El sueño de Pablo Iglesias es regresar a hace una década, cuando su partido morado amenazó la hegemonía socialista al grito de "estamos de ladrones/ hasta los cojones"
El exvicepresidente y exsecretario general de Podemos Pablo Iglesias. (Europa Press/Gustavo Valiente)
Tic, tac, tic, tac… Si mañana Pablo Iglesias anuncia que vuelve, no a la taberna sino a la política activa, que a nadie le sorprenda porque en esas están. Piensan que la corrupción del PSOE les ofrece, por segunda vez en una década, la posibilidad de convertirse en fuerza hegemónica de la izquierda en España y, si se cumpliera esa expectativa, que nadie dude de que habrá otro collage morado de Pablo Iglesias con el anuncio de su regreso. "¡Vuelve!", como aquel cartel del "reencuentro con la gente" tras un permiso de paternidad. Tengamos en cuenta que el sentido del ridículo es inversamente proporcional al culto al líder en ese tipo de formaciones políticas. De modo que sí, volvería a suceder si no fuera porque las circunstancias han cambiado drásticamente en estos diez años y, en la actualidad, es imposible que Podemos pueda recuperar la movilización electoral que lo catapultó hace diez años, en plena degeneración del bipartidismo del PSOE y del Partido Popular.
Es verdad que, en este momento, nadie puede vaticinar qué ocurrirá tras la caída de Pedro Sánchez, y la descomposición del sanchismo; si no acabará arrastrando también al Partido Socialista, como ha ocurrido en varios países europeos. Pero ni siquiera en ese caso es posible pensar en un partido político que sustituya al Partido Socialista. En el caso de Podemos, es muy evidente que quiere hundir al PSOE por su corrupción, lo estamos viendo a diario, pero aunque lo consiguieran están muy lejos de poder reproducir el fenómeno transversal de sus orígenes porque en su interior lo único que se mantiene intacto desde entonces son los vicios cainitas, el terrible virus político de la división celular en la izquierda. Veamos.
Repasemos brevemente lo que ocurrió entonces porque han pasado sólo diez años y parece tan lejano que cuesta trabajo reconocerlo. En las elecciones europeas de 2014, Izquierda Unida se enfrentó al grupo emergente que lideraba Pablo Iglesias y, en vez de ceder todo el protagonismo en las listas electorales a esa nueva generación, hizo valer la fuerza del aparato comunista y presentó como candidato a Willy Meyer, que fracasó estrepitosamente y, además, tuvo que dimitir al poco como eurodiputado por un escándalo de fondos de pensiones. Por el contrario, en aquellas elecciones, las primeras a las que se presentaba, Podemos consiguió un millón y medio de votos y cinco eurodiputados. La principal virtud de Podemos fue que supo aprovechar la indignación y el hartazgo de la sociedad española.
Permítanme que recupere un artículo de agosto de 2014 que refleja bien el estado de ánimo del personal en ese momento. Se trata de un suceso absolutamente inesperado. Ocurrió en una de las funciones del teatro romano de Mérida, durante la representación de una obra de Aristófanes, ‘Pluto’, adaptada por Magüi Mira. En un momento de la representación, los actores comenzaron a corear "estamos de ladrones/ hasta los cojones", y todo el público se sumó a la fiesta, entusiasmado, agitado, vociferando el mismo lema, que se hizo ensordecedor. Y se decía en aquel artículo: "Es como si hubieran encontrado una válvula de escape de algo que les viene carcomiendo la paciencia desde hace demasiado tiempo ya. Aquello ya no era teatro, no; a poco que alguien se quedara mirando las caras de la gente, entendería que existe una corriente en España que está desbordando los ríos de lo conocido, de lo sobrentendido, de lo habitual". En efecto, a finales de ese año el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) confirmó que Podemos se había convertido en el primer partido político en intención directa de voto, con trasvases que iban desde la izquierda radical hasta el centro izquierda del PSOE y de UPyD.
En 2014, el Gobierno de España lo presidía Mariano Rajoy y en la oposición acababa de ganar las elecciones primarias un político desconocido, "un tal Pedro Sánchez", al que los barones territoriales de entonces utilizaron como ‘hombre de paja’ para impedir que Eduardo Madina pudiera acceder a la secretaría general del PSOE. Aquellas primarias, por cierto, son las que, de nuevo, han sido noticias por las instrucciones que Santos Cerdán le daba a Koldo García, "Cuando termine apuntas como que han votado esos dos que te faltan sin que te vea nadie y metes las dos papeletas". ¿Es posible pensar en una situación de hartazgo como aquella de 2014, otra ‘rebelión’ inesperada al grito de "estamos de ladrones/ hasta los cojones"?
Es posible, obviamente, sobre todo entre el electorado de izquierdas, pero en estos diez años lo que ha ocurrido es que el bipartidismo ha vuelto a fortalecerse al mismo tiempo que las alternativas que surgieron, los partidos de la ‘nueva política’, Ciudadanos y Podemos, se desinflaron, se desintegraron, por sus propios errores. Aun en el caso de que gran parte del electorado socialista decidiera abandonar al PSOE de Pedro Sánchez por la corrupción, es altamente improbable que el beneficiado sea Podemos porque ya no retiene ninguna de las virtudes políticas de sus primeros años. Sucede, además, -y este dato es muy relevante- que también el PSOE se ha radicalizado con Pedro Sánchez y ahora le disputa el electorado a la extrema izquierda, al mismo tiempo que ha abandonado el centro izquierda. En las encuestas, cuando se pregunta dónde se sitúa el PSOE en una escala de 0 a 10, siendo el 0 la extrema izquierda y el 10 la extrema derecha, los ciudadanos lo colocan en el 2. Pensemos que, tradicionalmente, el PSOE se situaba en el 4,5. (Estos datos los ha facilitado Alfonso Guerra en su última entrevista en ‘Espejo Público’, con Susanna Griso).
En esas circunstancias, por tanto, es difícil pensar que Podemos pueda hundir al PSOE, como pretende, y recuperar la potencia electoral de hace diez años. Repetirán, como vienen haciendo, que "este no es el caso Koldo, es el caso PSOE; dirán que "no es un problema de tres golfos y puteros, sino de un partido corrupto"; aumentarán cada día el tono de agresividad de sus discursos, pero ya nada volverá a ser igual que hace diez años. Como dijo un escritor francés, "el tictac de los relojes parece un ratón que roe el tiempo". Pues eso.
Tic, tac, tic, tac… Si mañana Pablo Iglesias anuncia que vuelve, no a la taberna sino a la política activa, que a nadie le sorprenda porque en esas están. Piensan que la corrupción del PSOE les ofrece, por segunda vez en una década, la posibilidad de convertirse en fuerza hegemónica de la izquierda en España y, si se cumpliera esa expectativa, que nadie dude de que habrá otro collage morado de Pablo Iglesias con el anuncio de su regreso. "¡Vuelve!", como aquel cartel del "reencuentro con la gente" tras un permiso de paternidad. Tengamos en cuenta que el sentido del ridículo es inversamente proporcional al culto al líder en ese tipo de formaciones políticas. De modo que sí, volvería a suceder si no fuera porque las circunstancias han cambiado drásticamente en estos diez años y, en la actualidad, es imposible que Podemos pueda recuperar la movilización electoral que lo catapultó hace diez años, en plena degeneración del bipartidismo del PSOE y del Partido Popular.