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Javier Caraballo

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El odio ultra va ganando y debemos saberlo

Es como la ceguera blanca de Saramago; de pronto, en una reunión cualquiera, observas cómo ese discurso disparatado contra los inmigrantes y contra la prensa se extiende en la sociedad

Foto: Dos veinos en las calles de Jumilla. (EFE/Marcial Guillén)
Dos veinos en las calles de Jumilla. (EFE/Marcial Guillén)
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En la sobremesa de una comida veraniega, una abogada de pleitos cotidianos, el director financiero de una compañía nacional, la secretaria de una productora de televisión y un empresario de facturación millonaria le daban vueltas a las dos certezas fundamentales que todos compartían sobre los problemas de España: el abuso de los inmigrantes y la mentira de la prensa. La conversación es tan obtusa y cerrada que nada que se pueda mostrar en contra merece la más mínima consideración. No hay hueco ni para los matices; los desmentidos estadísticos son siempre elementos de una conspiración. La ‘gran mentira’ o la ‘gran ocultación’ porque, como queda dicho, todos ellos consideran irrebatibles las dos causas fundamentales del mal nacional.

La única credibilidad posible, como un dogma de verdad absoluta, se las otorgan a las noticias que les han llegado por las redes sociales o los grupos de WhatsApp que todos ellos comparten para retroalimentarse a diario en sus convicciones. Así, por ejemplo, uno de ellos afirma, elevando el tono de irritación, que "todos los inmigrantes que llegan a España reciben un móvil y una paga de 700 euros al mes". El bulo es similar y simétrico a otros muchos anteriores, muchas veces acompañados por vídeos de un supuesto inmigrante, preferentemente musulmán, que lo atestigua. Hace unos años ya comentamos aquí aquello otro que se propagó, incluso con tintes de tragicomedia: "A todos los inmigrantes que llegan, el Gobierno le regala un móvil y un jamón".

La desolación mayor se produce cuando, al mirar atrás, nos damos cuenta del inmenso error que cometimos, y que acaso seguimos cometiendo, al pensar hace unos años que todo aquello formaba parte de unas minorías radicalizadas o de capas de población desinformadas, ajenas a la actualidad. Ahora, como en esa sobremesa de antes, lo que comprobamos es que esa bazofia la comparten y la esparcen profesionales de alto nivel, formados y cultos, que han decidido descartar los medios de comunicación como canales propios de información. Ningún periodista es fiable, dicen, porque todos los medios obedecen a otros intereses y ocultan la verdadera realidad. Quizá a usted también le ha ocurrido, en alguno de los chats de amigos o de familia, en los que, de pronto, empiezas a contemplar como extraños a quien hasta ayer mismo creías conocer.

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De alguna forma, Saramago ya anticipó una sociedad así en su ‘Ensayo sobre la ceguera’, aquella epidemia de ceguera blanca que servía de metáfora de un mundo cada vez más alejado de valores morales e intelectuales, sumido en un caos de inhumanidad. En España, de hecho, ya estamos viviendo esa epidemia, al igual que en otras democracias de nuestro alrededor, varias de ellas mucho más avanzadas en esa degeneración.

Las dos certezas que todos compartían sobre los problemas de España: el abuso de los inmigrantes y la mentira de la prensa

Hace unas semanas, en julio pasado, la empresa Ipsos hizo público un estudio devastador sobre el populismo en España. La sensación de que vivimos en una sociedad "rota" y en "decadencia" ya es un sentimiento mayoritario en España. Hasta el 55 por ciento de los españoles está convencido de lo primero y todavía un porcentaje mayor, el 57 por ciento, piensa lo segundo. Y no, no es sólo la derecha y la extrema derecha, donde las cifras se disparan hasta el 84 por 100, en el caso de VOX, y el 80 por ciento, en el Partido Popular. También en la izquierda lo piensa igual casi un 40 por ciento de los votantes o los simpatizantes de Sumar y del PSOE.

La misma encuesta de Ipsos nos muestra, a continuación, la imposibilidad de poder revertir esa tendencia, por la sencilla razón de que no existe nada ni nadie, ninguna autoridad, ninguna institución, ninguna auctoritas, que sea reconocida y aceptada como tal. Más del 60 por ciento de los votantes del PSOE y del PP piensa que "los principales medios de comunicación están más interesados en ganar dinero que en decir la verdad". En los extremos ideológicos el porcentaje es mucho mayor: lo piensan siete de cada diez votantes de Sumar y ocho de cada diez partidarios de VOX. Sólo la desconfianza en la política es mayor y, por esa razón, los españoles la colocan, el 41 por ciento, como "el principal problema de España en este momento" y, abrumadoramente, la mayoría afirma que los políticos no se preocupan de los problemas de gente como ellos.

Más del 60% de los votantes del PSOE y del PP piensa que "los principales medios prefieren ganar dinero que decir la verdad"

Nadie podrá sorprenderse, a partir de esa realidad patente, que las dos grandes polémicas políticas de este verano hayan estado relacionadas con la inmigración, que es el fantasma más efectivo del populismo ultra de extrema derecha para ahondar más la grieta de desconfianza de los ciudadanos y el temor por una España "rota y en decadencia". El origen del conflicto de Torre Pacheco fue una brutal paliza a un hombre de 68 años por parte de unos delincuentes marroquíes, pero en el caso de lo ocurrido en Jumilla ni siquiera ha sido necesario un conflicto de orden público para aventar una polémica racista. El uso del polideportivo para la celebración de algunos actos del Ramadán no ha provocado ningún altercado en Jumilla, ningún conflicto ciudadano, que es la única limitación que está prevista en el artículo 16 de la Constitución: "se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, que la necesaria para el mantenimiento del orden público".

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Lo inconstitucional radica, precisamente, en la prohibición de unos actos religiosos con la excusa incendiaria de "reivindicar el respeto y la protección de las tradiciones propias del pueblo español", que es lo que pretendía VOX y ha conseguido. Polémicas racistas por el mero desprecio al inmigrante, sobre todo de rasgos magrebíes y subsaharianos. Ese es el ‘salto cualitativo’ que ha dado VOX en Jumilla y al que se ha sumado el Partido Popular de Alberto Núñez Feijóo, incapaz de imponer entre los suyos la mínima coherencia. Este PP cambia presupuestos por principios en cuanto se le presenta la ocasión y, de esta forma, acaba ofreciendo la peor impresión de todas las que puede transmitir un partido político. En todo caso, los dirigentes del Partido Popular no son, evidentemente los únicos aludidos por estas polémicas. Esos brotes, esa ceguera, nos interpela a todos. El odio ultra va ganando y debemos saberlo.

En la sobremesa de una comida veraniega, una abogada de pleitos cotidianos, el director financiero de una compañía nacional, la secretaria de una productora de televisión y un empresario de facturación millonaria le daban vueltas a las dos certezas fundamentales que todos compartían sobre los problemas de España: el abuso de los inmigrantes y la mentira de la prensa. La conversación es tan obtusa y cerrada que nada que se pueda mostrar en contra merece la más mínima consideración. No hay hueco ni para los matices; los desmentidos estadísticos son siempre elementos de una conspiración. La ‘gran mentira’ o la ‘gran ocultación’ porque, como queda dicho, todos ellos consideran irrebatibles las dos causas fundamentales del mal nacional.

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