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"La verdad no es la verdad", la máxima autocrática de Sánchez
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Javier Caraballo

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"La verdad no es la verdad", la máxima autocrática de Sánchez

Si el presidente ya ha determinado que el juicio ha demostrado la inocencia del fiscal general, lo más inquietante es pensar qué hará, qué harán, si el Tribunal Supremo lo declara culpable

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Antonio Lacerda)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Antonio Lacerda)
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Pasará Pedro Sánchez a la historia y de él sólo quedará la devastación institucional de la democracia española. Se acabará su etapa de gobierno, larga o corta, y las instituciones que sostienen el Estado de derecho tendrán que rehacerse en su prestigio dañado por el presidente. Ese será su legado corrosivo, que es lo que no calculan ahora muchos socialistas y gente de izquierdas que siguen confiando en él, que el próximo presidente del Gobierno de España puede ser un populista de signo contrario y tendrá abiertas de par en par todas las puertas de la vulneración legal, todas las líneas rojas de la Transición pisoteadas. Tendrán que desempolvar, entonces, aquellos versos tan recurrentes de la lucha en la clandestinidad española, acaso de toda lucha por la libertad, para recordarse a sí mismos que no atendieron la señales de alarma, que asistieron pasivos a la demolición democrática y a la agitación del enfrentamiento en la sociedad y no hicieron nada porque no les afectaba a ellos, sino a los otros. "Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre". Son los últimos versos de aquel poema de un pastor luterano, Martin Niemöller, que vivió la descomposición de la Alemania de los años 30 del siglo XX.

Pasará Pedro Sánchez, que sí, que pasará, las heridas seguirán abiertas, y sólo nos quedará la confianza firme en la sociedad española, que ha sabido superar otros momentos críticos en el pasado reciente. Igual que ha ocurrido a lo largo de la historia, se volverá a reconstruir lo que ahora se está tambaleando. Debemos repetírnoslo porque, aunque el pesimismo se haya adueñado de tantos, muchos de ellos grandes profesionales y mentes brillantes a izquierda y a derecha, nunca podemos abatirnos con la falacia de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y no es verdad, ni puede ser verdad, que el Estado de derecho en España, tal y como lo hemos conocido en este medio siglo de democracia, no volverá a ser lo mismo.

Este pesimismo de ahora, que en medio del enorme ruido diario puede resultar exagerado, incluso hasta un ejercicio patético, surge a partir de una afirmación del presidente del Gobierno y de la pregunta que se produce a continuación. La frase es la que ha pronunciado Pedro Sánchez este fin de semana, en su entrevista con el diario El País: "El fiscal general es inocente, y más aún tras lo visto en el juicio". La respuesta completa es más amplia, se extiende incluso a los otros procesos judiciales que afectan a su hermano y a su mujer, y lo que afirma el presidente es que él conoce la verdad, que la verdad es que todos ellos son inocentes y que en el caso del fiscal general, Álvaro García Ortiz, la verdad ya ha quedado demostrada en el juicio, aunque ni siquiera haya concluido la vista oral.

La pregunta que nos lleva a la inquietud es inmediata: entonces, ¿qué pasará, o qué dirá el presidente del Gobierno si el fiscal general resulta condenado? ¿Y si pasa lo mismo con su esposa o con su hermano? ¿Qué hará, qué harán? Olvidémonos de que el presidente Sánchez haya podido cometer un desliz, que se haya precipitado con una afirmación que no ha meditado, porque sólo hay que leer la entrevista completa para entender que esa es la única afirmación que quería trasladar. Todo lo demás es repetición de repeticiones. Es el presidente del principal poder del Estado, el Ejecutivo, quien está volcando sobre los magistrados de la última instancia judicial, el Tribunal Supremo, órgano jurisdiccional superior del Poder Judicial, la advertencia de que sólo una sentencia será aceptada como justa y verdadera: la absolución del fiscal general. No ha existido mayor desafío en la democracia. Como ya dijo en junio, lo que quiere es que al fiscal general se le pida perdón.

Foto: leire-psoe-marchena-fiscal-alvaro-garcia-supremo

Sucede, además, que la afirmación del presidente Sánchez no se produce en el vacío, aislada de contexto, sino que debemos insertarla en lo que ya está sucediendo en la vista oral del juicio contra el fiscal general del Estado. Por ejemplo, que el señor García Ortiz haya decidido mantener su cargo para poder presentarse en la vista oral con sus puñetas de fiscal general, para no tener que sentarse en el banquillo de los acusados. Desde esa altura, el desafío del que hablamos hacia los magistrados de la Sala Segunda del Tribunal Supremo se ve redoblado.

Tampoco a García Ortiz se le habrá pasado por alto que es él, como máximo representante del Ministerio Fiscal, el que tiene la obligación constitucional (artículo 124) de proteger la independencia de los jueces y magistrados. Todo lo que se dice en ese artículo se está orillando en este juicio: el Ministerio Fiscal tiene por misión promover la acción de la Justicia en defensa de la legalidad, de defender con imparcialidad los derechos de los ciudadanos y del interés público y, finalmente, "velar por la independencia de los Tribunales y procurar ante éstos la satisfacción del interés social". A lo que estamos asistiendo en el juicio contra García Ortiz es a la aberración de que la Fiscalía y la Abogacía del Estado son las que, no sólo no respetan y protegen la independencia judicial, sino que acusan a los magistrados de inquisidores y de estar sometiendo a un inocente "a un juicio injusto".

Foto: fiscal-general-estado-corrupcion-juicio-1hms Opinión
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Fue el conocido alcalde de Nueva York Rudy Giuliani el que pronunció, cuando ejercía como abogado de Donald Trump en el anterior mandato, la frase redonda de que "la verdad no es la verdad". Giuliani lo dijo en un programa de televisión en el que defendía la inocencia de Trump, por las acusaciones de la trama rusa con la que consiguió ganar las primeras elecciones de Estados Unidos. Ahora Giuliani está arruinado, tras una costosa condena por corrupción, pero su frase sigue sobrevolando el panorama político, cada vez más asumida por líderes populistas de todo el mundo.

Si definimos la autocracia como "una forma de gobierno en la cual la voluntad de una sola persona es la suprema ley", tanto la afirmación de Pedro Sánchez como la del abogado de Donald Trump pueden presentarse como máximas autocráticas. Aunque, si se permite, podemos incluso reformular la tautología machadiana de Juan de Mairena, con Pedro Sánchez en el papel de Agamenón. "La verdad no es la verdad, dígalo Agamenón o su porquero. Agamenón: Conforme. El porquero: No mientas."

Pasará Pedro Sánchez a la historia y de él sólo quedará la devastación institucional de la democracia española. Se acabará su etapa de gobierno, larga o corta, y las instituciones que sostienen el Estado de derecho tendrán que rehacerse en su prestigio dañado por el presidente. Ese será su legado corrosivo, que es lo que no calculan ahora muchos socialistas y gente de izquierdas que siguen confiando en él, que el próximo presidente del Gobierno de España puede ser un populista de signo contrario y tendrá abiertas de par en par todas las puertas de la vulneración legal, todas las líneas rojas de la Transición pisoteadas. Tendrán que desempolvar, entonces, aquellos versos tan recurrentes de la lucha en la clandestinidad española, acaso de toda lucha por la libertad, para recordarse a sí mismos que no atendieron la señales de alarma, que asistieron pasivos a la demolición democrática y a la agitación del enfrentamiento en la sociedad y no hicieron nada porque no les afectaba a ellos, sino a los otros. "Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre". Son los últimos versos de aquel poema de un pastor luterano, Martin Niemöller, que vivió la descomposición de la Alemania de los años 30 del siglo XX.

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