La pobreza doble de la era Sánchez
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Javier Caraballo

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La pobreza doble de la era Sánchez

Esa doble pobreza, legislativa y social, podrían rebatirla los portavoces del Gobierno con la esperanza de que lo revolucione todo el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

Aquellos que critican o minusvaloran la Transición española, de lo que se olvidan siempre es de comparar. Curioso. O quizá no tanto, porque el adanismo, que es de donde surgen esos movimientos de rechazo a lo vivido, exige ignorancia y desconocimiento, como si el pasado se convirtiera en un folio en blanco para que ellos escriban el futuro. Pero, como no es así, es legítimo que miremos atrás y comparemos gobiernos y líderes, ahora que este Gobierno de Pedro Sánchez ha cumplido tres años en la Moncloa, que es un periodo más que suficiente en política para evaluar al estadista. Tres años, con los gabinetes más copiosos de la historia de España, desde aquel primer ‘Gobierno de estrellas’ hasta el actual de coalición, una fórmula inédita en la democracia española, con cuatro vicepresidentas, para reseñar su carácter feminista. Se podrá decir que los tres años no se pueden contar como tales, porque se nos han atravesado una pandemia y dos campañas electorales, las de 2019; es verdad, pero los ministros y ministras nunca han dejado de serlo, y de cobrar por ello con sus respectivos equipos de trabajo, con lo que el nivel de exigencia puede reducirse, pero en ningún caso extinguirse. De modo que la pregunta es pertinente: ¿qué ha aportado a España la era de Pedro Sánchez?

Foto: (EFE)

Como queda dicho, la convulsión social, económica o política no puede ser nunca una excusa de inactividad y, por esa razón, se destacaba antes la Transición española. Ahí están, como muestra, los primeros gobiernos de la democracia que afrontaron el cambio de régimen, sin dejar de atender ni uno solo de los gravísimos problemas de entonces; era como acometer una reforma en profundidad de una casa vieja, cambiar tuberías y cables, sin que los grifos dejaran de echar agua ni de encenderse las luces en los salones, como describe gráficamente el admirado periodista Fernando Ónega, ejemplo de tantas cosas, en su libro sobre Adolfo Suárez. De hecho, Ónega sostiene que muchos gobiernos posteriores se han atribuido el mérito de haber sido los más reformistas de la democracia, pero porque se obvia siempre esa etapa de la historia, incluido, por supuesto, el breve mandato de Leopoldo Calvo Sotelo, que es un verdadero prodigio de actividad en los menos de dos años que estuvo en la Moncloa, en las peores circunstancias imaginables.

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Contemplados los tres años de Pedro Sánchez desde esa perspectiva, parece claro que la política española o ha cambiado de ritmo o se ha adentrado en un terreno empantanado en el que las grandes reformas han sido sustituidas por las grandes broncas. Siempre debemos huir de la engañosa tentación de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero qué reformas ha aprobado el Gobierno de Pedro Sánchez que sean dignas de mención. Si lo observamos, lo más relevante tiene que ver siempre con la búsqueda de elementos de confrontación, antes que con problemas reales del país. La mayor energía se gasta ahí, en debates encendidos. Pensemos en la ley Celaá, otra ley de educación más, o en la nueva Ley de Memoria Democrática, 15 años después (¡15 años!) de que se aprobase la primera con Zapatero en el Gobierno. O en la llamada ley del 'solo sí es sí', de la ministra Irene Montero, la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual y, por supuesto, en la pretendida reforma del Código Penal para reducir las penas por los delitos de sedición y rebelión.

Foto: Colas del hambre, en Toledo

¿Tiene algo que ver todo esto con lo ocurrido en España desde que Pedro Sánchez es presidente del Gobierno? Más bien al contrario, lo que se aprecia en estos tres años de la era Sánchez es que la pobreza legislativa se ha desarrollado en paralelo al crecimiento de la pobreza real de la sociedad; una doble pobreza, pues. Por ser un Gobierno de izquierdas, 'social-comunista', como le gusta tildarlo a la derecha, lo más relevante que ha ocurrido en este tiempo ha sido el empobrecimiento de la sociedad española. A principios de año, Oxfam Intermón ya alertó en su informe anual de que los índices de pobreza y desigualdad en España, que ya eran muy elevados, pueden aumentar exponencialmente por el impacto de la pandemia, sobre todo en los colectivos que tradicionalmente han sido más vulnerables, como los jóvenes, con porcentajes insoportables de fracaso escolar y desempleo.

Foto: Los rostros de la desigualdad: una familia de inmigrantes peruanos en España, el grupo más golpeado por la crisis. (Marta Pérez/ EFE)

La ‘pobreza severa’, que incluye a aquellos que viven con menos del equivalente a 16 euros al día, podría alcanzar a 5,1 millones de personas y, como dice Cáritas, cuando la exclusión social se enquista en una sociedad, la miseria, la desesperación, se hereda de padres a hijos. El panorama de las clases medias no es menos preocupante en España; desde hace décadas el decaimiento de las clases medias es progresivo y, hasta ahora, imparable. Es el ‘infierno de las clases medias’ al que este Gobierno quiere exprimir más aún con una subida escalonada y generalizada de suministros básicos (electricidad y gas) y de combustibles, como ya estamos apreciando.

Doble pobreza: legislativa y social

Todo lo anterior, esa doble pobreza, legislativa y social, podrían rebatirlo los portavoces del Gobierno con la esperanza de que, en los tres años que restan de legislatura, lo revolucione todo el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. De momento, de hecho, la propia presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, es la que se ha sumado a la euforia del plan presentado por el Gobierno de Pedro Sánchez, segura de que “este plan transformará profundamente la economía española, haciéndola más verde, más digital y más resiliente”.

Veremos, porque en España, en la España actual, no existen motivos para tanta confianza, ni por la estabilidad parlamentaria ni por la cohesión del Gobierno que debe aplicarlo, ni por las características de la política española, contraria a cualquier consenso o pacto de Estado, ni por la experiencia acumulada en el pasado, con tantos planes de nombres pomposos que se quedan en nada. Quiere decirse, en suma, que no todas las inversiones suponen reformas, por cuantiosas que sean, y mucho menos reformas estructurales como las que necesita España para ser un país más eficiente; no todo se resume en la apuesta por lo verde y lo digital, hay reformas previas esenciales para el progreso que se deben afrontar.

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