Pedro Sánchez, el pagano de la pandemia
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Javier Caraballo

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Pedro Sánchez, el pagano de la pandemia

Si Sánchez ha sido el pagano de la pandemia, tiene que ser por motivos distintos a los errores cometidos en la gestión sanitaria en España porque, en ese caso, los gobiernos regionales también estarían afectados como corresponsables

placeholder Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

Sostienen los socialistas, aún noqueados por el sartenazo de Madrid, que uno de los motivos de esa derrota electoral es la gestión de la pandemia de coronavirus, que en todos los países del mundo está afectando a los gobiernos. “La pandemia tiene efecto negativo en las elecciones para quien gobierna”, afirman. Y debe ser así, que tantas muertes, tanta penuria y tantas apreturas también alteran seriamente la vida política de los países. Pero, aun aceptando esa lógica como una reacción social inevitable, ¿por qué resulta que la factura electoral de la crisis se pasa solo al Gobierno de España y no a los gobiernos autonómicos? Algo falla en ese análisis cuando se aplica a un país tan descentralizado como el nuestro en el que, desde la década de los noventa, son las autonomías las que gestionan completamente la Sanidad pública. También en estos meses atrás porque, como se subraya desde el Gobierno, han sido los gabinetes autonómicos los responsables del funcionamiento de los hospitales, las residencias y los centros de Salud. ¿Por qué la conmoción social que ha supuesto la pandemia no afecta a las autonomías?

Irresponsabilidad en las celebraciones durante el fin de semana

Incluso durante el estado de alarma, que convirtió al Gobierno de España en la “autoridad competente” en todo el territorio nacional, las autonomías mantenían sus competencias de gestión y aplicaban las normas aprobadas de mutuo acuerdo en la inmensa mayoría de los casos, sobre todo en los primeros meses de la pandemia. Pues bien, cuatro elecciones autonómicas se han celebrado desde que se inició la pandemia y en todas han vencido los gobiernos regionales: en Galicia barrió el presidente popular Núñez Feijóo, en el País Vasco ganó con holgura el lendakari Urkullu y en Madrid ha arrasado la presidenta Isabel Díaz Ayuso. La cuarta comunidad en la que se han celebrado elecciones, Cataluña, está bajo el influjo de la fractura social por el independentismo, con lo que su comportamiento electoral obedece a otros factores, como demuestra el hecho de que ganara las elecciones el ministro de Sanidad, Salvador Illa, pero sin fuerza parlamentaria suficiente para arrebatar la Generalitat a los independentistas, que tampoco acusaron la gestión de la pandemia.

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Si Pedro Sánchez ha sido el pagano de la pandemia, tiene que ser, necesariamente, por motivos distintos a los errores cometidos en la gestión sanitaria en España porque, en ese caso, los gobiernos regionales también estarían afectados como corresponsables. Si eso no ha sucedido es porque los responsables autonómicos han sabido conectar mejor con la ciudadanía, en detrimento del Gobierno de la nación. Los colapsos de la Atención Primaria, la ingente falta de material de las primeras semanas, la enorme precariedad del personal sanitario, la angustiosa limitación de las UCI, la tragedia de muchas residencias de mayores y hasta los retrasos en la vacunación tendrían que haber sido, en todo caso, y abstrayéndonos de todo detalle, un problema común, con más deterioro para la Administración más cercana, la autonómica, pero resulta que ha sido justo al contrario, porque quien ha fallado estrepitosamente en su política de comunicación ha sido el Gobierno de Pedro Sánchez.

De forma inexplicable, la imagen que ha transmitido el presidente del Gobierno durante la pandemia ha sido errática, basculando desde las comparecencias semanales de la primera fase de la pandemia a la desaparición en la segunda fase, la que ha concluido con el segundo estado de alarma. Ese comportamiento inestable y confuso, que va desde el contacto intenso a la ausencia absoluta de comunicación, no tiene ninguna explicación lógica cuando la pandemia sigue afectando a decenas de miles de personas, a muchas de ellas con consecuencias fatales. Los dirigentes autonómicos, sin embargo, han mantenido siempre el mismo nivel de comunicación con sus ciudadanos.

Foto: El presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page. (EFE)

Sucede, además, que Pedro Sánchez, torpemente, decidió enfrascarse él mismo en la confrontación política, coincidiendo con la segunda fase de la pandemia en la que, públicamente, se ausentó de la gestión sanitaria. Fue entonces cuando comenzó a aparecer una imagen del presidente arrogante, cicatero y antipático. Si el socio de Gobierno, Unidas Podemos, y su líder, Pablo Iglesias, han tenido alguna influencia en ese giro en la forma de gobernar, tendrán que analizarlo seriamente en el seno del PSOE, porque esa inestabilidad de veleta diría muy poco de la personalidad política de un partido centenario; en cualquier caso, la evidencia incontestable es que el nivel de rechazo del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha aumentado significativamente en estos últimos meses.

En política, como en otras facetas de la vida, las grandes crisis se convierten a veces en grandes oportunidades de mejora, y el presidente de un país tiene la ocasión de asentar su liderazgo, de extenderlo y de demostrar sus verdaderas dotes de estadista. Para eso, obviamente, se necesitan convicciones firmes, además de cualificación. Pedro Sánchez tendría que haber aprovechado la crisis sanitaria que hizo tabla rasa en las tensiones territoriales para haber asentado en España otro modelo de gestión, de coordinación estable entre el Gobierno y las comunidades autónomas, pero no lo ha hecho. Podría haber sobrevolado la trifulca política habitual y haber liderado la aprobación de unos nuevos Pactos de la Moncloa, pero tampoco le interesó. Y podría haber buscado, como en algunos de sus primeros discursos, un liderazgo social de los ciudadanos, empatía social en el peor momento de la historia reciente, pero también eso lo abandonó.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

En vez de ejercer como estadista y practicar alta política, Pedro Sánchez optó por fajarse en la disputa política más rastrera y pedestre, siempre vigente aquí, seguro de que su único aliado estaba en Europa, no en España, y que la recuperación de la economía, impulsada por los fondos europeos, será suficiente para recuperarse como líder. Mantenerse en esa tesis será persistir en el error, como demuestra hoy su comparación con las autonomías.

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