Sánchez-Iglesias, el pacto del escorpión

Pedro Sánchez ha demostrado, sobradamente, que es un corredor de fondo con la única ambición de llegar al poder, y lo ha conseguido hasta ahora en las circunstancias más inverosímiles

Foto: Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, en el Congreso de los Diputados. (EFE)
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, en el Congreso de los Diputados. (EFE)
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El final será una traición. Solo podemos especular con el momento en que se producirá, pero el resultado final de la coalición de intereses entre el PSOE y Podemos será siempre una ruptura abrupta, que sirva a cada uno de ellos para colocarse de nuevo en la carrera electoral reivindicando para sí la representación de la izquierda en España.

Pedro Sánchez, que tantas veces cambia de criterio, seguro que mantiene en su interior la desconfianza que le llevó a proclamar que no dormiría tranquilo si tuviera de socio a Pablo Iglesias, de la misma forma que el líder de Podemos seguirá pensando que el problema de la izquierda española es el PSOE, desfasado, y su líder; “el problema es Sánchez”, como dijo una vez. Esos odios cruzados no los solventa una coalición de gobierno, sino que, en todo caso, los aplaza de mutuo acuerdo a la espera de que en la próxima confrontación no haya propuestas sino imposiciones, del acuerdo a la aniquilación.

Esas son las reglas de la política, sobre todo en la clase política española, y en la izquierda la rivalidad ha sido, históricamente, más cainita, más implacable. Por eso, como la certeza de la traición final es compartida por ambos, el acuerdo más sólido que existe entre los dos socios de gobierno en este momento es el de sostener la legislatura hasta el final, no romperla antes de tiempo, para esperar que amainen las crisis sucesivas que ha desatado la pandemia y que el resultado de la ruptura entre ambos no se convierta en un favor electoral a las fuerzas del centro derecha.

En ese interregno es en el que estamos, y el objetivo de los dos líderes, presidente y vicepresidente del Gobierno, es el de aprovechar la coyuntura para fortalecerse en sus formaciones y ante su electorado. La última votación del Congreso en las enmiendas a la totalidad de los Presupuestos, en el que la mayoría que ha respaldado al Gobierno es muy superior a la que lo apoyó en la investidura (de 167 votos han pasado a 198), confirma la decisión de mantener la legislatura hasta sus estertores.

Pero ¿quién va marcando las pautas de esa política? Ahí es donde llegan las dudas actuales de los socialistas, que se ven arrastrados por la estrategia de Podemos. Es lo que dijo, por ejemplo, el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page: “Veo con preocupación que Podemos nos marca la agenda y nos arrastra a una esquina del tablero político, muy fuera del sitio habitual de las grandes mayorías del PSOE”. Otros dirigentes históricos del Partido Socialista, desde Alfonso Guerra hasta Nicolás Redondo Terreros, han sido más contundentes en sus críticas a la desnaturalización del proyecto socialista, fundamentalmente por haber pactado con Bildu y por la cesión humillante hacia Esquerra Republicana para eliminar el español como lengua vehicular en el sistema educativo de Cataluña. Compárese ese malestar público con el silencio entre los dirigentes de Podemos y se entenderá que también en el partido de Pablo Iglesias piensan que son ellos los que van ganando en la pugna interna con el PSOE por el liderazgo en la izquierda española.

Sánchez-Iglesias, el pacto del escorpión

Sucede, sin embargo, que todo análisis que se realice en la actualidad sirve de poco cuando el horizonte que se marca son los tres próximos años. Cualquiera que observe la trayectoria política de Pedro Sánchez con la debida distancia podrá deducir que no es posible pensar que el líder del PSOE ha vendido su partido, que ha vaciado de contenido su marca política y se ha entregado ciegamente a la estrategia de Podemos. En contra de los análisis que hablan de la liquidación del PSOE, es muy posible que la estrategia del líder socialista sea justo la contraria: aprovechar las alianzas que puede establecer Podemos entre la izquierda radical para asegurarse la legislatura con unos nuevos Presupuestos y, a partir de entonces, comenzar a marcar distancia.

Pedro Sánchez ha demostrado, sobradamente, que es un corredor de fondo con la única ambición de llegar al poder, y lo ha conseguido hasta ahora en las circunstancias más inverosímiles, sin escrúpulo alguno para pasar por encima de sus propias palabras. Sucede, además, que los socialistas tienen como herencia del pasado la mala costumbre de que les salga bien eso de manipular los acontecimientos a su antojo, sin complejo alguno, y negar públicamente lo que afirman unos días antes o unas horas antes. Ya sucedió con el acuerdo que firmaron para la derogación íntegra de la reforma laboral, que desmintieron el mismo día que lo firmaron, y ha vuelto a ocurrir ahora, cuando han negado que exista pacto alguno con Bildu, después de haberlo defendido en todas las tribunas hasta con argumentos tan provocativos como que Bildu es “más responsable que el Partido Popular (José Luis Ábalos).

Con esa creencia de que el PSOE conseguirá amoldar la opinión pública a su antojo y justificar lo injustificable, y con el añadido fundamental de que se trata de un partido político que jamás se rompe internamente, por graves que sean las diferencias, el presidente del Gobierno y líder socialista ha cedido el protagonismo a su socio de gobierno para que le resuelva la continuidad de la legislatura con la aprobación de los Presupuestos. Hasta ahora, ese tipo de estrategias políticas siempre le han sonreído y, de hecho, fue Pedro Sánchez quien superó ampliamente el sorpaso con el que Podemos amenazaba al PSOE en las elecciones.

La diferencia ahora es que también Pablo Iglesias se ha endurecido como líder político y, además, goza de una estructura de poder institucional de la que carecía. Solo hay que analizar la frialdad con la que ha apuñalado a su antigua líder en Andalucía, Teresa Rodríguez, sin miramiento alguno; empuñando el estilete cogido de la mano de los propios diputados de Vox en el Parlamento andaluz. ¿Existe mayor prueba de descaro y ansias de poder que esa que lleva a la extrema izquierda a pactar ocultamente con la extrema derecha? Uno y otro, en fin, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, responden al perfil de dos dirigentes políticos dispuestos a abrazarse enamoradamente hasta la traición final. Como en la fábula del escorpión, de esta coalición de gobierno solo nos queda por saber quién hace de rana.

Matacán
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