de los expertos

Es verdad que hace 10 días, incluso menos tiempo, casi nadie en España pensaba que la situación iba a evolucionar de esta manera, pero no pretenderá el presidente del Gobierno que todos nos equiparemos en eso. Ni siquiera se puede reclamar esa responsabilidad a todos aquellos que ahora deberían sonrojarse por la forma que, días antes de que todo estallara, se mofaban del coronavirus públicamente, como si fuese una vulgar exageración. No, solo al Gobierno de una nación le corresponde la responsabilidad de tomar medidas y anticiparse, porque tiene el acceso a la información restringida de los expertos en epidemiología y el contacto con los gobiernos de otros países que atraviesan por una crisis que se expande en el mundo.

Por ejemplo, después de decretarse el estado de alarma, hemos sabido que la Agencia de la Salud Pública Europea, a través del Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades, alertó a España de los riesgos que se corrían y que apremió al Gobierno español a principios de marzo a tomar medidas restrictivas. Pero no hizo nada hasta el sábado pasado, cuando decretó el estado de alarma. Lo peor, de todas formas, no son estos días de demora en la declaración del estado de alarma, sino que, por lo que estamos viendo, el confinamiento es la única medida que tenía prevista el Gobierno.

China tardó 23 día en reaccionar, incurrió en el grave error de autorizar algunos actos multitudinarios, como se reconoció después, pero eso ocurrió en enero y, dos meses después, en España no se había aprendido la lección; Corea, que es el ejemplo más valioso, se contagió del virus y logró una rápida reducción del número de contagios con una política masiva de pruebas diagnósticas; un mes después, en España no se había aprendido la lección; en Italia, la pandemia se extendió a enorme velocidad y se evidenció la carencia de mascarillas y de respiradores en los hospitales; varias semanas después, el riesgo de colapso en España es idéntico.

Nadie podía anticipar cómo se iba a expandir en el mundo una epidemia provocada por un virus nuevo, pero la responsabilidad mínima exigible a un dirigente público es, por lo menos, contemplar la posibilidad de contagio masivo, como venía sucediendo, y disponer de los medios imprescindibles para afrontarlo: distribución generalizada de mascarillas, miles de pruebas diagnósticas diarias y respiradores suficientes en los hospitales. En España, ni una, ni otra, ni la de más allá. El confinamiento y a esperar que pase todo. Y que, por una vez, la equivocación de Pedro Sánchez sea para bien.

Matacán
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