Rajoy en el país de Nadie sabe Nada

El expresidente Rajoy guarda silencio sobre el último escándalo que afecta a su gestión porque en España ningún dirigente político sabe nada de las propiedades del barro

Foto: El expresidente del Gobierno Mariano Rajoy, en un acto en Ourense. (EFE)
El expresidente del Gobierno Mariano Rajoy, en un acto en Ourense. (EFE)

El expresidente del Gobierno Mariano Rajoy guarda silencio sobre el último escándalo que afecta a su gestión, porque en España ningún dirigente político sabe nada de las propiedades del barro. Caminan sobre barro y construyen con barro, pero nada saben del barro. Tampoco Felipe González supo nada del barro y, por eso, se enteró por la prensa de que su partido cobraba tantas comisiones ilegales por las obras públicas que hasta montó una empresa para organizar todo aquello. Era el presidente de una empresa de barro, le reportaba beneficios, pero no conoció el barro hasta que no lo leyó en un periódico.

Igual que Aznar, que nunca supo de la Gürtel, ni siquiera conocía a Francisco Correa, aunque entraba por la sede del PP como si fuera su casa y lució con toda su gomina en el paseo de invitados de la boda de la hija del presidente. ¿Y Manuel Chaves, en Andalucía? También se enteró por los periódicos de que se estaban despilfarrando cientos de millones de euros de las ayudas al empleo, que todo ese dinero de los ERE se había convertido en barro. Ni él ni Zapatero, que fue presidente en aquellos años, supieron nada, porque este es el país del Nadie sabe Nada; conocen la lealtad de las redes clientelares, la efectividad de las campañas electorales hiperfinanciadas, el desahogo de los sobresueldos y las ventajas de lo que nunca llegaremos a conocer; conocen para qué sirve el barro, pero no saben qué es el barro.

La corrupción política en España es una obra clásica, adaptada a todos los partidos, con papeles previamente asignados que, década tras década, van interpretando distintos actores. Por ese motivo, por esa mínima memoria de lo sucedido, es tan bochornoso el espectáculo de excusas y justificaciones, de ataques y silencios, que se repite cuando, periódicamente, se destapa un caso de corrupción.

En eso andamos de nuevo, tras haberse conocido los mensajes de WhatsApp que se intercambiaban los responsables del Ministerio del Interior del Gobierno de Rajoy en la ‘guerra sucia’ contra Bárcenas, el tesorero caído en desgracia. Si fue con Felipe González, durante la guerra sucia de los GAL, cuando se estableció un esquema de responsabilidad encabezado por una ‘X’, lo que corresponde ahora es asignar el mismo trato a Mariano Rajoy sobre el caso Kitchen, aunque no exista más relación entre ambos que el uso de los fondos reservados. Cualquiera que tenga un mínimo conocimiento de las interioridades de la política, de la dedicación absorbente, asfixiante, de los líderes para controlar todo cuanto sucede en sus partidos, ni siquiera se planteará la duda sobre quién conocía las oscuras maniobras del ministro de Interior para intentar acallar a Luis Bárcenas y que no delatara a sus excompañeros beneficiados por el dinero negro que él recaudaba.

Rajoy en el país de Nadie sabe Nada

La proverbial distancia con la que Rajoy se alejaba, o parecía inhibirse, de los problemas no era más que pose o estrategia premeditada; jamás ignorancia o desconocimiento. Porque los dirigentes políticos son, a esos efectos, todos iguales y ejercen el mismo control sobre su organización. Incluso, podemos elevarlo al absurdo para comprenderlo mejor: si el líder de un partido se preocupa y decide hasta quién será candidato en Cuenca, ¿cómo no va a preocuparse y decidir en una operación de espionaje financiada con fondos reservados para eliminar pruebas de campañas electorales adulteradas?

Por la lógica más elemental de cómo son las cosas en política o, siquiera, por la cantidad de veces que lo hemos presenciado, no merece la pena ni debatirlo: es así. Esa es la responsabilidad política adquirida por cada uno de los líderes en los escándalos que han salpicado a sus gobiernos o a sus partidos mientras ellos los dirigían, aunque otra cosa muy distinta es que exista, de la misma forma, una responsabilidad penal. También sabemos que, por norma, casi nunca existen pruebas fehacientes para demostrar ante un tribunal aquello que nos parece tan evidente.

Los mecanismos de la corrupción se diseñan para que cumplan ese fin y, normalmente, los ‘chivos expiatorios’ se llevan los secretos a la tumba si en el partido se cumplen, a su vez, los preceptos de nunca dejarlos abandonados a su suerte. El error fundamental de Mariano Rajoy ha sido apuñalarse a sí mismo, el 24 de marzo de 2019, al no prestarle atención a su antiguo secretario de Estado de Seguridad, Francisco Martínez, cuando le pidió que no lo dejasen “tirado” en el partido. Fue entonces cuando estalló, cuando lo comprendió todo, y se vio arrastrado por los que creía suyos: "Mi error fue ser leal a esos miserables". Sin apoyo político, sin aforamiento, sin cargo público, Francisco Martínez ya nada podía perder.

Sostiene Pablo Casado, el actual presidente del Partido Popular, que todo lo que se está conociendo ahora sucedió “hace mucho tiempo”, que nada tiene que ver con él, y hasta se encogerá de hombros y arrugará los labios como si todos estos años hubiera estado lejos, en un Erasmus de liderazgo político. También él lo negará todo mientras que, como ya está sucediendo, los suyos irán filtrando progresivamente declaraciones 'off the record' para señalar a Rajoy, para remarcar que era quien lo decidía todo, que nada se hacía sin su consentimiento. Como si no supiésemos que la política es así, como se indicaba antes, y que el único valor que tiene esta reacción, lo único que nos revela esta estrategia repetida, es la determinación de seguir nutriendo y ocultando los mismos vicios que han heredado en el país de Nadie sabe Nada. Es tan falso el proceder de nuestros dirigentes políticos ante los casos de corrupción, que basta con prestarle unos minutos de atención al concepto que tienen de la presunción de inocencia, tan falso e inconsistente como todo lo demás. Como ese mantra de la ‘tolerancia cero’ con la corrupción. Qué pesadez, qué cansancio, cuánta hartura.

Matacán
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