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Javier Caraballo

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La corrupción del PSOE ya es la corrupción de España

En la huida de sus responsabilidades por los escándalos, el presidente Pedro Sánchez ha dado un salto cualitativo más: ahora traslada la responsabilidad a toda la sociedad

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante el pleno extraordinario en el Congreso de los Diputados. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante el pleno extraordinario en el Congreso de los Diputados. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
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La última conclusión de Pedro Sánchez sobre la corrupción nos incluye a todos. El líder del PSOE ha caído en la cuenta de que si hay casos de corrupción en su Gobierno es por culpa de la sociedad española, que es de la que emana esa desvergüenza. Este es el salto cualitativo que el presidente Sánchez ha expuesto en la comparecencia que él mismo solicitó para explicar los escándalos de corrupción de su partido y su Gobierno. En la huida de sus propias responsabilidades por estos escándalos, el presidente Sánchez nos ha trasladado la culpa de todo como si fuésemos el caldo de cultivo de la podredumbre de los suyos, los hongos y bacterias que han contaminado a sus "dos manzanas podridas", como tantas veces repite.

Lo dijo así en su discurso, cuando comenzó a enumerar las decepciones y las traiciones de aquellos que, en su versión escapista, han estado a su lado tanto tiempo y se han corrompido. En ese contexto, fue cuando citó, a continuación, el enraizamiento de la corrupción en España. Si lo unimos a que una de las quince medidas propuestas para luchar contra estas organizaciones criminales es la difusión de "campañas de concienciación ciudadana y refuerzo de la formación de los empleados públicos en integridad y prevención"; si le añadimos eso, comprobaremos que, en efecto, el salto cualitativo del que hablamos convierte la corrupción del PSOE en la corrupción de España. Con un par. La sombra de sospecha la extiende sobre todos nosotros y, en especial, sobre los empleados públicos a los que, sutilmente, les endosa una carencia de integridad, de ética y prevención de la corrupción.

Quienes conocen a Pedro Sánchez personalmente siempre han destacado de él su capacidad de aislamiento, incluso emocional, del entorno en el que se encuentra para actuar de acuerdo con sus intereses, sin que nada pueda afectarle ni alterarlo. Así es como confía en poder superar la crisis más grave desde que es presidente del Gobierno, hace siete años. La distancia fría y el hieratismo gestual cuando retuerce la realidad; ese perfil es el que ha exhibido en sus últimas comparecencias y el que llevó ayer hasta la tribuna de los diputados. Si dijo que "la crisis -esta crisis de corrupción- es una oportunidad", es porque Pedro Sánchez está convencido de que, una vez apaciguados los socios del Frankenstein, puede obrar el milagro de que se le acabe viendo como una víctima, un damnificado de una corrupción ambiental. El auténtico poder consiste en la capacidad de imponer una versión sesgada, manipulada, o directamente inventada, de la realidad con la certeza de que una buena parte de la población acabará creyéndolo.

El éxito de ese plan radica, precisamente, en eso, en conseguir trasladar unos hechos objetivos al fango de la confrontación, de la polarización, porque de esa forma se logra amarrar a los votantes propios. Lo curioso o, mejor, lo más revelador, es que esa estrategia del presidente Sánchez sea exactamente la misma que la que hubiera practicado su ‘ogro’ particular, Donald Trump. Como se dice en la película biográfica que se presentó a los Oscar, ‘The Apprentice (La historia de Trump)’, el presidente de los Estados Unidos consiguió triunfar en los negocios y en la política porque siempre impuso esa desfachatez para mentir, para negar la realidad, aunque todos a su alrededor la estuvieran presenciando. Lo decía el abogado codicioso del que Trump lo aprendió casi todo, Roy Cohn. "Donald tiene sólo tres reglas. La primera es que, si alguien te persigue con un cuchillo, debes dispararle con un bazooka. La segunda, que la verdad en la vida es negarlo todo, no admitir nada; la verdad es lo que yo diga. Y la tercera, que jamás hay que admitir una derrota, siempre hay que cantar victoria".

Foto: pedro-sanchez-corrupcion-parlamento-1hms Opinión
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En cuanto a la sociedad española, sólo nos faltaba que, encima de todo, la desfachatez presidencial quiera sacudirse en la gente su participación, por acción o por omisión, en esa organización criminal que describen los informes policiales. Así, plas, plas, como quien se quita la caspa de las hombreras. España, bien es cierto, es un país peculiar en el que el engaño y la picaresca gozan de una inexplicable consideración social. Aquí es frecuente oír que se llame ‘listo’ al fullero, al tramposo, y que el aprovechado, y hasta el ladrón, pasen por ‘astutos pícaros’. Es como ese pasaje memorable de ‘ Rinconete y Cortadillo’ en el que Cervantes pone en sus bocas un diálogo esclarecedor: "Dígame, señor mío, ¿es usted por ventura ladrón?", a lo que responde el mozo interpelado: "Sí señor, ladrón para servir a Dios y a usted, aunque no de los muy cursados porque todavía estoy en el año del noviciado".

El prestigio social de la picaresca en nuestra cultura es innegable pero se queda ahí. Fuera de ese contexto histórico y literario, nada tiene que ver con la honradez de los españoles. La pretensión de diluir la corrupción por elevación se convierte en una grave ofensa a toda la sociedad, a los millones de hombres y mujeres que se desloman a diario para poder llegar, con dificultad, a fin de mes. Es un insulto para los jóvenes que buscan un trabajo, por debajo del umbral de un mileurista, y ha conocido que en este Gobierno se regalaban plazas a las amantes y que el presidente ya tiene a su alrededor a 1.747 asesores. Y es, finalmente, una afrenta para los empleados públicos que defienden con dignidad la función pública, el servicio público, en todos los rincones de España, y son los primeros que padecen a la legión de enchufados que entran en las administraciones y los chanchullos que se perpetran.

[Otrosí digo que el presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, realizó su mejor discurso en los debates frente a Pedro Sánchez. Contundente y sereno, implacable y eficaz. Brillante. La pregunta "¿De qué prostíbulos ha vivido usted?" que le hizo a Pedro Sánchez marca un antes y un después en las relaciones de ambos -si es que existían- y de sus respectivos partidos. Con esa pregunta, Núñez Feijóo parece indicar que comienza otra etapa, más incisiva, en la oposición que ejerce el Partido Popular. Si es así, lo veremos pronto, porque querrá decir que Feijóo ha lanzado esa pregunta porque, previamente, ha tenido conocimiento de alguna información reservada sobre el particular. En caso contrario, si la pregunta no se sustenta en nada, si se queda en insulto, Feijóo se habrá excedido y equivocado gravemente.]

La última conclusión de Pedro Sánchez sobre la corrupción nos incluye a todos. El líder del PSOE ha caído en la cuenta de que si hay casos de corrupción en su Gobierno es por culpa de la sociedad española, que es de la que emana esa desvergüenza. Este es el salto cualitativo que el presidente Sánchez ha expuesto en la comparecencia que él mismo solicitó para explicar los escándalos de corrupción de su partido y su Gobierno. En la huida de sus propias responsabilidades por estos escándalos, el presidente Sánchez nos ha trasladado la culpa de todo como si fuésemos el caldo de cultivo de la podredumbre de los suyos, los hongos y bacterias que han contaminado a sus "dos manzanas podridas", como tantas veces repite.

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