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La barbarie del rey Bibi y los terroristas de Hamás
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Javier Caraballo

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La barbarie del rey Bibi y los terroristas de Hamás

Netanyahu pasará a la historia como un criminal de guerra, pero ni siquiera eso nos puede hacer perder de vista que el mayor enemigo del mundo occidental sigue siendo el terrorismo islámico

Foto: El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. (EFE/Pool/Ohad Zwigenberg)
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. (EFE/Pool/Ohad Zwigenberg)
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¿Israel o Palestina? Esa es la primera trampa dialéctica, la que nos empuja a elegir entre uno u otro siguiendo la dinámica de polarización que nos invade. Blanco o negro, no valen los matices porque en este mundo de muros altos y divisiones severas cualquier consideración que se aleje de lo apocalíptico se interpreta como una señal evidente de equidistancia o de cobardía. En uno de los conflictos más antiguos que conocemos, y quizá por esa misma razón también irresoluble, sólo quienes persiguen otros objetivos pueden pretender la simplificación maniquea del conmigo o contra mí, culpables o inocentes.

La brutalidad que estamos contemplando en la Franja de Gaza es tan descomunal que las neuronas del cerebro comienzan a cortocircuitarse cuando se busca una verdad y una esperanza. Sólo si vamos desbrozando ese infierno de muerte y de inhumanidad, respondiendo pregunta a pregunta, podemos acercarnos a una posición que nos lleve de los brazos ensangrentados de uno a los brazos ensangrentados de otros. Pregunta a pregunta. ¿Tiene alguna posible justificación la actuación militar de Benjamín Netanyahu? Jamás, ni una sola disculpa. Pasará a la historia como un criminal de guerra, desquiciado y frío, con decenas de miles de muertos a sus espaldas.

Nació en Tel Aviv en 1949, un año después de que se fundara el Estado de Israel, y se ha convertido en el mandatario más longevo. La hosquedad que refleja su rostro, impasible ante la muerte de inocentes, se petrifica cuando se refiere a la matanza de palestinos con una frialdad que hiela la sangre: "Si quisiéramos un genocidio, nos habría bastado una tarde". Desde la II Guerra Mundial las imágenes que más se parecen al horror de los campos de concentración durante el genocidio nazi son estas que nos llegan de Gaza, de niños esqueléticos, con los brazos caídos, los ojos hundidos, en brazos de sus madres. Ningún ser humano puede asistir impasible a ese horror, pero mucho menos podía esperarse de un pueblo, como el judío, que siempre tendrá grabada en su memoria el Holocausto, concebido como una industria nacional de humillación, de vejaciones y de muerte.

Si todavía hay generaciones de alemanes a los que les cuesta trabajo mirar atrás, que hurgan con un dolor incontenible en su pasado como sociedad, ese mismo pus social seguirá por mucho tiempo infectando las heridas de los israelíes y de quienes han consentido, o justificado, o ignorado, la atrocidad. A Netanyahu lo conocen desde que se inició en política por un apodo infantil, Bibi; en las manifestaciones de quienes protestan contra él aparece sentado en un trono, con un cetro que podría ser de hueso, el ‘rey Bibi’. La barbarie del rey Bibi.

Foto: israel-gaza-netanyahu-hamas-rehenes-1hms

Cuando, en octubre de 2023, se produjo el brutal atentado de Hamás contra Israel, supimos desde las primeras noticias que lo ocurrido suponía, en la misma proporción, una afrenta y una provocación para las autoridades israelíes. Se trataba de la mayor matanza de judíos desde el Holocausto y el ataque más sangriento contra civiles que había sufrido Israel desde la primera guerra árabe-israelí, iniciada después de su fundación. Más de 1.400 muertos y 240 personas secuestradas. Ese atentado de los terroristas de Hamás estaba diseñado, no sólo para asesinar al mayor número de personas, sino para que su muerte sirviera de humillación, de escarnio, de horror multiplicado. La vejación y el desprecio de todo un pueblo, el pueblo judío. Por eso, los terroristas, esas alimañas, asaltaban casas, mataban a niños, deshonraban a sus abuelas, acribillaban a sus padres, violaban a las mujeres y todo eso lo grababan y lo difundían. Para que el horror, la rabia y la desesperación fueran los que dictaran la respuesta contra los palestinos. Ese era el único objetivo: provocar una respuesta tal en Israel que todos los países árabes que habían comenzado a firmar los acuerdos de Abraham, para el inicio de relaciones entre sus estados, desistieran de cualquier entendimiento con el pueblo judío.

Ya se sabía, desde el primer día de la invasión de la franja de Gaza, que las escenas de horror que comenzarían a llegar de palestinos muertos, asesinados, iban a borrar muy pronto las del atentado de Hamás. No se han cumplido tres años y hasta el número de muertos en ese genocidio es una cifra que desborda cualquier mente. Cien mil, doscientos mil… Israel tenía todo el derecho a responder, con la mayor dureza, con la mayor contundencia, contra quienes planificaron, financiaron y ejecutaron el atentado de octubre. Pero este genocidio hace mucho tiempo que ha desbordado todo derecho legítimo de defensa. Y, además, no sólo no ha acabado con los terroristas de Hamás y sus patrocinadores, sino que habrá multiplicado exponencialmente a quienes quieran integrarse en esa organización, para vengar la muerte de los suyos.

Foto: netanyahu-gaza-trump-plan-eeuu

La comunidad internacional, esa entelequia falsaria que ni es comunidad ni es internacional, no ha sido capaz, siquiera, de mostrar públicamente su rechazo efectivo a la matanza de palestinos, con la ruptura de relaciones o el comercio de armas, y ya solo cabe esperar, como desde el origen, que sean los propios israelíes quienes detengan con sus protestas al mayor responsable de esta atrocidad. Pero la repulsa nítida a la invasión de Gaza y a la crueldad inhumana de Netanyahu no debe hacernos olvidar que, más allá, no se puede pedir que se reconozca al Estado de Palestina sin que, de forma paralela, se exija a los países árabes que hagan lo propio con Israel. El fin de este conflicto, si es que algún día llega, tiene que realizarse a partir de reconocimiento mutuo, el derecho de Israel a existir como Estado y el derecho de Palestina a existir como Estado.

Estar con Palestina no supone olvidar a Israel, ni darle la espalda a ese pueblo. Ni siquiera la barbarie de la franja de Gaza, por la que sus autores deben responder en su día ante la Corte Penal Internacional; ni siquiera esta inmensa tragedia humana, nos puede hacer perder de vista cuáles son nuestros semejantes, en cultura, en derechos y en libertades, y que el mayor enemigo de esos valores occidentales que compartimos sigue siendo el terrorismo y el fundamentalismo islámico.

¿Israel o Palestina? Esa es la primera trampa dialéctica, la que nos empuja a elegir entre uno u otro siguiendo la dinámica de polarización que nos invade. Blanco o negro, no valen los matices porque en este mundo de muros altos y divisiones severas cualquier consideración que se aleje de lo apocalíptico se interpreta como una señal evidente de equidistancia o de cobardía. En uno de los conflictos más antiguos que conocemos, y quizá por esa misma razón también irresoluble, sólo quienes persiguen otros objetivos pueden pretender la simplificación maniquea del conmigo o contra mí, culpables o inocentes.

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