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Felipe VI y el nuevo error de su padre
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Javier Caraballo

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Felipe VI y el nuevo error de su padre

Felipe VI vuelve a mostrar su altura institucional en el funeral por los muertos de Valencia mientras que Juan Carlos I publica un libro y desprestigia un poco más su figura histórica

Foto: Virginia Ortiz Riquelme (i), familiar de víctimas de las inundaciones en la localidad de Letur (Albacete), junto a los reyes Felipe VI (c) y Letizia (d) tras su intervención en el funeral de Estado. (EFE/Kai Forsterling)
Virginia Ortiz Riquelme (i), familiar de víctimas de las inundaciones en la localidad de Letur (Albacete), junto a los reyes Felipe VI (c) y Letizia (d) tras su intervención en el funeral de Estado. (EFE/Kai Forsterling)
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Cuántos millones españoles, orgullosos defensores de la Transición española, no habrán pensado, como el que suscribe, que les encantaría decirle al rey emérito, Juan Carlos de Borbón, aquello que él mismo le dijo al bocazas insoportable de Hugo Chávez: "¿Por qué no te callas?". En su día, cuando se conoció el incidente, me permití sugerir que la frase se inmortalizara en bufandas y camisetas, convencido de que muchos la comprarían por el ruido constante que existe en España. Pero no, nadie la serigrafió y la cosa se quedó ahí, como el sonido seco de una coz. Pero el episodio se sigue recordando, pese a los años que han pasado, y muchos ciudadanos pensarán igual, desearán igual, que Juan Carlos de Borbón deje de intentar justificar su comportamiento injustificable.

Ahora que ha decidido publicar su libro de memorias, otra vez ha vuelto a equivocarse porque, en vez de hablar exclusivamente de su legado, persiste en la necedad de presentarse como víctima de un trato cruel y desconsiderado por parte de su hijo, de la reina Sofía y de la propia sociedad española. Tan grotesco es este nuevo desatino que, en las entrevistas que ha concedido en la prensa francesa, llega a acusar a su hijo Felipe de insensibilidad. Igual que a la reina Sofía. ¿Insensibles? ¿Acaso esperaba Juan Carlos que su mujer le aplaudiera una vida de infidelidades, más allá de la discreción absoluta que ha guardado durante años? ¿O pretendía, quizá, que su hijo no luchara por lavar la imagen de la Corona para salvar a la monarquía parlamentaria? Es absurdo, y hasta insultante, que reclame sensibilidad quien ha demostrado tanta frivolidad.

Once años después de su abdicación, en junio de 2014, Juan Carlos de Borbón sigue sin entender que la inmensa mayoría de los españoles es capaz de diferenciar entre los logros históricos de la Transición española, de la que debemos sentirnos orgullosos, y los desmanes cometidos por él en sus últimos años de reinado. Como hemos apuntado en otras ocasiones, ni el propio Juan Carlos de Borbón tiene derecho a ensombrecer o dañar el prestigio de aquellos años: la excepcionalidad histórica de haber pasado de una dictadura a una democracia de forma pacífica, con el desmantelamiento progresivo de las leyes y las instituciones del franquismo.

Es evidente que el piloto, o como se quiera llamar, de todo ese periodo fue el rey Juan Carlos I, la persona que le cedió al pueblo español el poder absoluto que depositó en él Francisco Franco. Sin la determinación democrática de Juan Carlos I, ampliamente documentada en los años previos a la muerte del dictador, no se hubiera podido implantar un sistema constitucional en España de la forma que se hizo, pleno de derechos y libertades. Por eso, el reconocimiento de la sociedad española sobre ese periodo histórico nunca debe ocultarse ni minimizarse. Pero hasta ahí. Lo paradójico de toda esta historia es que fue el rey Juan Carlos I el principal responsable de la instauración de una monarquía parlamentaria en España y, años después, ha sido el ciudadano Juan Carlos de Borbón el que más daño le hecho, quien más ha hecho peligrar su propia existencia.

Foto: con-don-juan-carlos-contra-juan-carlos Opinión
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Sostiene este ciudadano que vive en una mansión de Abu Dabi, protegido por los jeques, para no tener que tributar en España, que lo suyo fueron "errores" que no tenía que haber cometido, como el de iniciar una relación con Corinna Larsen o el de haber aceptado los cien millones de euros que le regaló su ‘primo’, el rey de Arabia Saudí. "¿Qué hombre no ha cometido errores?", se pregunta Juan Carlos y resulta que ninguno de los episodios que cita pueden considerarse ‘meros errores’. Por una parte, en lo que se refiere a su vida sentimental, nada que objetar porque nadie tiene derecho a juzgarla. Pero en el momento en el que afecta a la institución que representa, ya se trata de un asunto que nos compete a todos. Ir de cacería de elefantes con su amante, por ejemplo, es un acto que no se puede permitir un jefe del Estado.

La pervivencia de las monarquías en nuestras democracias del siglo XXI sólo puede justificarse con la ejemplaridad de sus titulares y la absoluta limitación de sus funciones constitucionales como jefes del Estado. Cuando esos requisitos no se cumplen, la monarquía comienza a verse como una institución anacrónica, incompatible con un sistema democrático. Por esa razón, tampoco fue un mero error haber aceptado la morterada que le regalaron porque esconder cien millones de euros en paraísos fiscales para no tributar en España es un acto consciente y premeditado. Y si quien lo hace es jefe del Estado, se convierte directamente en un escarnio a la sociedad.

Esa ciénaga de desprestigio en la que Juan Carlos de Borbón metió a la monarquía parlamentaria es la que ha tenido que superar su hijo, Felipe VI. La ejemplaridad de este rey podemos observarla casi a diario, con su comportamiento y el de toda la familia real, la reina Letizia, la princesa de Asturias y la infanta Sofía. Pero ha sido en los momentos más difíciles de España en la última década cuando el rey Felipe VI ha demostrado su enorme altura institucional como jefe del Estado. Lo consiguió con su discurso contra el independentismo catalán, en octubre de 2017, y ha vuelto a lograrlo, en el momento político de mayor crispación y radicalización, con su cercanía hacia las víctimas de la dana de Valencia.

Ayer volvió a verse en el funeral de Estado que se celebró: podemos dar por seguro que, sin la presencia del rey Felipe VI, no se hubiera podido celebrar. Es la imagen del jefe del Estado más auténtica, la más acertada, la que más necesitamos en estos momentos de crispación, de polarización. Un jefe del Estado en el que todos los españoles pueden sentirse representados, sin luchas partidistas; un rey de todos. La persona que ha sabido representar al Estado cuando más se sentía su ausencia, cuando más desesperación provocaba la inexplicable soledad de varios días en la que se encontraron los miles de damnificados por la dana. Un rey al que todos respetan por haber sabido entender cuál era su papel en la tragedia. Ejemplaridad y desprestigio. Ese es el trayecto que separa hoy al rey de España de su padre.

Cuántos millones españoles, orgullosos defensores de la Transición española, no habrán pensado, como el que suscribe, que les encantaría decirle al rey emérito, Juan Carlos de Borbón, aquello que él mismo le dijo al bocazas insoportable de Hugo Chávez: "¿Por qué no te callas?". En su día, cuando se conoció el incidente, me permití sugerir que la frase se inmortalizara en bufandas y camisetas, convencido de que muchos la comprarían por el ruido constante que existe en España. Pero no, nadie la serigrafió y la cosa se quedó ahí, como el sonido seco de una coz. Pero el episodio se sigue recordando, pese a los años que han pasado, y muchos ciudadanos pensarán igual, desearán igual, que Juan Carlos de Borbón deje de intentar justificar su comportamiento injustificable.

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