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Memoria histórica y franquismo redivivo
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Javier Caraballo

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Memoria histórica y franquismo redivivo

Si nos desconcierta que tantos jóvenes españoles vean con simpatía la dictadura, pensemos también en las consecuencias de una ley fallida que fomenta la división antes que la reconciliación

Foto: Valle de Cuelgamuros. (Europa Press/Mateo Lanzuela)
Valle de Cuelgamuros. (Europa Press/Mateo Lanzuela)
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La memoria solo tiene un fin para el hombre, el de no tropezar dos veces en la misma piedra. Somos nuestra memoria, como decía Borges, y todo pueblo que la olvida, la tergiversa o la pervierte jamás podrá mirar con esperanza hacia el futuro. Ahora que se han cumplido 50 años de la muerte de Franco, es oportuno preguntarnos el porqué de algunos aspectos de la sociedad española que resultan desconcertantes al respecto.

Por ejemplo, el alto número de jóvenes, nacidos en este siglo, que muestran sus simpatías por un sistema dictatorial, por encima de la democracia. Y cómo es posible que esto ocurra después de cincuenta años de democracia en los que en las dos últimas décadas se ha desplegado una intensa campaña de repulsa y eliminación de todos los símbolos del franquismo. ¿Tienen alguna relación esos dos aspectos? En todos estos años de democracia en España, pueden distinguirse con claridad dos periodos políticos en relación con la dictadura.

Las tres primeras décadas, en las que se aprueban numerosas leyes para el reconocimiento de las víctimas del bando republicano, y las dos últimas décadas en las que se acentúa la necesidad de ‘borrado’ de todo vestigio del franquismo. Conviene aclararlo para desmentir la manipulación interesada que presenta la Transición española como un periodo que se olvidó de las víctimas de la dictadura. Nada más alejado de la realidad porque, en cuanto comenzó a cimentarse la democracia, se aprobaron una decena de leyes para indemnizar, reconocer y rehabilitar a todas las víctimas de la dictadura, tras el golpe de Estado de Franco y la dictadura de cuarenta años que implantó en España.

Se trata de leyes y reales decretos aprobados a partir de 1976, con los gobiernos de Adolfo Suárez, y que se prologan hasta los primeros años 80, con gobiernos de Felipe González, para el restablecimiento de pensiones o derechos de todos los represaliados del franquismo. Pero simbólicamente, ese reconocimiento también se produjo al más alto nivel institucional de la nueva democracia: en 1978, el rey Juan Carlos visitó en México a Dolores Rivas, viuda de Manuel Azaña, último presidente de la República, y aquel abrazo se convirtió en el mayor símbolo de la Transición.

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Emocionada, aquella mujer que llevaba cuarenta años de exilio y de padecimiento, le dijo al nuevo jefe del Estado lo que sentía la mayoría de los españoles de entonces: "Cuánto le hubiera gustado a Don Manuel Azaña vivir este día, porque él quería la reconciliación de todos los españoles". Quiere decirse, por lo tanto, que cuando el hoy presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, visitó en 2019 la tumba de Azaña en Francia, no era cierto, como dijo, que "es tarde, muy tarde, porque España tendría que haberles pedido perdón mucho antes por la infamia". Es verdad que Pedro Sánchez era el primer presidente del Gobierno en visitar la tumba de Azaña, pero nada más.

Esta interpretación sesgada de Pedro Sánchez es, de hecho, la que ha caracterizado la segunda etapa de leyes sobre el franquismo, como se decía antes, la etapa de la ‘memoria histórica’ que se inicia con Rodríguez Zapatero. El paralelismo entre ambos es absoluto, cada uno aprobó su propia ley, primero la de ‘memoria histórica’ y luego la de ‘memoria democrática’, y los dos han dedicado un año entero a conmemorar el franquismo. Igual que Pedro Sánchez ha organizado este 2025 el ‘año de Franco’, en recuerdo de la muerte del dictador, Zapatero declaró 2006 como el ‘año de la memoria histórica’. La estrategia es tan evidente que lo más significativo de esta etapa es que, progresivamente, cada vez crea más división y controversia. En vez de acercar, de reconciliar, lo que hace es alejar y enfrentar.

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La ley de memoria de Sánchez ha llegado al punto de enfrentar, incluso, a los propios socialistas, sobre todo por el pacto de los socialistas con Bildu para que la ‘memoria democrática’ extendiera los abusos del franquismo mucho más allá de la muerte del dictador y de la aprobación de la Constitución, hasta cuando gobernaba el PSOE en España, con Felipe González. De hecho, desde el año pasado existe una comisión que debe estudiar vulneraciones de derechos humanos entre 1978 y finales de 1983 a personas que hubieran luchado "por la consolidación de la democracia". Si los herederos de ETA son los que instaron al PSOE a aprobar esa comisión, ya podemos hacernos una idea precisa de cuáles son sus objetivos.

En todo caso, ¿ha sido la controversia o el rechazo a estas leyes de memoria del franquismo lo que ha despertado las simpatías de los jóvenes por la dictadura? Es cierto, como puede demostrarse en cada episodio de la historia, que todo lo que se intenta imponer a una sociedad acaba produciendo el efecto contrario al que se propone.

En ese sentido, podríamos pensar que eso es lo que ha ocurrido con las leyes de memoria democrática, pero no existe ningún dato que pueda respaldarlo. Es más, según las encuestas que se han publicado al respecto, lo que señalan es que los jóvenes, entre 18 y 24 años, que ven con simpatías el franquismo, suelen ser en su inmensa mayoría varones con escaso nivel de estudios.

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A diferencia de otras generaciones, en esa franja de la población ni siquiera se sabe ubicar con precisión cuáles son los años del franquismo, cuando comenzó la Guerra Civil y cuándo se murió Franco. Con lo cual, más que simpatías por algo concreto, debemos pensar que se trata de una especie de moda. "El franquismo es para muchos la nueva moda indie", como ha acertado a decir una joven en alguno de los muchos reportajes que se han publicado al respecto.

"Mi hijo de 11 años y sus amigos suelen cantar el ‘Cara al Sol’ antes de salir a jugar un partido de fútbol", me confesó hace unos días un colega, desconcertado. "No saben qué significa, pero se lo pasan por las redes, con videos de YouTube, y lo cantan para animarse". Si a todo eso le unimos que existe una corriente neoconservadora que se está imponiendo en todas las democracias, ya podemos explicarnos mejor el porqué de ese 20 por ciento de jóvenes que muestran sus simpatías por la dictadura. Juegan con un fuego que ni siquiera han visto arder, Franco es un meme que puede ponerse en una camiseta, lo mismo que el Che Guevara o Stalin, sin más trascendencia ni conocimiento.

Hablan de dictaduras, porque consideran que las democracias no son eficaces para dirigir un país, pero en ningún momento se habrán parado a pensar que son sus propias libertades las que están comprometiendo. Piensan en una dictadura con sus derechos y libertades actuales. De modo que, aunque las leyes de memoria histórica hayan fracasado en la sociedad, no podemos atribuirle este fenómeno desolador de un franquismo redivivo.

La memoria solo tiene un fin para el hombre, el de no tropezar dos veces en la misma piedra. Somos nuestra memoria, como decía Borges, y todo pueblo que la olvida, la tergiversa o la pervierte jamás podrá mirar con esperanza hacia el futuro. Ahora que se han cumplido 50 años de la muerte de Franco, es oportuno preguntarnos el porqué de algunos aspectos de la sociedad española que resultan desconcertantes al respecto.

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