El 'Día de la libertad' del covid en España
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Javier Caraballo

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El 'Día de la libertad' del covid en España

El primer ministro Boris Johnson decretó el 'Freedom Day' que suponía el final abrupto de todas las restricciones, nada de distancia social, ni límite de personas, ni mascarillas

Foto: Centro de vacunación en Londres (Reino Unido). (EFE)
Centro de vacunación en Londres (Reino Unido). (EFE)
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Que el paso hay que darlo, nadie lo duda, porque llegará. Antes o después, pero llegará el 'Día de la libertad' del covid en España en el que el tratamiento político, mediático y social será el equivalente al de cualquier otra enfermedad o patología de las que pueden llevarnos a enfermar o a la misma tumba.

De la misma forma que no es posible imaginar un informativo de radio que, cada día, encabece sus programas con un recuento pormenorizado de las muertes del día anterior por cáncer, por una cardiopatía o por una enfermedad pulmonar, tenemos que comenzar a pensar que una vez que la pandemia de coronavirus se ha controlado gracias a la vacuna, la normalidad, no la 'nueva normalidad', sino la normalidad a secas, debe comenzar por la superación de esta inercia adquirida con la que contamos a diario los contagios de coronavirus, como si nada hubiera cambiado. Podrá achacarse, al decir que la pandemia se ha controlado, que no se puede afirmar tal cosa si, como sucede aún en España, se registran más de veinte mil contagios al día.

Pero esa no es la cuestión, ese es precisamente el problema: haber descontextualizado el dato estadístico de los contagios. Lo que no podemos perder de vista es que si la enfermedad del covid-19 ha puesto de rodillas a todo el mundo no ha sido por el alto número de letalidad que lleva aparejado, sino por el colapso de los hospitales. Y de esos veinte mil contagios que se certifican en España a diario, solo necesitan hospitalización alrededor de novecientas personas. Este virus maldito va a seguir causando muertes en todo el mundo y, lo que es peor, aún desconocemos las secuelas de todo tipo que pueden desarrollarse en muchos de los que se han contagiado y superado la enfermedad. No es menosprecio a la pandemia, sino la urgencia de superarla mentalmente para que no acabe con nosotros mucho más allá de lo que ya provoca ese virus que vino de China en unas circunstancias que tampoco conocemos bien.

Foto: Boris Johnson. (EFE)

Por ese magma de desconocimiento que arrastramos sobre la pandemia, lo primero que debimos aprender fue que nadie debería atreverse a pontificar sobre el comportamiento del covid-19. Nadie, en ningún lugar del mundo, puede afirmar después de tanto tiempo que ha sido capaz de anticipar el comportamiento del virus, más allá de la evidencia primera, y elemental, de que cuando aparece una oleada fuerte de contagios la única forma de contenerla y reducirla es limitar o prohibir los contactos entre personas.

Por etapas, hemos elogiado 'islas' de contención del virus, que unas veces eran regiones y otras veces países enteros, que, al poco tiempo, al cabo de unas semanas, se sumían en una virulenta oleada de contagios que los colocaba en el extremo contrario al que se encontraban. Siempre podía encontrarse una explicación, el foco de los contagios, pero nadie acertaba a decir cómo esa misma sociedad, con los mismos comportamientos y las mismas restricciones, pasaba de la contención de la pandemia al descontrol.

Tenemos un ejemplo reciente, bien elocuente por lo desconcertante: el Reino Unido. El 19 de julio pasado, el primer ministro Boris Johnson decretó el 'Freedom Day' que suponía el final abrupto de todas las restricciones, nada de distancia social, ni límite de personas, ni mascarillas ni en los transportes públicos, ni en los espacios abiertos ni tampoco en los locales cerrados, aunque cabía la posibilidad de que sus propietarios lo exigieran. La medida se adoptó, además, en plena subida de contagios, con un incremento del 52% en la semana previa al final de las restricciones.

Los ingleses, como se vio en las imágenes, acogieron el ‘Freedom Day’ como si fuera la fiesta de Nochevieja del año del Apocalipsis

Los ingleses, como ya vimos en cientos de imágenes, acogieron el 'Freedom Day' como si fuera la fiesta de Nochevieja del año del Apocalipsis. Sin embargo, nada ha salido de acuerdo con lo previsto. Los expertos habían vaticinado que el final de las restricciones, en plena oleada de la pandemia, provocaría que, a mediados de agosto, los contagios ascenderían de 48.000 diarios a más de 100.000, con la consiguiente presión hospitalaria a pesar de la menor incidencia por la vacunación (España supera al Reino Unido en porcentaje de vacunación).

Pues bien, lo que ha ocurrido es justo lo contrario: en tan solo diez días, los contagios cayeron en picado, hasta un cuarenta por ciento. La medida que adoptó el peculiar primer ministro británico era, a todas luces, una "estupidez epidemiológica", como le dijeron en la Organización Mundial de la Salud, pero lo que nadie esperaba era que la consecuencia fuera un descenso de los contagios, tan acusado como en los de la época dura de la pandemia.

En fin, de lo ocurrido en el Reino Unido quizá solo haya que quedarse con la pregunta que se hizo a sí mismo el primer ministro: "Si no lo hacemos ahora, ¿entonces cuándo?". Es en el cuándo en el que debemos situarnos en España, a partir de la aceptación previa de que no es posible mantener este exceso de información sobre la pandemia, una vez que se ha controlado en aquello que más preocupaba. Antes se ponían algunos ejemplos de enfermedades con las que convivimos… Vayamos al extremo opuesto, aquello que se oculta, que se silencia, que es lo contrario de lo que sucede con el Coronavirus: el suicidio. Cada dos horas y media, según la medida estadística, se suicida una persona en España, lo cual viene a duplicar a las víctimas por accidentes de tráfico, de la misma forma que superan once veces a los homicidios y ochenta veces a los asesinatos de violencia de género.

Foto: Una cama vacía en un hospital alemán. (EFE)

No establezcamos comparaciones más que para llegar a la determinación de que la siguiente fase de la pandemia tiene que suponer la superación del trauma que hemos vivido en estos dos años. Por eso, que el paso hay que darlo, nadie lo duda, salvo los negacionistas de la normalidad, no de la 'nueva normalidad', sino de la normalidad de vida. También en esta fase final de la pandemia, todo el que niega la evidencia del paso que hay que dar acabará mal como han acabado mal los negacionistas del virus y, luego, los negacionistas de las vacunas.

Prudencia y determinación de vida. Que también en eso la experiencia vivida en el Reino Unido sirve de lección y escarmiento para todos esos: cuando todo el país celebraba el 'Freedom Day' se murió David Parker, un propietario de salas de fiesta que se hizo famoso en las redes sociales por su oposición a las vacunas. En sus soflamas hablaba de conspiraciones de multinacionales farmacéuticas. "Quién sabe quién tiene razón o quién está equivocado. Si me equivoco, levantaré la mano, pero no me quedaré en silencio", decía en una de sus últimas mentecateces. Pues ya se ve, se ha muerto de covid a los 56 años, sin patologías previas, por no vacunarse, cuando todo el mundo celebraba a su alrededor la victoria de la vacuna sobre la pandemia.

Que el paso hay que darlo, nadie lo duda, porque llegará. Antes o después, pero llegará el 'Día de la libertad' del covid en España en el que el tratamiento político, mediático y social será el equivalente al de cualquier otra enfermedad o patología de las que pueden llevarnos a enfermar o a la misma tumba.

Boris Johnson Reino Unido OMS