Matacán
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Últimos autos del Tribunal de la Cancelación
Lo común entre dos casos tan dispares como el ultimo libro de Soto Ivars y la barbarie criminal de Gaza es la condena de esos jueces del escrache que amenazan nuestras democracias
El estricto e inapelable Tribunal de la Cancelación ha decidido condenar este jueves a un escritor español y a un país entero. El escritor se llama Juan Soto Ivars y el país, Israel. Nada tiene que ver el uno con los otros, pero si alguien se sorprende por esa disparidad, es que no conocen que el fuero del Tribunal de la Cancelación no conoce fronteras, ni físicas ni temporales. Puede afectar a personas de nuestros días, pero también a gentes de otras épocas, o de otros siglos. Lo mismo puede acabar en la trituradora una persona que un periodo histórico; todo es susceptible de ser condenado. La jurisdicción de este tribunal abarca todo aquello que se señale con el dedo acusador y, una vez que ha sucedido, es que ya está dictada la sentencia condenatoria.
En el caso de Soto Ivars, mi compañero, la cancelación se produce por su libro Esto no existe, en el que sostiene la tesis de que el número de denuncias falsas por violencia de género es muy superior al que se admite oficialmente. Por decirlo, por escribirlo, están promoviendo la prohibición de los actos de presentación, como esta semana en Sevilla.
Lo de Israel tiene que ver con la decisión de Televisión Española de ausentarse del festival de Eurovisión en protesta por la presencia de este país, tras la barbarie criminal de la Franja de Gaza. Se trata de una continuación de los actos de boicot y sabotaje que comenzaron hace meses, antes de que se firmara el plan de paz y que se mantienen igual.
En los dos casos, como parece evidente, se pueden mantener opiniones distintas, contrarias, sobre las tesis que se defienden, pero no se trata ahora de eso, sino de detenernos un instante a contemplar un fenómeno que nos está conduciendo a una democracia sin democracia. Es decir, que no hace falta ni siquiera llegar a ese primer paso de expresar nuestras opiniones sobre el conflicto palestino o las leyes de violencia de género porque, antes que nada, está el respeto de la libertad. Una democracia es lo contrario de la cultura de la cancelación.
Quizá el test más elemental de la democracia está en la defensa del adversario. Lo resumió hace doscientos años uno de los más grandes pensadores políticos, John Stuart Mill en su ensayo Sobre la libertad. Decía: "Negarse a oír una opinión porque se está seguro de que es falsa, equivale a pensar que la verdad que se posee es la verdad absoluta. Toda negativa a una discusión implica una presunción de infalibilidad". El argumento se completa con la certeza de que, sin la total libertad de discusión, es muy probable que no pueda surgir la verdad.
En el prólogo de ese mismo ensayo, Isaiah Berlin aclara que, para Mill, la defensa de las opiniones de los demás no presupone indiferencia, ni, por supuesto, aceptación de los argumentos que utiliza el otro. Todo lo contrario. "Mill no pedía necesariamente el respeto a las opiniones de los demás; lejos de ello, solamente pedía que se intentara comprenderlas y tolerarlas, pero nada más que tolerarlas. Desaprobar tales opiniones, pensar que están equivocadas, burlarse de ellas o despreciarlas incluso, pero tolerarlas (…) porque sin tolerancia desaparecen las bases de una crítica racional, de una condena racional".
Lo que debemos empezar a considerar es que la existencia de la siniestra ideología de la 'Ilustración oscura'
Doscientos años, ya digo, tienen esas palabras y sólo cuando se vuelven a leer con la perspectiva del tiempo transcurrido nos damos cuenta de su preocupante actualidad. Como, por desgracia, pocas cosas han sido más persistentes en la historia que la persecución del que piensa distinto, la obligación de cualquier demócrata es permanecer alerta a esos despropósitos. En este sentido, lo que debemos empezar a considerar es que la existencia de la siniestra ideología de la Ilustración oscura, esa ola reaccionaria que recorre el mundo, es simétrica y paralela, aunque anterior, a la no menos siniestra ideología woke.
Entre las dos se pueden acabar destruyendo nuestros sistemas democráticos y así tenemos que contemplarlo, sin caer, como ocurre tantas veces, en la falsa apariencia de ‘progresismo’ de lo políticamente correcto. La Enciclopedia Británica describe la cultura de la cancelación como "el acto de quitar el apoyo a los individuos y a su trabajo, a causa de una opinión o acción que resultan inaceptables para quienes han llamado a la cancelación". Y añade que las redes sociales son el primer paso para "magnificar el conocimiento público de la ofensa percibida" y conseguir su objetivo de suspender, anular o suprimir conciertos, apariciones públicas, conferencias… Muerte civil, en otras palabras, de empresas o personas, pero también de países o periodos históricos, como se decía antes.
La definición de Wikipedia no se aleja mucho de la de la Enciclopedia Británica. Dice así: "La cancelación es un fenómeno extendido de retirar el apoyo, ya sea moral, financiero, digital e incluso social, a aquellas personas u organizaciones que se consideran inadmisibles, ello como consecuencia de determinados comentarios o acciones, independientemente de la veracidad o falsedad de estos, o porque esas personas o instituciones transgreden ciertas expectativas que sobre ellas había".
Juicios sin jueces, condenas de muerte civil, pensamientos prohibidos, ideas perseguidas. Eso es lo que está ocurriendo. De modo que, una vez más, lo repetiremos. Las democracias están en peligro, el deterioro es constante y acelerado por la acción corrosiva de esos dos movimientos reaccionarios: el woquismo y el oscurantismo. Cuestionan la validez de las instituciones democráticas, parlamentos y tribunales de justicia, desprecian la objetividad de los medios de comunicación y fomentan la polarización de la sociedad. Con el adversario no se discute, se combate, se aniquila, se desprecia.
Dicen, como ha ocurrido con el boicot a Soto Ivars o con el veto a Israel, que lo hacen en defensa "de los valores públicos que defendemos" y, cuando sueltan ese disparate, no reparan siquiera que están pisoteando lo más elemental de una democracia, la libertad y el respeto. No existe ninguna posibilidad de que en el futuro esa gentuza pueda ser vista por la historia como exponente de un gran avance de la humanidad. Pero en este momento, lo urgente es que estemos advertidos y que nos demos por afectados. El Tribunal de la Cancelación es una amenaza contra tus derechos, seas de la ideología que seas.
El estricto e inapelable Tribunal de la Cancelación ha decidido condenar este jueves a un escritor español y a un país entero. El escritor se llama Juan Soto Ivars y el país, Israel. Nada tiene que ver el uno con los otros, pero si alguien se sorprende por esa disparidad, es que no conocen que el fuero del Tribunal de la Cancelación no conoce fronteras, ni físicas ni temporales. Puede afectar a personas de nuestros días, pero también a gentes de otras épocas, o de otros siglos. Lo mismo puede acabar en la trituradora una persona que un periodo histórico; todo es susceptible de ser condenado. La jurisdicción de este tribunal abarca todo aquello que se señale con el dedo acusador y, una vez que ha sucedido, es que ya está dictada la sentencia condenatoria.