Mientras maltrataba y despreciaba a los contribuyentes, como si los ciudadanos fueran los enemigos del Estado, atendía con exquisita amabilidad a los lobistas que heredaron su empresa
Cristobal Montoro, exministro de Hacienda. (EFE/Fernando Villar)
"¡Yo no estoy aquí para dar cariño!", contestó una vez, malhumorado, Cristóbal Montoro cuando le pregunté en una entrevista por aquello que le reclamaban en su propio partido, sensibilidad, piel, empatía... En realidad, al preguntarle por lo que decían de él en el propio Partido Popular estaba incurriendo en un absurdo ejercicio de autocensura. Lo del ‘dar cariño’ era una expresión eufemística, edulcorada, de lo que otras muchas veces había escrito, la insoportable agresividad de un tipo como él que, al llegar al Gobierno, después de haber prometido una bajada de impuestos generalizada, los subió todos y comenzó a tratar a los contribuyentes como carne de cañón, ganado sacrificable, y a sus votantes como sus enemigos directos. Inexplicable pero cierto. Fue a partir de entonces cuando algunos viñetistas comenzaron a dibujarlo como un vampiro, aprovechando las propias características físicas de su ser.
Un tipo bajito, silencioso y antipático, encorvado, con las orejillas puntiagudas y un mentón apropiado para que puedan sobresalir dos incisivos de la dentadura. Puebla, José Manuel Puebla, de ABC, es mi preferido de todos las caricaturistas. Aparece Cristóbal Montoro en una viñeta con un cartel en la mano y le dice a otro tipo, que bien podría ser un asesor de su Ministerio: "Que buen eslogan. ¿Cómo no se nos ha ocurrido antes?". El lema del cartel era de una campaña de hemodonación. "Tu sangre nos hace falta", decía el eslogan que entusiasmó a Montoro en la viñeta de Puebla de abril de 2016.
En esa época en la que bromeábamos con Montoro como un ‘chupasangre’ lo único que no conocíamos en realidad es que el tipo era más, mucho más, que un vampiro antipático. Vamos a referirnos sólo de pasada a las acusaciones de corrupción, por las dudas jurídicas que existen sobre la solidez de la acusación ante la carencia probatoria. No sería el primer caso judicial que acabara en absoluciones por ese motivo, a pesar de la instrucción de siete años. Por todo ello, la presunción de inocencia debe imponerse con el respeto a la honorabilidad que defiende el exministro de Hacienda y por la credibilidad que merecen los pocos que lo defienden en el Partido Popular con una frase ambigua: "Montoro puede ser muchas cosas, pero no un corrupto". Existe, además, otro precedente judicial de una investigación iniciada por la misma fiscal de este caso que ya fue archivado.
De modo que sí, de acuerdo, esperemos al fallo judicial. Por el momento, lo único que conocemos es el auto en el que Montoro ha sido imputado por un magistrado de Tarragona por los presuntos delitos de cohecho, fraude contra la Administración Pública, prevaricación, tráfico de influencias, negociaciones prohibidas, corrupción en los negocios y falsedad documental. Lo que sospecha el juez, y los investigadores policiales que han llevado el caso, es que el exministro de Hacienda favorecía a una empresa de consultoría, un lobby, que él mismo había creado unos años antes. Fue ministro con José María Aznar, al dejar el cargo se embarcó en esa empresa y cuando regresó, con Mariano Rajoy, al Consejo de Ministros, la empresa la mantuvo su hermano. La presunta trama consistía en ofrecer, a cambio de comisiones, una serie de modificaciones legislativas. Pero lo dicho, veremos.
Después de prometer una bajada de impuestos generalizada, los subió todos y comenzó a tratar a los contribuyentes como carne de cañón
Para lo que no hay que esperar nada es para constatar cuál fue el comportamiento de Cristóbal Montoro cuando comenzaron las denuncias contra él y aparecieron en los medios de comunicación. Y más allá, cuál era su comportamiento con la sociedad, porque mientras maltrataba y despreciaba a los contribuyentes, como si los ciudadanos fueran los enemigos del Estado, atendía con exquisita amabilidad a los lobistas que heredaron su empresa. La deferencia, la comprensión, sólo estaba reservada para unos pocos. Y eso no es delito, en sí mismo, pero redunda en el menosprecio incomprensible del que hablábamos antes. Peor, muchísimo peor, es lo que le ocurrió a los periodistas que se hicieron eco en sus medios de las denuncias contra el exministro. Hay dos periodistas que, abiertamente, han denunciado estos días las amenazas que padecieron.
El caso más leve es el de Carlos Alsina, que ha contado en Onda Cero cómo el exministro le amenazó con subir el IVA de los libros para que la empresa Planeta, propietaria mayoritaria de Atresmedia, le impusiera el silencio. O que lo echaran, directamente. Más grave es la denuncia de Javier Chicote, que fue el periodista de ABC que dio las exclusivas de las denuncias por corrupción contra Cristóbal Montoro. Tan sólo un par de meses después de publicarlas, la cúpula de la Agencia Tributaria recibió la orden de abrir una investigación general, prospectiva, sobre el periodista y toda su familia. "Cuando vi que en el informe de la Agencia Tributaria aparecía hasta mi hija, que entonces tenía cuatro años, comprendí la calaña de esta gente. Hacienda me investigó a mí y a toda mi familia, desde la herencia que recibí tras la muerte de mi padre en 1999", dieciocho años antes de las denuncias y de la investigación de la Agencia Tributaria.
"Cuando vi que en el informe aparecía hasta mi hija, que entonces tenía cuatro años, comprendí la calaña de esta gente"
Lo de este periodista se conoce porque, entre la documentación que se encontró en uno de los registros policiales en el lobby acusado, se encontraron una serie de informes sobre periodistas, políticos del PP y del PSOE, y medios de comunicación. Ahí estaba también el ‘informe Chicote’. Con lo cual, para explicarnos el porqué de este comportamiento, no hace falta sentencia alguna. Estamos ante un ministro que abusó del poder para acallar o acabar con quien consideraba adversarios o enemigos. Ese ministro se llama Cristóbal Montoro y los viñetistas lo pintan con un vampiro.
"¡Yo no estoy aquí para dar cariño!", contestó una vez, malhumorado, Cristóbal Montoro cuando le pregunté en una entrevista por aquello que le reclamaban en su propio partido, sensibilidad, piel, empatía... En realidad, al preguntarle por lo que decían de él en el propio Partido Popular estaba incurriendo en un absurdo ejercicio de autocensura. Lo del ‘dar cariño’ era una expresión eufemística, edulcorada, de lo que otras muchas veces había escrito, la insoportable agresividad de un tipo como él que, al llegar al Gobierno, después de haber prometido una bajada de impuestos generalizada, los subió todos y comenzó a tratar a los contribuyentes como carne de cañón, ganado sacrificable, y a sus votantes como sus enemigos directos. Inexplicable pero cierto. Fue a partir de entonces cuando algunos viñetistas comenzaron a dibujarlo como un vampiro, aprovechando las propias características físicas de su ser.