La verdad de Juan Carlos, el rey antisistema

Cuantas más vueltas se le da a todo lo ocurrido, menos explicaciones se encuentran y más amarga se hace cada revelación, que apuntala la certeza de una enorme frustración

Foto: El rey Juan Carlos. (Ilustración: Raúl Arias)
El rey Juan Carlos. (Ilustración: Raúl Arias)

La verdad sobre don Juan Carlos, dónde está. El porqué de su comportamiento, esta decepción a tantos, esta puñalada a su propia biografía, a su memoria, esta patada al futuro de su hijo, de su familia. Cuantas más vueltas se le da a todo lo ocurrido, menos explicaciones se encuentran y más amarga se hace cada revelación que apuntala la certeza de una enorme frustración. Quizá sea el propio Juan Carlos el primero que debería saberlo, sí, esta impresión ingenua, que nada tiene que ver con la política, sino con el desengaño personal, con la desilusión de ver cómo ha engañado a todos los que creyeron en su mirada de sinceridad, “lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”, y descubren, descubrimos, espantados, que nos estaban timando el aprecio y la confianza.

Y ahora, después de que se haya tenido que ir de España, acaso porque sabía perfectamente que los escándalos seguirían engordando, que tras las cuentas ocultas en Suiza vendrían otras, en otros paraísos fiscales, deliberadamente ocultadas durante años; ahora, lo que queda es un vacío de explicaciones, el deseo que nunca se verá complacido de saber, o incluso intuir, cómo es posible que una persona así ensucie su historia, que es la historia de un país, por la acumulación de dinero. Esa ceguera grotesca, indecente, del rico avariento, de quien nunca tiene suficiente, de quien siempre quiere más, de quien ha perdido toda referencia ética y moral sobre el barro que nunca se debe pisar. Qué necesidad tenía don Juan Carlos de hacernos esto a los españoles. Esa es la ingenuidad que más atormenta; todo lo demás sigue el trámite habitual de los muchos casos de corrupción que hemos conocido.

¿Por qué lo ha hecho? Nunca tendremos respuesta para esa duda tan inocente como la admiración que profesábamos a la persona que supo atravesar el franquismo con cara de bobo, con fama de idiota, para mostrar, al día siguiente de la muerte del dictador, la firmeza que pocos líderes mundiales han tenido a lo largo de la historia. La determinación precisa para instaurar en España una democracia en la que pocos creían, a partir de los mimbres legales del propio régimen franquista. Nunca nadie había conseguido algo así y lo logró Juan Carlos después de haber crecido entre extraños, alejado de su familia, de cualquier afecto… Acaso está ahí la explicación, el origen de todo, en los complejos freudianos que se van acumulando desde la infancia, en las frustraciones personales a las que nadie atendió durante décadas, durante toda una vida, desde que su padre, con 10 años, se lo envió a Franco como prenda. Simularon el aula de un colegio con otros ocho niños y allí lo mandaron, disléxico y sin conocer casi nada del español. Luego llegaban los viernes, y todos los niños se iban con sus padres, con sus familias, menos Juan Carlos, que se quedaba solo, hasta que llegase otra vez el lunes, con su normalidad simulada de colegio.

¿Estará ahí la explicación psicológica del comportamiento de Juan Carlos, en ese desarraigo infantil? “Yo me sentía como una pelota de pimpón entre mi padre y Franco. Cuando las cosas iban bien entre ellos, estudiaba en España; cuando iban mal, me mandaban a Portugal”, dijo en aquel reportaje que le hizo la televisión francesa al Rey emérito y que durante varios años estuvo ‘censurado’ en España, justo después de la abdicación en 2014, cuando comenzó a desmoronarse su prestigio y pensábamos que todo se reducía a un asunto de sábanas calientes y camas revueltas. Sin idea de lo que se ocultaba detrás.

En ese ir y venir como pelota de pimpón, Juan Carlos aprendió también a disimular y a guardar silencio. Hay una frase terrible, dolorosa, que él mismo ha pronunciado sobre el desamparo de aquellos años, su infancia y su adolescencia: “La soledad comienza con el silencio que es necesario saber guardar”. Tanto callaba que, para el régimen y hasta bien entrada la Transición, don Juan Carlos pasaba por idiota, como se decía antes. El escritor Javier Marías contó, en ocasión de algún aniversario, su experiencia personal con Juan Carlos, en los años sesenta, cuando lo veía por algunas fiestas en Madrid, o en algunos de los recreativos, que tan de moda estaban en aquella época. Marías, que no lo conocía, lo observaba desde lejos, atónito, por su comportamiento y se decía a sí mismo, “pues sí que estamos buenos si lo que nos espera es esto”.

Cuando se murió el dictador, ya lo comprendió todo: “Juan Carlos tenía que portarse bien y disimular durante su espera. Disimuló a conciencia, haciéndose pasar por un joven inocuo de escasas luces, poco menos que por un manso idiota. Los capitostes del régimen debían de sentirse muy tranquilos pensando que tenían un pelele en sus manos. No esperó más que dos días [tras la muerte de Franco] para empezar a quitarse la máscara idiota y mansa”. La vida lo enseñó a disimular y a callar y, ahora, cuando se repasa su impostura durante tantos años, es imposible no relacionar, otra vez, las dos etapas de su vida.

El golpe más grande contra la Corona se lo ha dado la persona que instauró la monarquía parlamentaria y que recuperó el aprecio hacia la Casa Real

Como cuando se sentaba en el sillón de todos los salones, cada Nochebuena, y nos miraba a los ojos diciendo, “todos, sobre todo las personas con responsabilidad pública, tenemos el deber de observar un comportamiento adecuado, un comportamiento ejemplar, porque cuando se producen conductas irregulares, que no se ajustan a la legalidad o la ética, es natural que la sociedad reaccione”. ¿Será esa la explicación, que en la democracia ha seguido disimulando igual, aparentando ser quien no era? Como aquella otra vez, cuando una reportera le preguntó si pagaba todos los impuestos o los ocultaba, y él contestó: “No puedo decirlo, pero probablemente”. Juan Carlos sonreía y todos pensaron entonces que esa era su grandeza, su sentido del humor, su campechanía. Pero era verdad, no pagaba a Hacienda y escondía su dinero con entramados financieros para que nadie lo detectara.

La verdad sobre don Juan Carlos, dónde está. Hay quien piensa que todo lo que ocurre en la actualidad, los apuros por los que atraviesa Felipe VI y el acoso a la propia monarquía parlamentaria, se debe a los ataques enfervorecidos de la extrema izquierda española o de los independentistas catalanes, pero les falla algo elemental, como es colocar los acontecimientos en su justo orden cronológico. Ha sido Juan Carlos de Borbón el que ha alimentado y justificado los ataques a la Corona. Se confunde a los oportunistas del desastre con el único causante. El golpe más grande, demoledor, contra la Corona española, contra la imagen del Rey, se lo ha dado la misma persona que instauró la monarquía parlamentaria y que recuperó el aprecio de los españoles hacia la Casa Real. Nada ni nadie le ha hecho más daño. Ese es el epitafio inesperado del juancarlismo, el de verlo convertido en un rey antisistema por sus actos inexplicables, injustificables, ante los que siempre nos preguntaremos lo mismo: por qué.

Matacán