La curva del cabreo

Lo que no puede ocurrir es que la hibernación afecte solo al tejido económico y social y que no hiberne, por igual, la presión fiscal que afecte a las empresas y autónomos sin actividad

Foto: Rueda de pLa titular de Hacienda, María Jesús Montero, junto a la de Trabajo, Yolanda Díaz (d). (EFE)rensa tras el consejo de ministros extraordinario
Rueda de pLa titular de Hacienda, María Jesús Montero, junto a la de Trabajo, Yolanda Díaz (d). (EFE)rensa tras el consejo de ministros extraordinario
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Segundo principio elemental del estado de alarma que ignora el Gobierno: la economía, como los osos, se congela si solo se hiberna la mitad del cuerpo. Ese es el nuevo error con la aprobación del nuevo decreto de alarma que endurece al extremo el confinamiento de la sociedad española para frenar la pandemia del coronavirus. De la misma forma que, tras el primer decreto, se advirtió de que el paquete de medias económicas y sociales tenía que estar a la altura de las sanitarias, equiparadas ambas en gravedad (primer principio elemental), ahora que el Gobierno ha decretado la 'hibernación' de todo el país, vuelve a incurrir en un error de lógica mundana.

Los osos, cuando hibernan, bajan la temperatura entre siete u ocho grados, se ralentizan los latidos del corazón y pueden llegar a perder hasta el 40% del peso corporal. Cuando las ministras del Gobierno de Pedro Sánchez equiparan el decreto que acaba de entrar en vigor en España con un periodo de hibernación, aciertan con el símil porque eso es exactamente lo que le ocurrirá a la economía española durante el confinamiento: caerá dramáticamente el producto interior bruto y habrá cientos de miles de desempleados, aún es imposible calcular el hoyo. ¿Y qué es lo que no hacen los osos durante la hibernación? No dejan medio cuerpo fuera de la cueva, cubierto de nieve, porque se congelarían. Lo que no puede ocurrir en España es que la hibernación afecte solo al tejido económico y social y que no hiberne, por igual, la Agencia Tributaria, la presión fiscal en todas sus expresiones territoriales, locales, provinciales, autonómicas y estatal, que afecte a las empresas y autónomos que se han quedado sin actividad.

A partir de la anomalía formal de que la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, se dirija a los españoles como una representante de los trabajadores y no de los empresarios —eso que repite siempre en las ruedas de prensa de que “los trabajadores y trabajadoras también cedemos”—, en vez de representar a toda la sociedad, como es su obligación, el Gobierno de coalición piensa en los empresarios de España como si fueran grandes multinacionales, como si todo se redujera al Ibex 35, sin reparar en que la inmensa mayoría del empleo lo generan las pequeñas y medianas empresas y que, dentro de ellas, las microempresas de los autónomos suponen uno de los porcentajes más elevados de Europa. En un país con un paro tan elevado como en España, que se ceba especialmente con los más jóvenes, cientos de miles de personas recurren a esa opción porque no les queda otra.

El propio Banco de España, en el informe que elaboró al respecto a mediados de 2019, destacó que existe un porcentaje de empleo no asalariado en nuestro país (26%) que se hace autónomo por la sencilla razón de que “no dispone de otras opciones” para incorporarse al mercado de trabajo. Si la presión fiscal que se ejerce sobre todos ellos no hiberna durante el tiempo que dure el confinamiento económico por la pandemia, y que a muchos les afecta hasta la inactividad, es fácil entender que las consecuencias serán peores que las que ya se anuncian. Todo lo que perjudique al tejido empresarial español, con las características que tiene, supone aumentar el castigo a los trabajadores.

Adentrados en la tercera semana de confinamiento, ya han comenzado a deslizarse algunas previsiones que señalan que, pasada la Semana Santa, es muy probable que el Gobierno solicite un tercer plazo de confinamiento, que se extienda hasta finales de abril. Con independencia de que la curva de contagios mantenga la desaceleración actual, el control total de la epidemia y, en consecuencia, el final de las restricciones todavía no alcanzan a la vista.

La pasada semana, el lunes 23 de marzo, lo que dijo el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, Fernando Simón, fue que “el pico se va a alcanzar, probablemente, a lo largo de esta semana”. Es decir, la misma estimación que se ha realizado esta semana: “Si no estamos ya en el pico de contagios, estamos muy cerca de alcanzarlo”, como dijo este lunes el ministro de Sanidad, Salvador Illa. Con lo cual, en la mejor de las estimaciones del Ministerio de Sanidad, la segunda prórroga del confinamiento se alcanzará con el mayor número de contagiados en España, y ese será el argumento para ampliar las restricciones hasta finales de abril. ¿Entonces?

Sencillamente, no es posible imaginar que el Gobierno de coalición pretenda extender el mismo sacrificio de hibernación durante un mes y medio sin que, de forma paralela, se conceda a los afectados por la inactividad —exclusivamente a ellos— una hibernación de los impuestos referidos a la actividad económica, desde las cuotas de la Seguridad Social de los autónomos que no tengan ingresos durante ese tiempo hasta la compensación de parte de los costes salariales a muchas empresas. No sería ninguna novedad. A principios de marzo, Alemania ya adoptó algunas medidas muy distintas al ‘permiso retribuido de empleo’ que se ha aprobado en España: la Oficina Federal de Empleo alemana anunció que asumiría un 60% del sueldo neto que dejen de percibir los empleados de las empresas que deban recurrir a la reducción de la jornada laboral como consecuencia del coronavirus.

En España, el Gobierno rectifica sobre sus pasos y ya se anuncian algunas medidas que, de nuevo, serán insuficientes que si solo supone un aplazamiento, un amontonamiento, de las cargas fiscales. ¿De qué sirve que a un autónomo, a un profesional liberal o a un pequeño empresario se le conceda el ‘privilegio’ de tener que pagar a final de año las cuotas acumuladas de los dos o tres anteriores? ¿Acaso van a recuperar la actividad y los ingresos perdidos? Se llama exoneración, no aplazamiento. No en todos los casos, evidentemente, pero sí para quienes no tienen ingresos.

Ya se dijo aquí que la pandemia del coronavirus es como una de esas bombas de racimo, que se multiplican en el aire. Además de la enfermedad, el Covid-19 provoca gravísimos efectos en el sistema sanitario de un país, en la economía y en la sociedad. Cuando el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, repite que “necesitamos ganar tiempo”, lo que, con toda probabilidad, quiere decir es que España no recuperará la normalidad hasta que la inmensa mayoría de la población pueda someterse a los test de detección rápida del virus, como ya ocurrió en Corea del Sur, y, a partir de ahí, dictar medidas de confinamiento que afecten solo a los contagiados, a la espera de que llegue la vacuna. Tal y como ha programado el Gobierno de coalición esta cuarentena nacional a la que no se le ve el final, lo único que se puede asegurar ahora es que, si no cambia de política, junto a los demás indicadores, sanitarios y económicos, en España surgirá otra curva ascendente, la del cabreo social.

Matacán
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