Pedro Sánchez ya eliminó en el último congreso del PSOE la posibilidad de que haya corrientes críticas, pero pese a ello ya existen varios movimientos que se preparan para su caída
El presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, en un acto para el 21-D. (EFE/Jero Morales)
El fin del sanchismo ha comenzado, pero no será mañana cuando esa página se pase en la historia del PSOE. Sabemos que estos son los estertores porque a nadie se le escapa la evidencia de que, aún en el caso de que el presidente Pedro Sánchez pueda alargar esta legislatura hasta casi el final -caduca en julio de 2027-, no existe ni un solo indicio estadístico que permita pensar que Pedro Sánchez podrá armar otra mayoría ‘Frankenstein’ para seguir gobernando. Ese tren de carambolas ya pasó una vez y, aunque hablamos de Pedro Sánchez, el emperador de las primeras veces, no sólo cuenta su capacidad de supervivencia sino la de sus socios parlamentarios, cada vez más decadentes y minoritarios. Como ya apuntamos aquí, es muy posible que el propio Pedro Sánchez sea consciente de ese final y que para lo que ya esté trabajando sea para liderar él mismo el postsanchismo.
Parece una contradicción en sí misma, como el muerto que lleva su propio ataúd en el funeral, pero a nadie debería extrañarle en una persona como él. También sería el primer presidente del Gobierno que, al dejar la Moncloa, se convierte en el líder de la oposición, pero el esquema de Pedro Sánchez es distinto: en una sociedad tan polarizada, que él ha contribuido a fomentar, pasará a la oposición en el momento económico adecuado: cuando dejen de llegar los fondos europeos que han alimentado todos estos años el crecimiento español. En ese momento de tiesura, y frente a una mayoría parlamentaria de derecha y extrema derecha, el discurso ya lo tendría hecho para iniciar, desde el mismo día de su caída, el camino de regreso. Ese sería el esquema, aunque, obviamente, siempre puede verse superado por los escándalos que van estallando a su alrededor.
En todo caso, y quizá por esa misma intuición de que Pedro Sánchez querrá permanecer cuando salga de la presidencia del Gobierno, lo que está sucediendo ya en el PSOE es que comienzan a organizarse plataformas y movimientos que lo que tratarán, precisamente, es de impedirlo. O en el caso de que la debacle electoral del sanchismo sea muy severa, intentar que el partido no caiga en una espiral de autodestrucción, como les ha ocurrido a sus colegas de Francia, Grecia o Italia. "Será fundamental para todos ver cuáles son los resultados de las elecciones de Extremadura", dicen en alguna de esas plataformas por la importancia sociológica, podría decirse, que tiene esa comunidad autónoma en el voto socialista. Estamos hablando de un tipo de votante fiel del Partido Socialista, de los que nunca votarán a la derecha, pero que no son los más encendidos, los más ciegamente volcados en defensa de Pedro Sánchez.
Son aquellos miles de votantes que, si no se movilizan, como ocurrió en las últimas elecciones generales, puede suponerle al PSOE la pérdida de una treintena de escaños, por los restos de las sumas electorales y los efectos de la Ley D’Hondt. Ese electorado, socialista y anti sanchista, el que ha podido votar en otras elecciones con la nariz tapada; ese sector de votantes del PSOE se retrae fácilmente cuando ocurren episodios como el de estos días, el espectáculo de ver a Pedro Sánchez, prestándose al lamentable espectáculo de arrodillarse ante Puigdemont y pedirle disculpas. Además de todos los problemas del PSOE de Extremadura en estas elecciones, con un candidato imputado, la claudicación ante el independentista fugado puede ser letal para los socialistas y es lo que se comprobará en las elecciones. A partir de esa constatación, dicen, se puede calcular mucho mejor lo que pueda ocurrir luego en España.
En todo caso, como se decía al principio, nada inmediato -salvo catástrofe judicial- va a alterar el liderazgo de Pedro Sánchez en el PSOE porque él mismo ya se ha encargado, hace un año, de que nada de ello pueda ser posible. El PSOE está "cerrado y volcado" con Pedro Sánchez, como dijo hace unos días la portavoz de la Ejecutiva Federal socialista, Montse Mínguez. Su aparente ‘lapsus’ de describir al PSOE como un "partido cerrado" es, en realidad, una descripción de lo que decretan los estatutos del partido. Por imposible que parezca, en el PSOE están contempladas las corrientes críticas siempre que no critiquen al líder del partido. Son críticos que no pueden ejercer públicamente de críticos. Eso, si la ejecutiva federal llega a aceptarlos como corriente crítica después de reunir una serie de requisitos.
Es el artículo 4 de los Estatutos: "El Comité Federal autorizará la constitución de nuevas corrientes de opinión a propuesta de la Comisión Ejecutiva Federal. La solicitud a la Comisión Ejecutiva Federal deberá ser motivada y estar avalada, al menos, por un 5% de militantes pertenecientes a un mínimo de cinco federaciones regionales o de nacionalidad (…) Las reuniones deberán realizarse en los locales del Partido. Los afiliados y afiliadas que participan en los trabajos de una corriente de opinión cuidarán que no trascienda al exterior de la Organización expresiones contrarias a las resoluciones de los Congresos y a las de los demás órganos de dirección".
Estos son los Estatutos aprobados por el PSOE en el último congreso federal, celebrado en Sevilla en noviembre del año pasado. Fue el congreso en el que Santos Cerdán, en medio de una gran ovación, fue reelegido como secretario general con un discurso en el que culpaba de todos los procesos judiciales a los tribunales de Justicia y a los medios de comunicación. Habló de una "cacería política" de los jueces, "mentiras en sede judicial", y, una vez más, despreció a los medios de comunicación como "la máquina del fango y del odio de la oposición, que no ha parado de funcionar a pleno rendimiento, enfrentando ciudadanos y territorios". Después, ocurrió lo que ocurrió con Cerdán...
En todo caso, ¿tiene sentido promover en estas condiciones una corriente crítica? Hace dos años se constituyó el colectivo Fernando de los Ríos, en la que se agrupan todos los exdirigentes del PSOE de la etapa de Felipe González, y estos días un exministro de Rodríguez Zapatero, Jordi Sevilla, ha anunciado que quiere constituir una corriente crítica llamada ‘Socialdemocracia XXI’. Sostiene Jordi Sevilla que los socialistas tienen que "ir pensando en pasar página de Pedro Sánchez". Como queda dicho, ese es el objetivo que tienen, preparar el postsanchismo para que una nueva generación de líderes socialistas -todos los veteranos se autoexcluyen, obviamente- sean quienes cojan el relevo. Ese momento llegará, antes o después, pero no será mañana ni Pedro Sánchez se marchará sin más.
El fin del sanchismo ha comenzado, pero no será mañana cuando esa página se pase en la historia del PSOE. Sabemos que estos son los estertores porque a nadie se le escapa la evidencia de que, aún en el caso de que el presidente Pedro Sánchez pueda alargar esta legislatura hasta casi el final -caduca en julio de 2027-, no existe ni un solo indicio estadístico que permita pensar que Pedro Sánchez podrá armar otra mayoría ‘Frankenstein’ para seguir gobernando. Ese tren de carambolas ya pasó una vez y, aunque hablamos de Pedro Sánchez, el emperador de las primeras veces, no sólo cuenta su capacidad de supervivencia sino la de sus socios parlamentarios, cada vez más decadentes y minoritarios. Como ya apuntamos aquí, es muy posible que el propio Pedro Sánchez sea consciente de ese final y que para lo que ya esté trabajando sea para liderar él mismo el postsanchismo.