Feijóo, la gaviota avergonzada

La gaviota no está, la gaviota ha volado de Galicia o la han espantado, para que no aparezca, pero en ese zapatazo hay más que una renuncia explícita a las siglas de un partido político

Foto: Mitin de Alberto Núñez Feijóo en Vigo. (EFE)
Mitin de Alberto Núñez Feijóo en Vigo. (EFE)
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La gaviota no está, la gaviota ha volado de Galicia, se ha pirado de los carteles azules o la han espantado, para que no aparezca, pero en ese zapatazo hay más que una renuncia explícita a las siglas de un partido político. Cuando Alberto Núñez Feijóo, el presidente de la Xunta gallega y candidato a la reelección, esconde los símbolos del Partido Popular en su campaña electoral está plasmando, con ese gesto, una estrategia política más compleja, con distintos objetivos, como una carambola a tres bandas, con la cabeza de la gaviota tiznada de verde, de la tiza verde del taco de billar.

Feijoo, que es quien empuña el palo, persigue un triple efecto, como una carambola: se trata de afianzar el galleguismo para así cerrar las puertas al discurso nacionalista que llega de la izquierda y presentarse ante sus electores como una fuerza que trasciende la derecha, o el centro derecha, en la que no caben las disputas de autenticidad con las que Vox menosprecia al Partido Popular. Simplificando la jugada, uniendo los vértices de esa carambola, parece claro que la ambición de Núñez Feijóo es la de presentar ante los electores un partido transversal, que recorre el panorama ideológico de izquierda a derecha, resumido en un lema simple, que no dice nada, 'Galicia é moito' (Galicia es mucho). ¿Una pretensión, entonces, de partido único? Pues sí, pero esa es una tentación que se presenta en casi todas las autonomías, como durante años en Andalucía, cuando los socialistas llegaban a las elecciones autonómicas presentando al PSOE como “el partido natural de los andaluces”. El mismo objetivo que Feijóo, que tantos otros, aunque solo algunos lo consiguen, como el candidato del centro derecha gallega al que los sondeos pronostican su cuarta mayoría absoluta consecutiva.

Feijóo, la gaviota avergonzada

Manuel Fraga Iribarne fue el que inició ese sendero, consolidado igualmente en cuatro triunfos consecutivos con mayorías absolutas, que es el récord que ahora persigue su discípulo. Lo que consiguió Fraga —primera bola de la carambola— fue la identificación de la derecha gallega con el galleguismo. Trascendiendo etiquetas y complejos ideológicos, Fraga rescató para su partido la figura de Castelao, una de esas piruetas políticas que, en la mejor de las versiones, solo podrían interpretarse en el espíritu de la Transición.

Quiere decirse que Fraga, ministro franquista, que se oponía a la legalización del Partido Comunista de España (“no hay sitio para el PCE”, llegó a decir), acabó convirtiendo en referente de galleguismo para la derecha gallega a un nacionalista republicano como Castelao, que se presentó a las últimas elecciones de la República con el Frente Popular y al que pilló el golpe de Estado de Franco en Madrid, cuando tramitaba la aprobación en el Congreso del Estatuto de Autonomía de Galicia. La Transición llevó luego a Fraga a aquel acto histórico en el que presentó a Santiago Carrillo en el Club Siglo XXI de Madrid, por eso se decía antes que esa pirueta política, más allá de la estrategia electoral, debe entenderse en el espíritu de la Transición. El nuevo galleguismo de Fraga, con Castelao como preceptor, presentaba el movimiento como un modelo de ‘autoidentificación’ frente al de ‘autodeterminación’, “que só xenera morte e destrucción”.

El actual presidente de la Xunta de Galicia se ha mantenido tan fiel a ese esquema de Fraga que, cada vez que surge la ocasión, reivindica como propio a Castelao, “que é patrimonio de todos, non dos nacionalistas nin de partido ningún”. Bien sabe Feijóo que si esa puerta se abre —segunda bola de la carambola—, si la izquierda consigue abrirla, es la forma más eficaz de impedir que renueve la mayoría absoluta.

Pero hay diferencias en las izquierdas a la hora de defender su galleguismo. Tanto el Partido Socialista de Galicia como las fuerzas que están a su izquierda, reagrupadas por enésima vez, ahora con la denominación de Galicia en Común, machacan con la idea de que el galleguismo, para considerarse tal, tiene que significar progresismo, que el galleguismo de Feijóo es una impostura o un imposible. La diferencia entre ambos es que, mientras el PSOE recalca los aspectos progresistas, a su izquierda se recalca un discurso nacionalista más radical. Podemos ver al candidato socialista defendiendo “un galleguismo integrador y feminista”, mientras que los líderes de Galicia en Común recalcan un nacionalismo de país. Como dijo hace unos días la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, en el Congreso, aprovechando que una pregunta del PP pasaba por allí un día antes de iniciarse la campaña electoral: “Voy a hablarle de la inexistente política industrial del PP, singularmente en mi país, que se llama Galicia”.

El galleguismo, por tanto, con los diferentes matices, es la fórmula más explotada en los discursos, con la única excepción de Vox, seguro de poder rescatar la derecha gallega de ese influjo impropio de Castelao para devolverla a su verdadero ser. Esa es la razón por la que Feijóo ha sido siempre uno de los más combativos dentro de su partido con la extrema derecha, al punto de situarla como “un partido que está contra Galicia”. La relación mental que se establece con esa campaña y ese discurso —tercera carambola— es muy clara: un gallego que sea de derechas en Galicia no puede votar a Vox porque es un partido antigalleguista y, sobre todo, porque al votarlo le entrega el Gobierno a la izquierda.

Mientras los candidatos de la ultraderecha lo llaman “Jordi Feijóo Castelao”, el presidente de la Xunta repite en casi todos los discursos que “los votos a Vox o a Ciudadanos van a favorecer un multipartito” de izquierdas. Dicho de otra forma, si alguien está molesto con el PP nacional, si alguien comparte eso de la ‘derechita cobarde’, que no se equivoque de elecciones, que la batalla de Galicia no es la pelea nacional de las derechas. Por eso desaparece la gaviota como de un zapatazo, o como si se hubiese largado para no estorbar.

Matacán
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