Rocío Carrasco, Irene Montero y los buitres de la telebasura
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Javier Caraballo

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Rocío Carrasco, Irene Montero y los buitres de la telebasura

Si los unos utilizan a Rocío Carrasco para el negocio televisivo, los otros la utilizan para engordar sus mítines políticos. Y si lo uno es deshonesto y frívolo, lo otro es peligroso y dañino para la sociedad

placeholder Foto: Rocío Carrasco, en 'Rocío. Contar la verdad para seguir viva'. (Mediaset)
Rocío Carrasco, en 'Rocío. Contar la verdad para seguir viva'. (Mediaset)

Esta no es una invitación a tomar partido por una mujer, Rocío Carrasco, o por su exmarido, Antonio David Flores. Tampoco es un concurso de adhesiones lacrimógenas, ni de especulaciones, ni de revanchas ni de golpes de pecho. Nada de morbo ni de insinuaciones que se le parezcan. No es la reconstrucción de ninguna historia de amor envenenado ni la recreación de lo que ocurrió en una familia completamente destruida. Nada de eso interesa aquí porque es ahí, en todas las derivadas interesadas de este relato, donde anidan las miserias y los despropósitos de lo que se está viviendo en España a raíz de un documental de televisión que oculta más de lo que muestra y que ha retratado a sus protagonistas en sus peores caricaturas, imágenes grotescas; lo que siempre han sido.

Gente como Irene Montero, ministra de Igualdad; Adriana Lastra, portavoz del PSOE; Ana Pardo de Vera, periodista, o Jorge Javier Vázquez, el presentador del programa de telebasura que incendia las casas, cobra por los bomberos y contrata a las plañideras para que lloren por las víctimas. Ellos y otros más; la mayoría de los que han participado en este dislate y los que aún están esperando su momento para entrar. Da igual, todos están movidos por los mismos hilos, el dinero y el interés político, que son los dos buitres que se ceban con la tragedia. ¿Y la frivolidad? Pues claro, pero esa es una característica innata, el 'modus operandi', o una forma de ser. Cada cual en función de la carnaza que genere su linchamiento. Ahora se llama Rocío Carrasco, pero solo es el nombre de hoy, la víctima propicia para que los otros puedan hacer e intentar parecer.

Foto: Rocío Carrasco, en un montaje de Vanitatis.

Lo sucedido en la vida de Rocío Carrasco, y la tragedia de su familia completamente destruida, debe ser, además, una de las historias más conocidas de España porque la sola estela de la madre de esta mujer, Rocío Jurado, y de su padre, Pedro Carrasco, ambos fallecidos, la han convertido en una celebridad desde el mismo día en que nació. En muchos aspectos de su drama, la suya es la vida repetida de otros hijos de famosos, juguetes rotos que solo encuentran en la vida la amargura y la infelicidad. Que el documental de su tragedia haya tenido una audiencia con picos de 10 millones de espectadores, lo dice todo… Pero, al margen de la fama, la vida de Rocío Carrasco tampoco es, por desgracia, ajena ni desconocida para cientos de miles de personas porque es la misma historia que se vive en sus casas con un catálogo extenso de desgracias y tragedias: el infierno de los gritos, las broncas y los engaños, el maltrato de la violencia machista, el acoso enfermizo de las exparejas, separaciones traumáticas en las que se utilizan a los hijos como armas de combate contra el otro progenitor, las agresiones de los menores a sus padres…

Nada de eso es desconocido y si la tragedia de Rocío Carrasco ha tocado ese fondo de destrucción como persona, ha sido porque ella se ha visto sometida a la humillación constante y diaria en una pantalla de televisión, en un programa de televisión, por parte de todos aquellos que, ahora, hacen de coro de farsantes a su alrededor. Sí, Jorge Javier Vázquez, el más afamado de los creadores de esta telebasura despiadada que existe en España. Él y su cadena de televisión, Tele 5. No hay más que reparar en cómo han silenciado durante más de un año las sentencias judiciales que hizo públicas El Confidencial, en una investigación de Vanitatis, tras la paliza que la hija de Rocío Carrasco le propinó a su madre: la hija estaba condenada por maltrato, pero tenía un contrato con la cadena, al igual que su padre, con lo que no convenía promover informaciones que pudieran perjudicar la imagen de ambos y la audiencia. Ahora sí, ahora dicen que los han despedido, pero quién duda de que volverán para que la rueda de la telebasura siga girando.

Montero: “Necesitamos un periodismo que legitime y acompañe a las mujeres maltratadas”.

A partir de la enormidad y la complejidad de este despropósito salvaje, que ha llevado a esa mujer, Rocío Carrasco, a intentar suicidarse cuando supo que su hija maltratadora participaría en un programa de esa misma cadena para defender a su padre, es cuando debemos valorar la singularidad política y moral de la ministra de Igualdad, Irene Montero, que solo tardó unos minutos en colarse en la ‘fiesta’ con un mensaje en redes sociales: “El testimonio de Rocío Carrasco es el de una víctima de violencia de género. Cuando una mujer denuncia públicamente la violencia puede ser cuestionada o ridiculizada. Por eso es importante el apoyo”. ¿Es un mero gesto de solidaridad? En absoluto, porque el verdadero mensaje que se quiere trasladar está en la segunda parte, la pretensión de que el testimonio de una mujer en un juzgado sea incuestionable. Como han dicho en algunas ocasiones, “las mujeres tienen que ser creídas sí o sí” en los tribunales de Justicia, esa inmensa barbaridad que ignora el sagrado principio del Derecho de que quien acusa está obligado a probarlo ante los tribunales (‘onus probandi’).

La portavoz del PSOE, Adriana Lastra, la secundó al poco tiempo y, desde el plató, a las dos le ponía voz la periodista Ana Pardo de Vera con raciones aún mayores de sinrazón y mentira. Como afirmar que el problema de la Justicia en España es que está compuesta mayoritariamente por hombres (es justo lo contrario: tanto jueces como fiscales son en su mayoría mujeres) y que, por esa razón, había muchas denuncias de violencia machista que no prosperaban, como la de Rocío Carrasco en su día. “Igual que lo de la Manada” llegó a decir la tal periodista, como si los agresores de Pamplona no estuvieran en prisión cumpliendo las penas más elevadas. Como si más del 70 por ciento de las denuncias de violencia machista no acabaran en condena del agresor, según los datos estadísticos del Observatorio contra la Violencia Doméstica. Si los unos utilizan a Rocío Carrasco para el negocio televisivo, los otros la utilizan para engordar sus mítines políticos. Y si lo uno es deshonesto y frívolo, lo otro es peligroso y dañino para la sociedad.

Esta no es una invitación a tomar partido por una mujer, Rocío Carrasco, o por su exmarido, Antonio David Flores. Tampoco es un concurso de adhesiones lacrimógenas, ni de especulaciones, ni de revanchas ni de golpes de pecho. Nada de morbo ni de insinuaciones que se le parezcan. No es la reconstrucción de ninguna historia de amor envenenado ni la recreación de lo que ocurrió en una familia completamente destruida. Nada de eso interesa aquí porque es ahí, en todas las derivadas interesadas de este relato, donde anidan las miserias y los despropósitos de lo que se está viviendo en España a raíz de un documental de televisión que oculta más de lo que muestra y que ha retratado a sus protagonistas en sus peores caricaturas, imágenes grotescas; lo que siempre han sido.

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