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Por qué son tan cursis los políticos
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Javier Caraballo

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Por qué son tan cursis los políticos

Lo corrección y lo 'woke' están conduciendo la política a un desfiladero de absurdos, sectarismo y pomposidad

Foto: El Congreso celebra un acto institucional por el Día de la Constitución.(EP)
El Congreso celebra un acto institucional por el Día de la Constitución.(EP)
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La cursilería es el aspecto más deplorable del lenguaje políticamente correcto. No solo por las construcciones dialécticas insufribles, de circunloquios pomposos y vanidades impúdicas, sino por lo que se oculta. La intención última, si lo pensamos, es la de hablar sin decir nada. O peor aún, hablar sin decir nada, para no tener que referirse a la realidad, para ocultar los problemas, para camuflarlos en un saco de palabras huecas. Hay algunos ejemplos muy evidentes, como veremos, de esa estrategia encubridora de la realidad como, por ejemplo, dejar de hablar de parados y comenzar a mencionarlos como "personas en situación de desempleo".

La excusa oficial de ese lenguaje políticamente correcto es que, de esa forma, no se ofende a los parados, pero qué humillación mayor puede existir para una persona que llevarse años y años sin encontrar trabajo y que, encima, se le comience a considerar como una etapa transitoria de su vida. Llamar a las cosas por su nombre es el primer paso para afrontar los problemas y los artificios lingüísticos, lo que buscan es todo lo contrario. A partir de la creación de esta estructura de lenguaje políticamente correcto, lo que ha venido después es la degeneración del concepto 'woke', o de la 'cultura woke', como se quiera llamar, que intenta imponer en nuestras sociedades democráticas un corsé de nueva moralidad, estricta y coercitiva, y un peligroso sistema de justicia callejera, de juicios sumarísimos en la plaza pública de las redes sociales. La 'cultura de la cancelación' es, sencillamente terrorífica, el borrado de una persona, la anulación, muerte civil. Regresión medieval en definitiva y, por esa razón, se decía antes que se trata de una degeneración del concepto woke, porque nada se le debe objetar al ideal que lo inspiró, como es el despertar de una conciencia social sobre colectivos marginados, oprimidos, olvidados, por cuestiones de raza o de sexo. De hecho, esa defensa es plenamente constitucional, artículo 14, pero no la degeneración que se ha impuesto.

La cuestión es que, constreñidos por esos dos parámetros, la corrección política y el 'wokismo', la política se ha ido despeñando por un abismo de discursos insufribles y tramposos. Se trata de una degeneración constante de la que solo se pueden esperar añadidos que la empeoren, como sucede con el pretendido lenguaje de género, ajeno y contrario a toda recomendación y a toda norma académica. Como estamos en el puente de la Constitución española, aprobada por una mayoría abrumadora de los españoles el 6 de diciembre de 1978, podemos elegir dos textos legales para demostrar la degeneración cursi de la que hablamos. Hace 46 años, cuando se redactó la ley más importante de nuestra democracia, los ponentes le encargaron el preámbulo a Enrique Tierno Galván, al que nadie discutía por su altura intelectual y humana. Todo el mundo le conocía, con el máximo respeto, como el 'viejo profesor'.

La 'cultura de la cancelación' es, sencillamente terrorífica, el borrado de una persona, la anulación, muerte civil

Tierno Galván aceptó el encargo, obviamente, y presentó un texto formidable de solo ocho frases. Frases cortas, que no necesitan respiración asistida cuando se leen en voz alta, la más larga de apenas treinta palabras. Con un solo tiempo verbal, un gerundio, expresado al principio, el preámbulo de la Constitución ya nos traslada a un tiempo, define el estado de ánimo de una sociedad y los objetivos de un pueblo. "La Nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran, en uso de su soberanía, proclama su voluntad de:" A los dos puntos le siguen las aspiraciones concretas, las otras siete frases, el estado derecho, la convivencia democrática, la protección de culturas y tradiciones…Y la palabra clave es "deseando". Era así, tras cuarenta años de dictadura, la sociedad española estaba deseando pasar la página negra de la dictadura, de los enfrentamientos, de la crueldad, de la represión, para inaugurar una etapa desconocida en nuestra historia, la estabilidad constitucional. Solo hacía falta un verbo para decirlo todo, y así lo plasmó Tierno Galván.

Ahora comparemos ese preámbulo con otros dos, aprobados en España en la primera década de este siglo XXI, para introducir los estatutos de autonomía de Cataluña y de Andalucía. Hay muchos más, y una infinidad de leyes que podrían utilizarse, pero esos dos ejemplos pueden servir igual y están emparentados en su naturaleza jurídica con la Constitución. De las ocho frases se pasa a una especie de 'mini pregones', con párrafos interminables, insensatos y petulantes. Fijémonos en este del Estatut catalán: "Cataluña, desde su tradición humanista, afirma su compromiso con todos los pueblos para construir un orden mundial pacífico y justo. La aportación de todos los ciudadanos y ciudadanas ha configurado una sociedad integradora, con el esfuerzo como valor y con capacidad innovadora y emprendedora, valores que siguen impulsando su progreso". Esa vanidad ridícula y pretenciosa es casi delirante. Pero peor aún es el preámbulo del Estatuto de Andalucía, con párrafos como este: “La interculturalidad de prácticas, hábitos y modos de vida se ha expresado a lo largo del tiempo sobre una unidad de fondo que acrisola una pluralidad histórica, y se manifiesta en un patrimonio cultural tangible e intangible, dinámico y cambiante, popular y culto, único entre las culturas del mundo”. Si lo intenta leer en voz alta, comprobará que es necesaria una botella de oxígeno al lado…

La corrección política y el 'wokismo', la política se ha despeñado por un abismo de discursos insufribles y tramposos

Se leen esos preámbulos y si uno se pregunta después qué quieren decir, le será sumamente difícil contestar a la pregunta. Porque son todo superchería, baratijas huecas, cursilería pomposa, que nada dicen. Y no dicen nada porque nada quieren decir para no comprometer nada. En el preámbulo de Tierno Galván no hay duda alguna, porque se expresan con sencillez y concisión, uno tras otro, los compromisos y las metas que se quieren lograr. El objetivo de lo políticamente correcto es todo lo contrario, se trata de ocultar la realidad en vez de expresarla, para que la ambigüedad melosa haga ininteligible cualquier obligación. Todo son formulaciones complejas para referirse a lo que antes se designaba con una sola palabra. Un pobre, un parado, un sintecho… Ahora se denominan personas en situación de pobreza, personas en situación de desempleo, personas en situación de sinhogarismo. El problema mayor, o la mayor desolación, es que este lenguaje se extiende por todo el mundo, sin posibilidad alguna de poder frenarlo. La cursilería política es una pandemia para la que no hay vacuna.

La cursilería es el aspecto más deplorable del lenguaje políticamente correcto. No solo por las construcciones dialécticas insufribles, de circunloquios pomposos y vanidades impúdicas, sino por lo que se oculta. La intención última, si lo pensamos, es la de hablar sin decir nada. O peor aún, hablar sin decir nada, para no tener que referirse a la realidad, para ocultar los problemas, para camuflarlos en un saco de palabras huecas. Hay algunos ejemplos muy evidentes, como veremos, de esa estrategia encubridora de la realidad como, por ejemplo, dejar de hablar de parados y comenzar a mencionarlos como "personas en situación de desempleo".

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