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La ‘kale borroka’ del final de ETA
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Javier Caraballo

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La ‘kale borroka’ del final de ETA

La violencia callejera de los radicales vascos comienza a imponerse otra vez, con el agravante de que, a diferencia de hace unos años, ya ni siquiera existe acuerdo sobre cómo denominarla

Foto: Disturbios en Pamplona por el acto convocado por Vito Quiles. (EFE/Jesús Diges)
Disturbios en Pamplona por el acto convocado por Vito Quiles. (EFE/Jesús Diges)
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Primero el hecho y luego la calificación. Un grupo de jóvenes exaltados de la izquierda abertzale, al grito de "¡borroka!", rodea y agrede a un puñado de policías que, muy pronto, se ven desbordados y superados. Uno de los policías cae al suelo por las patadas y zancadillas que recibe y, cuando está tendido intentando incorporarse, uno de los salvajes levanta una piedra en sus manos y se la estampa en la cabeza. Conmoción cerebral. Otros tres policías más resultan heridos. ¿Cómo calificaría usted estos hechos? La respuesta parece inmediata: ‘si eran jóvenes abertzales y gritaban ‘borroka’, se trata de un acto de kale borroka, que es lo que significa ‘lucha callejera’ en euskera’. ¿Es eso lo que piensa? Pues no. Y ahí es donde comienza el debate porque, por los días que vivimos en España, lo que se ha quebrado en la clase política, y tal vez en la propia sociedad, es la unanimidad que existía en la condena de los actos de violencia callejera de los matones juveniles del entorno etarra. Los motivos de esa división pueden ser varios, desde el equivocado concepto de ‘normalización’ que se quiere imponer en el País Vasco hasta la evolución de los autores de la ‘kale borroka’, pero detengámonos antes en lo sucedido.

Los incidentes se produjeron la pasada semana en el campus de la Universidad de Navarra cuando el activista ultra Vito Quiles anunció que se presentaría allí, dentro de la ‘gira de provocación’ que está realizando por toda España. Al conocerlo, los grupos radicales se movilizaron para impedir que el tipo pudiera poner un solo pie en el campus. En sus plataformas y redes sociales, difundieron su convocatoria para recibirlo a palos: "Vito Quiles viene a Euskal Herria a ensalzar el fascismo. Hay que enfrentar el fascismo en las calles. Iruña, 30 de octubre, 17:30. Frente a la facultad de Comunicación de la Universidad del OPUS".

Varios cientos de radicales, con la típica indumentaria de capuchas negras, invadieron el campus y el tal Quiles acabó desistiendo, no se presentó y desconvocó a sus seguidores. Pero los radicales estaban allí y la ‘kale borroka’ siguió su curso. Coreaban lemas en euskera y, a la menor, se enfrentaron con los policías desplegados para evitar enfrentamientos. Uno de los cuatro policías heridos fue el que antes se citaba, con una conmoción cerebral. Pese a la brutalidad del acto, las noticias que se han publicado apenas ofrecían detalles de lo sucedido. Ha sido un joven periodista de El Español, José Ismael Martínez, al que le reventaron el pómulo a patadas, el que se lo ha contado a quien suscribe. En su caso, fue a la Universidad de Navarra a cubrir el acto y los radicales, al verlo con la credencial de ‘Prensa’ colgada del cuello y grabando imágenes, se fueron hacia él corriendo, hasta que también lo tiraron al suelo y comenzaron a propinarle golpes.

Ni el Ministerio del Interior o algún portavoz de los gobiernos vasco, navarro o español ha denunciado públicamente lo sucedido o se han dirigido a los heridos para trasladarles su solidaridad. De hecho, el ministro Fernando Grande Marlaska, cuando se ha referido a este rebrote de la violencia callejera en el País Vasco y en Navarra, de lo que se ha mostrado contrario es de denominarla como ‘kale borroka’ porque, a su juicio, ese fenómeno se extinguió cuando la banda terrorista dejó de existir.

Foto: cargas-disturbios-pamplona-acto-vito-quiles

A su juicio, cualquier comparación con los incidentes actuales es "una frivolización" del fenómeno terrorista de ETA. "Como vasco y como víctima de ETA no se puede admitir esa falta de respeto a la historia trágica que vivió este país", ha dejado dicho Marlaska. Pero eso no resuelve la duda que se planteaba al principio: ¿cómo lo llamamos, entonces? Si la pregunta se la trasladásemos a algunos de los partidos políticos que apoyan el Gobierno en el que está Marlaska, en su día incansable luchador contra el terrorismo etarra, como Podemos o la propia Bildu, la respuesta sería mucho más inquietante.

En los últimos días, la eurodiputada podemita, Irene Montero, no sólo no ha condenado esas agresiones, sino que se ha mostrado orgullosa de "la gente más joven de nuestro país", porque "está siendo capaz de identificar la principal tarea democrática que tenemos en este momento, que es parar al fascismo". En el mismo tono, desde la propia tribuna del Congreso, la portavoz de Bildu, Merche Aizpurua, instó a Pedro Sánchez a luchar "contra el fascismo en todos los ámbitos". "Las instituciones deben aplicar este compromiso no solo para impedir el acceso de los ultras a los gobiernos, sino también para acabar con los espacios de impunidad de los que gozan el franquismo y el fascismo español".

Foto: dimision-carlos-mazon-dana-valencia-1hms Opinión
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Si a la ‘kale borroka’ ya no se le identifica como tal, sino como incidentes aislados, y recibe más apoyo que nunca, incluso desde las instituciones, el problema que estamos dibujando empieza a cobrar unos perfiles muy preocupantes. Además de inconsciente, porque de lo que no se están dando cuenta es de que los grupos radicales que en la actualidad están dirigiendo la ‘kale borroka’ ya no obedecen a sus órdenes. La violencia siempre se comporta como una espiral, siempre aumenta, es exponencial, y en multitud de ocasiones acaba arrollando a aquellos que la iniciaron.

El grupo que organizó la salvajada de la Universidad de Navarra fue Gazte Koordinadora Sozialista (GKS), creada a partir de una escisión de las juventudes de Bildu y de Sortu descontentas con el excesivo ‘aburguesamiento’ de estas formaciones a medida que van consolidando más poder institucional. "Nuestros padres eran del PNV y nosotros nos hacíamos de Herri Batasuna, y ahora nuestros hijos se hacen de GKS", explican sus miembros, defensores de "la construcción de una sociedad sin clases" en el Estado vasco mediante "la organización comunista del proletariado".

Es evidente que muchos miembros de las juventudes de los ‘batasunos’ siguen participando de la ‘kale borroka’, pero la diferencia con el pasado que conocimos es que ya no se organizan en las sedes que controlan los dirigentes del antiguo entorno etarra. Esto de ahora es el terrorismo callejero surgido a partir del final del terrorismo. La ‘kale borroka’ de final de ETA. Mejor no pensar en cuál puede ser el siguiente paso si no se erradica, con firmeza, esta barbaridad.

Primero el hecho y luego la calificación. Un grupo de jóvenes exaltados de la izquierda abertzale, al grito de "¡borroka!", rodea y agrede a un puñado de policías que, muy pronto, se ven desbordados y superados. Uno de los policías cae al suelo por las patadas y zancadillas que recibe y, cuando está tendido intentando incorporarse, uno de los salvajes levanta una piedra en sus manos y se la estampa en la cabeza. Conmoción cerebral. Otros tres policías más resultan heridos. ¿Cómo calificaría usted estos hechos? La respuesta parece inmediata: ‘si eran jóvenes abertzales y gritaban ‘borroka’, se trata de un acto de kale borroka, que es lo que significa ‘lucha callejera’ en euskera’. ¿Es eso lo que piensa? Pues no. Y ahí es donde comienza el debate porque, por los días que vivimos en España, lo que se ha quebrado en la clase política, y tal vez en la propia sociedad, es la unanimidad que existía en la condena de los actos de violencia callejera de los matones juveniles del entorno etarra. Los motivos de esa división pueden ser varios, desde el equivocado concepto de ‘normalización’ que se quiere imponer en el País Vasco hasta la evolución de los autores de la ‘kale borroka’, pero detengámonos antes en lo sucedido.

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