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España, el país que sobrevive a sí mismo
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Javier Caraballo

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España, el país que sobrevive a sí mismo

Lo que hoy se celebra es la liberación de América, antes que una conquista, pero aquí ni se dice ni se valora por la histórica falta de aprecio y la ignorancia de buena parte de la izquierda de hoy

Foto: Desfile del 12 de octubre por el Día de la Hispanidad. (Europa Press/A.M.V.)
Desfile del 12 de octubre por el Día de la Hispanidad. (Europa Press/A.M.V.)
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"Si los españoles habláramos solo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar". Quizá sean esos motivos, el ruido constante y la bronca, los que explican la mayor de nuestras peculiaridades como españoles, el desprecio permanente de lo que somos y de lo que hemos sido, el desprecio de España. Desprecio en su primera acepción académica de falta de estima, falta de aprecio. La frase de antes pertenece a Manuel Azaña al que, con independencia de lo que cada cual piense de su figura histórica, lo único que no se le podrá negar es su amor a España. Incluso por encima de sus propias ideas, que es una práctica inexistente en la política actual.

Lo hemos visto, por ejemplo, hace unos días cuando el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se dirigió nuevamente de forma despectiva a España y hasta pidió que nos expulsen de la OTAN, Trump, como todos sus cachorros, ataca a España porque odia a Europa, nos ha convertido en un enemigo exterior. Cada vez que tiene oportunidad, menosprecia a los europeos, los denigra, como si en vez de aliados fuésemos sanguijuelas adheridas a la riqueza de Estados Unidos. "Vas todos directos al infierno", dijo en una de sus últimas invectivas contra Europa. Lo normal, por tanto, cuando un tipo así nos ataca y nos amenaza, es que por encima de las disputas locales se ponga la defensa de nuestro país. Y no sucede, como se puede apreciar, por ejemplo, en la reacción del líder del primer partido de España, Alberto Núñez Feijóo, que aprovecha las amenazas para atacar de nuevo a Pedro Sánchez. Que sí, que es verdad que Sánchez es el primero que fomenta su enfrentamiento con Donald Trump para alimentar su imagen quijotesca de que es el abanderado de la lucha mundial contra las fuerzas del mal, pero lo inteligente en esos casos es poner por delante el interés de España y, en ningún caso, justificar los desvaríos de Donald Trump.

Esa era la idea de España y de la política que tenía Azaña, como se decía antes. "Os permito, tolero y admito que no os importe la República, pero no que no os importe España. El sentido de la Patria no es un mito", decía Azaña. En la España de hoy, ni uno solo de los republicanos suscribiría esa frase porque ni uno solo de ellos tiene la misma idea de España que los republicanos de antes de la Guerra Civil.

Tenemos el ejemplo de una de las hijas del exilio, una socialista asturiana, Ludivina García Arias, que contó aquí, en El Confidencial, una de las anécdotas más tiernas y desgarradoras de aquellos años brutales. Estaban exiliados en México, como tantos miles de españoles, y su padre "cada tarde, cuando regresaba de trabajar, nos sentaba en el salón, debajo de un cuadro con un paisaje de Asturias, ponía música de Albéniz, y empezaba a contarnos cosas de la historia de España o nos recitaba poemas de Lorca, de Machado..." Las cuatro décadas de dictadura no sólo borró ese amor a España, sino que ha deformado en los propios republicamos el mismo concepto de República.

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Por pura ignorancia, la República se asocia hoy a un movimiento de izquierdas, como si en vez de un modelo de Estado fuera una ideología. Las consecuencias de esa perversión política es la que nos conduce al rechazo, por ejemplo, de la bandera de España, que jamás podremos verla en la escenografía de un partido político de izquierdas. Habrá banderas moradas, palestinas, rojas y autonómicas, pero si alguien se va con una bandera de España a una manifestación convocada por fuerzas políticas o sindicales de izquierda lo mirarán con extrañeza, o con rechazo, como si fuera un insolente provocador. Coincidiremos en que ni siquiera hace falta hacer la prueba.

Uno de los socialistas más destacados de la II República, Indalecio Prieto, es el que decía, probablemente en unas fechas cercanas a este doce de octubre, en el que celebramos el Descubrimiento de América, que la conquista que tenían pendiente los españoles era la de la propia España. También Indalecio Prieto, por cierto, hablaba de España como no lo haría hoy ningún dirigente del PSOE de Sánchez, y decía cosas como que "a medida que la vida pasa por mí, yo, aunque internacionalista, me siento cada vez más español, siento a España dentro de mi corazón y la llevo hasta el tuétano de mis huesos".

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Hace un año, justo por esta fecha, Sigma 2 hizo una encuesta para el periódico El Mundo sobre el sentimiento de España en la que se ratificaba, con absoluta claridad, esta idea descendente del sentimiento español a medida que se pasa de la derecha a la izquierda. Si para el 94 por ciento de los votantes y simpatizantes del Partido Popular ser españoles es un orgullo, para quienes se identifican con Sumar sólo significa un 57 por ciento. En medio de esos dos extremos en cuanto al amor a España están los partidarios del PSOE (un 77 por ciento) y, extrañamente, los de VOX, con un porcentaje de admiración por su país (82%) inferior al de los votantes populares. Y se dice extrañamente porque, como es sabido, VOX es un partido centralista, contrario a las autonomías, y en permanente reivindicación de una idea de España imperial, completamente desfasada.

Lo normal en la España de hoy es que los ciudadanos se sientan tan orgullosos de su comunidad autónoma como de ser españoles. Hasta en Cataluña, que se ha visto durante tantos años sometida a un proceso de odio a España, los ciudadanos que dicen sentirse "orgullosos o muy orgullosos" de ser españoles supera el 51 por ciento, según esa encuesta. Al final, sumándolo todo, tres de cada cuatro españoles son los que dicen, cuando se les pregunta, que se sienten orgullosos de ser españoles.

Hace unos días, mientras paseaba por Sevilla, reparé en las estatuas de libertadores de América que hay en la ciudad, como Simón Bolívar o San Martín, en contraste con esa tendencia internacional, especialmente dolorosa en Sudamérica, de retirar las estatuas de Colón o de los conquistadores como Hernán Cortés o Pizarro. De forma periódica, cada dos o tres meses, un presidente de gobierno sudamericano se ve en la necesidad de insultar a España y, cuando llegan aquí sus bravuconadas analfabetas, siempre hay quien las aplaude.

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Uno de los desvaríos más delirantes lo protagonizó hace poco el presidente de Colombia, Gustavo Petro, al que le ha dado ahora por ‘reivindicar’ las raíces árabes de los países sudamericanos. Al mismo tiempo que llama a los españoles genocidas y explotadores, se muestra encantado de tender "un puente de comunicación entre América del Sur y el mundo árabe". En fin, qué le vamos a hacer… Parece que ese es nuestro sino, nuestra fatalidad, y sólo la constatación de que esta realidad está enraizada en nuestra historia, nos lleva a pensar, como decimos tantas veces, que España es un país que sobrevive a sí mismo, por eso es indestructible.

En cuanto al 12 de octubre, a lo que celebramos este día de fiesta nacional, solo nos remitiremos a lo dicho, y documentado, en sus libros por un historiador argentino, Marcelo Gullo: "España no conquistó América; España liberó América". Pues eso. Digámoslo con orgullo y sin complejos.

"Si los españoles habláramos solo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar". Quizá sean esos motivos, el ruido constante y la bronca, los que explican la mayor de nuestras peculiaridades como españoles, el desprecio permanente de lo que somos y de lo que hemos sido, el desprecio de España. Desprecio en su primera acepción académica de falta de estima, falta de aprecio. La frase de antes pertenece a Manuel Azaña al que, con independencia de lo que cada cual piense de su figura histórica, lo único que no se le podrá negar es su amor a España. Incluso por encima de sus propias ideas, que es una práctica inexistente en la política actual.

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