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Sáhara, la mejor decisión con las peores formas
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Javier Caraballo

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Sáhara, la mejor decisión con las peores formas

España “cede” ante Marruecos, porque, como puede entenderse, no es solo eso; cede también ante Estados Unidos y ante las dos grandes potencias de la Unión Europea

Foto: El rey de España, Felipe VI, y el rey de Marruecos, Mohamed VI.
El rey de España, Felipe VI, y el rey de Marruecos, Mohamed VI.
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El reconocimiento de la soberanía de Marruecos sobre el Sahara es la mejor decisión con las peores formas posibles, las propias de un presidente como Pedro Sánchez, que no pierde ocasión para demostrar su profundo desprecio por los consensos políticos y su falta de respeto institucional de los otros poderes del Estado. Esa actitud es la que enturbia completamente un acuerdo diplomático inevitable, por mucho que ahora se rasguen las vestiduras, y lo tachen de traición, aquellos que, sobre todo en la derecha española, jamás han defendido la autodeterminación del Sahara, que es la histórica reivindicación, la eterna promesa incumplida con la que, hasta 1976, fue la provincia número 53 de España.

Sencillamente, el Sahara era ya un callejón sin salida, desde el punto de vista de las alternativas para el territorio, después de que Estados Unidos, tanto con Donald Trump como ahora con Joe Biden, reconocieran la soberanía de Marruecos sobre el Sahara y que esa misma decisión la hayan adoptado Francia y Alemania. Es decir, lo simplista en este momento, es decir, que España “cede” ante Marruecos, porque, como puede entenderse, no es solo eso; cede también ante Estados Unidos y ante las dos grandes potencias de la Unión Europea.

Foto: Pedro Sánchez y Mohamed VI. (EFE/Ballesteros)

¿Qué podía hacer España en esa tesitura? Sin contar con la imperiosa necesidad de mantener buenas relaciones con el régimen alauita, que no es una razón menor, en el contexto internacional España ya estaba aislada y, antes de que otros le impusieran ese cambio de rumbo en la política con Marruecos, lo mejor era este acuerdo bilateral, entre el presidente del Gobierno español y el rey de Marruecos que, al menos por unos años, supondrá un periodo de paz y tranquilidad; “una etapa inédita en las relaciones entre ambos países”, como ya avanzó el propio Mohamed VI en agosto del año pasado, ¡en agosto!, así que ya podemos hacernos una idea de cuándo se abrieron las negociaciones para lo que ahora hemos conocido, de nuevo, gracias al rey marroquí.

Sea como sea, en todo caso, lo que podemos dar por seguro es que, tras el acuerdo de España, será la propia Unión Europea la que secunde el reconocimiento del Sahara como territorio plenamente marroquí, con lo que ya se puede dar por cerrado el debate que se arrastra desde hace medio siglo y sobre el que la ONU ha dictado resoluciones a favor de la independencia del Sahara que, como en otros casos, se quedan definitivamente en papel mojado. Como la propia expresión de apoyo a la ‘autonomía’ del Sahara, dentro de Marruecos, como si eso fuera posible en un régimen como el alauita, una falsa democracia donde la vulneración de Derechos Humanos es una constante. Pero es lo menos malo que existe en regímenes islámicos.

Por una circunstancia u otra, el apoyo pleno a la independencia del Sahara nunca ha encontrado una coyuntura favorable

Es verdad, por lo demás, que el hecho de que España se haya acabado plegando a las presiones de Marruecos puede considerarse una “traición”, pero nadie podrá sostener que es la primera. Traición, o hipocresía o cinismo, es lo que define el comportamiento de España en la descolonización de aquel territorio porque en ningún momento ha existido un interés real por apoyar al pueblo saharaui. Vinculaciones sentimentales y nostálgicas, todas las que se quieran, pero ninguna decisión formal de ningún gobierno en cincuenta años. Por una circunstancia u otra, el apoyo pleno a la independencia del Sahara nunca ha encontrado una coyuntura favorable. De hecho, siempre ha sucedido lo contrario, que es lo que ha sabido aprovechar siempre Marruecos para ir avanzando en el apoyo internacional a su posición.

Quizá pueda servir un solo detalle: en los últimos meses de la dictadura, antes incluso de que se produjera la famosa ‘marcha verde’, el general Gutiérrez Mellado, que poco después tendría un papel fundamental en la consolidación de la democracia como ministro de Adolfo Suárez, recibió el encargo de viajar a la zona y elaborar un informe sobre el futuro del Sahara. Su conclusión fue determinante: el verdadero peligro era que el Sahara cayese en manos de Argelia, por la radicalización que conllevaba, “y no quiero ni pensar lo que sería un gran Magreb dirigido por Argelia”, decía literalmente en el informe que remitió al último presidente del franquismo, Carlos Arias Navarro.

Cuarenta y siete años después de aquel informe, el reconocimiento internacional de la soberanía de Marruecos sobre el Sahara tiene mucho que ver con esas mismas razones de interés estratégico en la zona, de equilibrios entre los países, Marruecos, Argelia y Mauritania. Con dinero, que es como siempre solventa las cosas la Unión Europea en sus fronteras, se calmarán ahora los agravios que puedan surgir, especialmente en Argelia. (No olvidemos que la inmensa mayoría de los ingresos por exportaciones de Argelia proceden de los hidrocarburos, con la consiguiente repercusión mayoritaria en el PIB del país).

Foto: Entrevista a Arancha González Laya. (I. B.)
"Era importante que el acuerdo del Sáhara fuera mutuo y en el marco de la ONU"
Ángel Villarino E. Andrés Pretel Fotografía: Isabel Blanco

Todo lo demás, en este conflicto, el resto de las explicaciones, ya hay que interpretarlas exclusivamente con las claves de enfrentamiento y confrontación permanente de la política española y, sobre todo, con el talante del presidente Pedro Sánchez, ajeno a toda consideración institucional por las normas mínimas de respeto que deben guardarse en una democracia. Lo que menos le habrá costado es que Marruecos sea el que filtre la noticia, porque eso le sirve de justificación para no haber informado de nada ni al Congreso de los Diputados ni a su propio Gobierno y, quizá, ni siquiera al Jefe del Estado, el rey Felipe VI.

Es verdad que un acuerdo diplomático de esta naturaleza requiere la máxima discreción, y esa exigencia es imposible de mantener con unos socios de Gobierno como de los de Podemos, abiertamente desleales, y con un partido como el PP, en plena reconstrucción tras la debacle de Casado, con lo que es imposible pensar en un consenso al respecto. Sí, es así, pero nada de ello justifica la falta de respeto institucional para haber informado, una vez alcanzado el acuerdo con Marruecos, al principal partido de la oposición, a la vicepresidenta Yolanda Díaz y, a continuación, solicitar una comparecencia en el Congreso.

Pero ¿cuándo ha respetado Sánchez a los demás poderes del Estado, el legislativo y el judicial?

Pero ¿cuándo ha respetado Pedro Sánchez a los demás poderes del Estado, el legislativo y el judicial? Jamás. La importancia histórica de este momento no lo ha hecho modificar su única coherencia, la de emplearse como si la democracia española se limitara a las cuatro paredes de la Moncloa. Lo mismo que la frivolidad diplomática que supone para un país como España pasar de acoger clandestinamente al líder del Polisario y, un año después, apuñalarlo, al claudicar ante la reivindicación de Marruecos. No hay por donde cogerlo, ni forma de justificarlo, pero el acuerdo era inevitable y necesario.

El reconocimiento de la soberanía de Marruecos sobre el Sahara es la mejor decisión con las peores formas posibles, las propias de un presidente como Pedro Sánchez, que no pierde ocasión para demostrar su profundo desprecio por los consensos políticos y su falta de respeto institucional de los otros poderes del Estado. Esa actitud es la que enturbia completamente un acuerdo diplomático inevitable, por mucho que ahora se rasguen las vestiduras, y lo tachen de traición, aquellos que, sobre todo en la derecha española, jamás han defendido la autodeterminación del Sahara, que es la histórica reivindicación, la eterna promesa incumplida con la que, hasta 1976, fue la provincia número 53 de España.

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