'Tratado de tolerancia' para Podemos

Monedero, Iglesias, Echenique… Se les oye hablar y nunca disimulan su impresión de que, sin ellos, en España peligra el futuro de las gentes

Foto: El vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, en un acto en Galicia. (EFE)
El vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, en un acto en Galicia. (EFE)
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Los cementerios de la política están llenos de pequeñas mentiras. Ante situaciones menores, inocuas, los políticos cometen el enorme error de querer solventarlas con un engaño, y es precisamente el enredo exponencial que se genera a partir de ese embuste el que acaba derribándolos. Guiados por la soberbia o por la torpeza, que, como sabemos, son parientes naturales, madre e hija, cometen una doble equivocación, consecutiva, primero minusvaloran la importancia del embrollo en el que se encuentran y luego optan por una estrategia errada; piensan que, con la fortaleza de su posición, todo puede taparse fácilmente con una pequeña mentira.

Es como el talón de Aquiles de los poderosos y son ellos mismos los que colocan el foco sobre el fiasco en su torpe intento de ocultarlo. Pero entre la mentira y la caída existe una fase intermedia en la que el político acorralado arremete con acidez contra lo que le rodea, porque de repente empieza a considerar que todo a su alrededor conspira contra él; otra paranoia de esa espiral embustera en la que se ha metido. Pablo Iglesias se encuentra exactamente en ese punto por el caso Dina, y con él varios de su organización, Juan Carlos Monedero, Pablo Echenique, a los que ha arrastrado en este periodo de agresividad contra sus lugares comunes, los medios de comunicación que destapan sus trolas y los poderes fácticos imaginarios con los que siempre ha combatido este Quijote de las izquierdas.

El otro día, cuando al fin se decidió a contestar alguna pregunta sobre el escándalo judicial en el que está envuelto, Pablo Iglesias se fue a Radio Nacional de España para decir dos cosas. La primera, que “la señora Bousselham en ningún caso ha dicho que la tarjeta tuviera el más mínimo deterioro”. Tan falsa es esa afirmación que, de hecho, se lo dijo por dos veces al juez que lleva el caso, que la tarjeta de su teléfono robado que le entregó Pablo Iglesias estaba dañada. Ha sido en una tercera declaración, que suena a componenda, que al juez le ha sonado a trampa, cuando cambia la versión. Tan es así, que la tarjeta en cuestión se envió a reparar a Londres.

La segunda aclaración de Iglesias es que se guardó durante varios meses la tarjeta del teléfono de Dina porque “cuando examino el contenido, y veo lo que hay ahí, una serie de fotos íntimas, tomo una decisión, que es no someter a Dina Bousselham a más presión”, ya que en algunos medios de comunicación se había insinuado que mantenían una relación sentimental. Si trascendemos del aire protector, de macho alfa, como diría el propio Iglesias, el problema de esa respuesta es que nadie entiende que se actúe así cuando a un amigo o a una amiga le roban el móvil y de pronto aparece la tarjeta. Dina Bousselham es la primera que sabía qué fotos había en su móvil y es la única que no podría sorprenderse. Un amigo, un compañero, le entrega la tarjeta al instante y le explica lo sucedido, no la guarda en el cajón, sobre todo si sabe que ha denunciado el robo de su móvil a la Policía.

'Tratado de tolerancia' para Podemos

En cuestiones tan elementales, el embuste produce un efecto exponencial, va generando un agujero negro de dudas y sospechas porque se tiene la sensación de que hay algo que se quiere tapar. Y se agranda esa impresión cuando, a continuación, se construye una empalizada de descalificaciones y amenazas contra quienes cuestionen esa versión, principalmente los periodistas y los medios de comunicación como El Confidencial que van desvelando, poco a poco, lo que se esconde. Pablo Echenique: “Están llenando de basura falsa el debate público para romper el Gobierno de coalición. No dejes que te metan excrementos en el cerebro”. Juan Carlos Monedero: “A ver, periodistas: la libertad de prensa pertenece a la ciudadanía, no a las empresas de comunicación ni a los periodistas. Se delega si trabajas con objetividad, no cuando eres parte de las cloacas”. Pablo Iglesias: “Los poderosos saben que no estamos en el Gobierno para acabar en un consejo de administración, sino para hacer algunos cambios irreversibles, y por eso hay que sacarnos como sea; por eso este ataque feroz de las cloacas mediáticas”.

Esto de los poderes fácticos es llamativo, porque deben haber olvidado todos ellos que, en su origen, también se fabricó la conspiración de que Podemos era una creación de grandes grupos económicos para deteriorar y dividir al PSOE. Uno de los referentes sagrados de la izquierda, Luis García Montero, cuando se presentó en Madrid como candidato de Izquierda Unida, era uno de los que aseguraban que Podemos lo crearon fuerzas ocultas, que “contó con el respaldo claro de las élites mediáticas”, pero que, al final, se arrepintieron porque “hay inventos que se van de las manos”.

De todas formas, aun asumiendo la existencia de poderes fácticos que han intentado, desde el principio, evitar que Podemos llegue al Gobierno, si eso es así, de lo que estaríamos hablando es de un fracaso patético. Tan ridículos resultarían esos poderes fácticos que, de hecho, Podemos ha llegado al Gobierno de España cuando más débil y más dividido estaba, en plena caída y descomposición interna. Es decir, que no es que los poderes fácticos hayan zancadilleado a Podemos para que no llegue al poder, sino que ha encontrado el salvavidas del Gobierno cuando comenzaba a ahogarse. Si las elecciones vascas y gallegas confirman la caída electoral sostenida, el panorama de Unidas Podemos será el de una organización que se ha diseminado o enfrentado en los principales territorios de España —Andalucía, Madrid, Cataluña, País Vasco y Valencia—. En la mayoría de esas comunidades, el factor clave del deterioro de Podemos ha sido la desintegración y las constantes luchas internas, ningún poder fáctico externo ni fuerzas ocultas emboscadas.

Monedero, Iglesias, Echenique… Se les oye hablar y nunca disimulan su impresión de que, sin ellos, en España peligra el futuro de las gentes, que no existirán ni la justicia ni la libertad, ni la alegría ni el plato de comida que llevarse a la boca. Si todos ellos se creen tan importantes, tan relevantes para la humanidad, solo habría que dedicarles la pregunta irónica que Voltaire incluye en su ‘Tratado sobre la tolerancia’ al sugerir que un príncipe, un enviado del destino, nada debe temer de los asuntos mundanos, pues él está por encima de toda esa nadería que lo acosa. También ellos deben prestarse a algo tan sencillo como resolver todas las contradicciones y aclarar todas las incongruencias de este caso. Desde su alto pedestal, Pablo Iglesias solo tiene que preguntarse a sí mismo: “¿Qué arriesgaría yo viendo la tierra cultivada por un mayor número de manos laboriosas, aumentados los tributos, más floreciente el Estado?”.

Matacán
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