El matador, al que nadie ha sometido a un 'cordón sanitario' por su apoyo a Abascal, nos ofrece la posibilidad de preguntarnos por el verdadero respaldo social de la extrema derecha
El diestro Morante de la Puebla. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
Morante de la Puebla siempre lo ha tenido claro, desde que apareció Vox, él es de Vox. Por eso, el otro día, le dedicó a Santiago Abascal el último toro de su carrera profesional, porque ese era el mayor regalo que podía hacerle. Habrá cientos de aficionados a los toros, devotos, amigos o admiradores de Morante que habrían dado cualquier cosa por ser ellos los destinatarios de ese guiño sublime del maestro. Pero no, sólo miró a Abascal, le dio la montera de su último toro y le agradeció "todo lo que está haciendo por España". Abascal le devolvió el elogio en sus redes sociales, "un genio, un artista inmenso", y se mostraba seguro de que seguirán siendo cómplices y amigos "en los buenos y en los malos momentos". A partir de la anécdota, lo más interesante es que nos preguntemos varias cosas sobre la verdadera repercusión social y política del hecho, desde el porqué de la atracción del torero por ese partido hasta el significado real de la extrema derecha entre sus simpatizantes.
Lo menos complejo será explicarnos por qué un torero como él muestra públicamente su adhesión por la extrema derecha y nadie le plantea un ‘cordón sanitario’, que es lo que ocurriría, en otros muchos casos, con cualquier otro artista. ¿Por qué se disculpa a Morante? Estaría bien que se lo preguntaran aquellos que van pintando a diario rayas rojas y cordones sanitarios y que, quizá, ahora no se atreven por la dimensión social del fenómeno Morante. Aquí, por el contrario, se ha defendido en numerosas ocasiones que los ‘cordones sanitarios’ en una democracia tienen que establecerse sobre principios, derechos y valores, pero no sobre personas ni partidos políticos. Mucho menos, cuando se trata de representantes de la soberanía popular. Ni cordones sanitarios ni cancelaciones de la moral woke, que es lo más parecido a los juicios sumarísimos.
En todo caso, lo peor de esa inquisición de plaza de pueblo es que los cordones sanitarios nos impiden ver la realidad, el porqué de las cosas, de los cambios sociales. Nos enrocamos y nos retroalimentamos con nuestros propios discursos y convicciones y no vemos más allá. Por eso, ahora, al comprobar con satisfacción que nadie quiere aislar a Morante por ‘blanquear a Vox’, salgamos de ese debate entre sectarios para preguntarnos qué es lo que atrae de la extrema derecha a más de tres millones de personas en España, que se incrementarían hasta los cuatro millones y medio de personas si aceptamos, como dicen las encuestas, que en el último trimestre ha habido un enorme trasvase de votos desde el PP hasta Vox.
En el caso de Morante, la defensa del partido de Abascal tiene que ver con algunos de los sentimientos de pertenencia que maneja con enorme habilidad la extrema derecha. Pertenencia a un país, España, pertenencia a un modo de vida, costumbres y tradiciones, y pertenencia a una cultura. "La ilusión de Vox —sostiene Morante— ha sido una esperanza no sólo para el mundo taurino, sino para todo el mundo que vive de las costumbres de su país, de las tradiciones, como la caza. Cosas que siempre han pertenecido a nuestro instinto, a nuestras pasiones, y que hoy se ponen en duda. Nos sentíamos tan contra la espada y la pared de cara a la opinión política, que merecía la pena ser valiente y apostar por unas ideas que nadie era capaz de representarlas. La ilusión de Santiago Abascal y de Vox ha sido un volver a soñar".
Es evidente, bajo mi punto de vista, que lo único que no se le puede reprochar a un votante, sea del país que sea, es que pretenda seguir viviendo de acuerdo con las costumbres y tradiciones que ha heredado de sus padres y que, de la misma forma, se sienta orgulloso de pertenecer a su país. Con independencia de lo que opinemos al respecto, que no hay por qué compartirlo, lo que nadie discutirá es que una democracia, y por consiguiente un discurso político, no se puede construir sin el pueblo. Las democracias le otorgaron la soberanía a los ciudadanos y, a partir de ahí, lo que no podemos hacer es cuestionar nuestros sistemas ni ignorar las tendencias sociales. Hace noventa años, José Ortega y Gasset dijo que "un historiador es un profeta del revés" y, tan poca cuenta se le ha echado, que nada de lo que predijo en ‘La rebelión de las masas’ se ha tenido en cuenta a la hora de hacer política.
En el aspecto que abordamos, por ejemplo, es evidente que el concepto de ‘hombre masa’, una de las mayores aportaciones a la filosofía del último siglo, está íntimamente ligado a la seguridad que siente el individuo en una multitud en la que se identifica, se confunde y desarrolla. "El hombre nunca es un primer hombre: empieza a existir sobre cierta altitud de pretérito amontonado. Este es el tesoro único del hombre, su privilegio y su señal", dice en su monumental ensayo. El propio Ortega advertía, al respecto, que lo peor que se podía hacer es interpretar sus conclusiones desde el punto de vista de la izquierda o de la derecha, porque no estaba hablando de política sino del "subsuelo de la política".
El sentido de pertenencia, en toda su extensión, al igual que la sensación de inseguridad o de incertidumbre, es lo que encontramos en el subsuelo de nuestros días y el grave error de la izquierda y de la derecha tradicional ha sido el de intentar hacer política sin darle respuesta a esas inquietudes y, más allá incluso, el de negar su existencia. Nos puede irritar que ese sentido de pertenencia de tantos miles no tenga en cuenta cómo los populismos, a lo largo de toda la historia, han utilizado esas inquietudes sociales para imponer sus regímenes, que siempre acaban en tragedia. Es esa ceguera de tantos ‘Morantes de la vida’ que no prestan atención a otras propuestas de Vox que, de aplicarse, supondría el fomento de una sociedad menos tolerante, más radical e intransigente. Pero como no se trata de amonestar con superioridad moral a quien apoye a Vox, porque no se consigue nada, habrá que preguntarse por qué se vota a la extrema derecha y ofrecer alternativas a sus inquietudes.
Ni promesas ni descalificaciones; consideración y soluciones que eviten acercarnos más al abismo al que se asoman nuestros sistemas democráticos. Porque es evidente que algo habrá en Vox que no le ofrecen los demás. Hace varios años, en 2018, cuando el torero sevillano comenzó a apoyar públicamente a Santiago Abascal, la fachada de su finca en La Puebla del Río amaneció plagada de pintadas amenazantes: "Al nazi, tiro y a la cuneta", "asesino", "maricón" y "torero de pacotilla acabarás como Padilla". Hace unos días, cuando decidió quitarse la coleta —que no cortársela, como él mismo aclaró—, apenas hubo voces en contra, no se tendió un cordón sanitario.
Apenas un concejal o diputado de Más Madrid dijo que Morante "representa la España rancia, cruel, grasienta, casposa y uniforme que quieren imponernos". Es lo mismo que piensa el ministro de Cultura del Gobierno de Pedro Sánchez, pertinaz defensor de la prohibición de la tauromaquia. Son esos revolucionarios de salón que, pensando que así fortalecen su discurso de izquierdas, cada día se alejan más de las clases humildes y desfavorecidas y avientan extraordinariamente el crecimiento de la extrema derecha. A quien no le vaya esa guerra de trincheras que aproveche lo que ocurre con Morante para trascender del torero inmenso al ser humano cotidiano que tiene el secreto de la cara oculta de Vox, la que hay que ver y entender para frenar esos populismos.
Morante de la Puebla siempre lo ha tenido claro, desde que apareció Vox, él es de Vox. Por eso, el otro día, le dedicó a Santiago Abascal el último toro de su carrera profesional, porque ese era el mayor regalo que podía hacerle. Habrá cientos de aficionados a los toros, devotos, amigos o admiradores de Morante que habrían dado cualquier cosa por ser ellos los destinatarios de ese guiño sublime del maestro. Pero no, sólo miró a Abascal, le dio la montera de su último toro y le agradeció "todo lo que está haciendo por España". Abascal le devolvió el elogio en sus redes sociales, "un genio, un artista inmenso", y se mostraba seguro de que seguirán siendo cómplices y amigos "en los buenos y en los malos momentos". A partir de la anécdota, lo más interesante es que nos preguntemos varias cosas sobre la verdadera repercusión social y política del hecho, desde el porqué de la atracción del torero por ese partido hasta el significado real de la extrema derecha entre sus simpatizantes.