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Ser periodista y soñar con un bidón de gasolina
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Javier Caraballo

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Ser periodista y soñar con un bidón de gasolina

Siempre han existido tensiones en la prensa, pero en el bochorno de ahora se replican los papeles de los políticos más grotescos, un espectáculo de soberbia y de zafiedad nunca visto

Foto: Pedro Sánchez durante la entrevista en TVE. (RTVE)
Pedro Sánchez durante la entrevista en TVE. (RTVE)
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Es este bochorno diario, el estupor que provoca vergüenza ajena, el ridículo envalentonado al que se exponen tantos. Hablamos del periodismo que estamos padeciendo en España o, mejor dicho, de la deriva hacia la que nos quieren arrastrar a todos. Como aquí nunca se ha creído en algunos de los dogmas más bobos y dañinos de la profesión, como eso de que "perro no come carne de perro", que es el culmen de la degeneración corporativista, no cuesta nada levantar el dedo y señalar que cada vez hay más periodistas en España que se levantan cada mañana soñando con un bidón de gasolina y que no todos los medios de comunicación son iguales en eso.

Si el espectáculo se contempla con cierta distancia, el patetismo al que se exponen es sobrecogedor porque jamás serán conscientes de lo que representan. De alguna forma, el fenómeno que está ocurriendo es que hay periodistas en España que han decidido replicar los papeles de los políticos más grotescos, pero en sus respectivos medios de comunicación. Así, por ejemplo, si tenemos un ministro grosero que dedica la mayor parte de su jornada laboral a incendiar las redes sociales, encontraremos su simétrico en tertulias o en periódicos. Ni al político le interesa gobernar ni al periodista le interesa informar, pero ahí están los dos dedicados al infame ejercicio de fomentar la mala hostia en la sociedad. Los más decentes, entre los periodistas o tertulianos, se llaman a sí mismos activistas, y eso podríamos entenderlo como un gesto de sinceridad si no fuera porque ocupan igualmente los espacios periodísticos.

La cuestión es que tenemos a un Óscar Puente en el Gobierno y a sus clones periodísticos repartidos por los medios de comunicación adscritos al sanchismo, de la misma forma que nos encontramos en la oposición con un Miguel Tellado con sus correspondientes simétricos en las televisiones, radios y periódicos de los medios que odian al sanchismo. ¿Y cuál es el problema?, pensará más de uno, ¿Es que acaso se puede permanecer indiferente ante lo que está ocurriendo? Pues el problema radica, simplemente, en que la crispación y el odio no son los objetivos de la política y, mucho menos, de la prensa. Que no, que no, que existen unas obligaciones éticas y profesionales de ambos colectivos que no se pueden ignorar.

En lo que concierne a la prensa, vamos a retroceder a los principios fundamentales del periodismo. En primer lugar, no se puede confundir ideología con adscripción partidista. La diferencia es tan clara que se puede resolver con un solo ejemplo: aquellos medios que amplifican las malas noticias del partido rival e ignoran o minimizan las malas noticias del partido al que defienden. Eso no es periodismo. En segundo lugar, los periodistas están obligados a buscar la verdad, sin tergiversarla, para que sus lectores o sus oyentes puedan conocerla sin contaminaciones. Por un lado, los hechos y, por otro lado, la posición editorial y las opiniones diversas de sus comentaristas. A partir de esa obligación elemental, cada ciudadano es libre de crearse su propia opinión, pero nunca pensará que le han ocultado o manipulado, y mucho menos inventado, los hechos que se exponen en la noticia.

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Hay un lema, de los más antiguos del periodismo, atribuido a uno de los fundadores de The Guardian, que se repetía hace años en las redacciones desde que un joven periodista llegaba como becario y le encargaban su primer reportaje: "los hechos son sagrados, las opiniones son libres". Pues eso. De modo que a la pregunta anterior, ¿cuál es el problema?, se responde con la simple constatación de que cuando el periodismo se convierte en una réplica de la política, ya no se llama periodismo y, además, está contribuyendo a cavar su propia tumba por el dominio de la desinformación y las noticias falsas. Para no repetir alguna de las muchas sentencias que hay al respecto, pensemos solo que no ha existido ninguna democracia en la historia en la que no hubiera una prensa libre e independiente.

Ya sabemos que en estos tiempos de polarización son los propios lectores, oyentes o espectadores los que reclaman, y hasta exigen, esa visceralidad en los comentarios y no disculpan ni la duda ni la crítica a quienes considera de los suyos. Sobre todo en esta España cainita de Machado, "una de las dos Españas ha de helarte el corazón", para muchos la imparcialidad o la búsqueda de la objetividad es una muestra inequívoca de cobardía o debilidad. Hace dos mil cuatrocientos años, en la antigua Grecia, Aristóteles enseñaba a sus alumnos que "el ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona". En la actualidad, quien no muestre una determinación exacerbada corre el riesgo de que lo tachen de "moderadito", así, de forma despectiva, que es el término acuñado por Diego Garrocho en su ensayo del mismo título.

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Pese a todo, y por suerte, hay medios que siguen obsesionados con la independencia y el rigor profesional, y no es conveniente siquiera citar a ninguno porque eso corresponde a los lectores, a los oyentes y a los espectadores. Y también somos muchos periodistas los que persistimos y no nos ofende que nos digan ‘equidistantes’. Siempre se ha criticado de los periodistas que, de forma consciente o inconsciente, se crean poseedor del monopolio de la verdad. Puede ser un defecto generalizado, es cierto, en buena medida esa vanidad intelectual puede deberse a que los periodistas trabajan con hechos contrastados o meditan sus opiniones después de un detallado conocimiento de los hechos. Pero lo que estamos viendo es distinto, un espectáculo de soberbia y de grosería inaceptable. Y no es casualidad que todo ello ocurra en una era de polarización en todo el mundo y bajo el gobierno, en el caso español, de un presidente como Pedro Sánchez, que es el principal agitador del enfrentamiento.

Lo demás, como en la Biblia, se da por añadidura. La agresividad con la se expresan en sus medios, con la que vetan y expulsan a los que no participan de sus cacerías, el ardor guerrero con el que defienden a Pedro Sánchez y la soberbia que despliegan. Pensemos solo en algo que todo el mundo conoce, como el juicio contra el fiscal general del Estado y el desprecio corrosivo, hiriente, con el que se injuria a los jueces por no haber tenido en cuenta las declaraciones de un grupo de periodistas. ‘Si los periodistas han hablado y dicen que el fiscal es inocente, los magistrados que digan lo contrario están prevaricando’, vienen a decir. "¡Golpe de Estado judicial!", repiten a diario. No les hace falta siquiera leer la sentencia porque ellos son los que sentencian. Sueñan con un bidón de gasolina y en esos delirios de tiranos se consumen a diario.

Es este bochorno diario, el estupor que provoca vergüenza ajena, el ridículo envalentonado al que se exponen tantos. Hablamos del periodismo que estamos padeciendo en España o, mejor dicho, de la deriva hacia la que nos quieren arrastrar a todos. Como aquí nunca se ha creído en algunos de los dogmas más bobos y dañinos de la profesión, como eso de que "perro no come carne de perro", que es el culmen de la degeneración corporativista, no cuesta nada levantar el dedo y señalar que cada vez hay más periodistas en España que se levantan cada mañana soñando con un bidón de gasolina y que no todos los medios de comunicación son iguales en eso.

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