Podemos, declive a cuatro bandas

Podemos nació viejo. Padece un extraño síndrome de Benjamín Button que no evoluciona y nunca llega a rejuvenecer. Es lo que se esperaba de ellos, lo que le pronosticaban al principio

Foto: El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE)
El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE)
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Podemos nació viejo. Padece un extraño síndrome de Benjamín Button que no evoluciona y nunca llega a rejuvenecer. Es lo que se esperaba de ellos, lo que le pronosticaban al principio, que acabaran como Brad Pitt en la película, pero se les ha acartonado el futuro, se ha atrofiado su evolución y se han quedado momificados en una vejez prematura.

Así que ahora es fácil imaginar a cualquiera de sus líderes, meciéndose en la butaca de un porche de madera, pensando en la dichosa complejidad de sus vidas de viejos anticipados. “Las oportunidades definen nuestra vida, incluso las que se nos van. Ahora, te puedes poner como un perro rabioso por cómo ha salido todo y puedes maldecir a las diosas de la buena suerte, pero cuando llega el final, tienes que aceptarlo”. Eso es lo más complicado, aceptarlo, porque la política es la actividad humana en la que más lecciones se dan con el ejemplo ajeno y en la que peor sienta la medicina que se receta todos los días para los demás. Lo cual no contribuye sino a agravar cada uno de los problemas que, en el caso de Podemos, afectan a todos los aspectos de su actividad como organización política. Crisis en el gobierno, crisis en la organización, crisis en el liderazgo y crisis electoral. Un declive a cuatro bandas.

Si tirásemos del hilo, quizá llegaríamos a la famosa casa de Galapagar como origen de este deterioro múltiple, aunque es verdad que se trata de un asunto muy manido, que se le achaca siempre al líder de Podemos, Pablo Iglesias, con independencia del cual sea al debate. Pero hay errores en la vida política de los que un dirigente no logra sobreponerse jamás y este puede ser uno de ellos. El liderazgo natural de Pablo Iglesias se acabó el día que hizo comulgar a toda su organización con las ruedas de molino de su cambio de modo de vida. La alcoba en la asamblea y la asamblea en la alcoba y, todo, para no asumir en solitario un drástico cambio de opinión sobre la obligada ejemplaridad en su vida privada de un líder político de la izquierda.

Si alguien echa atrás la mirada, puede encontrar algunos referentes del pasado y la sola comparación hace más cruel la realidad. También Felipe González sometió a su organización a una enorme tensión interior en sus primeros años cuando exigió el abandono del marxismo como ideología oficial del PSOE. En un Congreso, en 1979, los delegados votaron en contra de esa propuesta y Felipe González, líder absoluto, respondió con su dimisión como secretario general. Pero duró poco, los delegados cambiaron de opinión y González volvió triunfante. Pablo Iglesias hizo lo mismo, amenazar con su dimisión como líder si perdía el referéndum de Galapagar… En lo que va desde un debate ideológico sobre el marxismo a un debate sobre un chalé grande con piscina y jardín se resume todo.

Podemos, declive a cuatro bandas

¿Cuántos de los fundadores de Podemos, cuántos intelectuales simpatizantes y cuántos votantes se descolgaron del fenómeno morado tras aquel absurdo? Algún día se medirá ese deterioro porque las consecuencias todavía se están padeciendo, ahora salpicadas a otros campos. La denuncia presentada en los juzgados por el antiguo coordinador del área jurídica de Podemos, José Manuel Calvente, incluye, además del presunto blanqueo de capitales y la financiación ilegal, algunos supuestos delitos cometidos, precisamente, durante aquel referéndum de Galapagar, como el descubrimiento y revelación de secretos y el allanamiento informático. Según este ex asesor, al que, según su relato, le achacaron un presunto acoso sexual para taparle la boca, Iglesias utilizó los datos del referéndum para elaborar un mapa de fidelidades en la organización: quién me vota, quién me engaña…

Este frente judicial (la sola acusación del uso miserable del delito de violencia de género en un partido que se define como feminista ya debería suscitar un serio debate interno) se abrió a finales del pasado año y, como sucede en otras causas, es muchos meses después cuando la instrucción comienza a avanzar.

La reacción inmediata de los dirigentes y altavoces de Podemos, aunque no deja de responder a su manual de actuación (acoso y descalificación del juez y victimización de los protagonistas), es muy reveladora de la grotesca doble vara de medir que se utiliza. Los mismos dirigentes que, unos días antes, estaban exigiendo toda clase de renuncias y responsabilidades a la Casa Real por delitos de corrupción política de los que Juan Carlos I ni siquiera ha sido imputado; esos mismos dirigentes, cuando se abre un proceso judicial en el que Podemos, como organización, y varios dirigentes sí están siendo investigados, lo descalifican porque, a su juicio, se trata de “una investigación prospectiva”. “Es un ejercicio de persecución del adversario revestido de pesquisa judicial: es una investigación ‘a ver lo que pesco’, que están prohibidas en un Estado de Derecho”, dicen en la organización. Y añaden: “para hacerse una idea de la gravedad de esta práctica, basta con imaginar qué sucedería si su mayor enemigo fuese un juez ajeno a cualquier control”. En fin, como se decía antes, nada nuevo; solo el evidente y sonrojante contraste. Echenique solo tendría que cambiar de nombres algunos de sus incendiarios mensajes de redes sociales para comprobar su enorme desmesura.

La investigación judicial, en definitiva, no ha hecho más que empezar como lo hacen todas, no tiene nada de prospectiva: una vez presentada la denuncia, el juez instructor, si ve indicios de delito, comienza a recabar pruebas y, al final, decidirá, de acuerdo con las partes, qué delitos se pueden seguir sosteniendo en la vista oral y cuáles no. No es ahora cuando se tienen que presentar y valorar las pruebas, sino en el juicio, ante otro tribunal.

Eso ocurrirá dentro de muchos meses y ya veremos en qué condiciones llega Podemos a esa cita porque el declive más acuciante de todos es el de su fortaleza como organización y su solidez electoral. Los episodios últimos vividos en las elecciones de Galicia y del País Vasco, que han supuesto un sonoro fracaso, y la descomposición cainita de la organización, como está ocurriendo en Andalucía, son los peores síntomas de Podemos. De ese progresivo debilitamiento solo se podría recuperar con la ayuda del poder ejecutivo, con la rentabilización de su acción en los ministerios que ocupa en el Gobierno, pero hasta eso conspira en su contra.

Tras el enorme varapalo de la pandemia, la legislatura ha cambiado drásticamente de perspectivas, y lo que le resta es la gestión de una severa crisis social, con un aumento exponencial del número de parados y una caída en picado de la economía: cada pronóstico que se realiza empeora el anterior, como ha ocurrido esta semana con el de la OCDE. Y todo ello, con las manos atadas por la Unión Europea y anudadas por su socio de Gobierno, el PSOE, que le plantea una sencilla y endiablada encrucijada: si sigue en el Gobierno, tiene que asumir los recortes e imposiciones de la Unión Europea; pero si opta por romper la coalición, se quedará sin poder y el PSOE lo ofrecerá como una muestra suprema de abandono de la responsabilidad en el peor momento de España.

Matacán
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