Haremos bien en diferenciar entre la hipocresía que se oculta en los escándalos sexuales del PSOE y la barbaridad de que el feminismo, tan necesario, nos conduzca a la Edad Media
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Eduardo Parra)
Van cayendo las acusaciones dentro del PSOE como cadáveres contagiados por un virus machista que ocultaban y es urgente que empecemos a diferenciar entre algunos conceptos básicos. Se trata, fundamentalmente, de distinguir entre aquellos casos que afectan sólo a ese partido político y los que nos afectan a todos como sociedad. Lo primero nos llevará a descubrir la hipocresía de muchos dirigentes políticos socialistas y lo segundo debe conducirnos a la prevención de que la lucha feminista no puede involucionar y prescindir de valores universales de la civilización, como la presunción de inocencia o el onus probandi.
Dicho de otra forma, utilizando la expresión de Pedro Sánchez, es verdad que el feminismo nos da lecciones todos los días, pero el aprendizaje de esas lecciones no puede llevarnos a la Edad Media o a la Inquisición. La realidad que envuelve esos dos enfoques de la escandalera socialista es que, como ya hemos apuntado aquí en alguna ocasión, debemos ser conscientes de que estamos asistiendo, en todo el mundo desarrollado, a la última gran revolución de la historia, que es la de la igualdad real de las mujeres. Estos procesos históricos comienzan siempre con los cambios legislativos y, al cabo de los años, se asientan en la sociedad hasta convertirse en realidades inamovibles.
Pensemos en los aspectos más insignificantes, aquellos que podríamos denominar como 'micromachismo' y que, precisamente por eso, son los más difíciles de erradicar de la sociedad. Hace tres décadas, o incluso menos, podría interpretarse como algo sin importancia que un jefe se dirigiera a alguna de sus trabajadoras con la valoración precisa de su trasero o la voluptuosidad de su escote. Sin tocar, sin querer llegar más allá, pero provocando una incomodidad inaceptable en la mujer que tenía que asumirlo, resignada. Pues bien, coincidiremos que ese tipo de comportamientos ya no son admisibles. Las mujeres ya no toleran esos comentarios que ellas recibían como una humillación diaria a la que no podían contestar porque era un superior que la profería. No lo toleran las mujeres, ni ninguno de nosotros debe aceptarlos en su entorno.
Por encima de esos episodios de ‘micromachismo’, nos encontramos con otros de mayor gravedad que, directamente, merecen la consideración de delitos, como el acoso sexual o la agresión sexual. El problema que se está plateando en la actualidad es que, aunque es evidente que unos casos y otros no pueden tener la misma consideración, ni penal ni social, la tendencia de cierto feminismo es la de constituirse en tribunales sumarísimos que dictan sentencias condenatorias. Una denuncia anónima equivale a una condena total, sin más. Eso es Inquisición y es inaceptable; el feminismo, la lucha feminista, no puede llevarnos de regreso a la Edad Media. Una denuncia se investiga, a la víctima se la protege cuando decide denunciar, y al infractor se le condena de acuerdo con la gravedad de los hechos. La mera denuncia no puede convertirse en condena.
Con lo cual, ante esta necesidad igualdad real y protección de la mujer de los abusos, lo que se impone es el respeto de la justicia. Los abusos de ‘micromachismo’ tienen que resolverse con protocolos de denuncias efectivos, que deberán extenderse en todos los entornos laborales, y los abusos de delitos sexuales tienen que resolverse en los tribunales de Justicia. Lo que no puede pasar nunca es lo que está ocurriendo, precisamente, en el PSOE, que los protocolos internos resultan ser una enorme farsa y, cuando se convierten en escándalos públicos, se condena sin más a la persona acusada, al hombre acusado, a partir de una denuncia anónima, o de varias, que ni siquiera se investigan. Y todos son lo mismo, ya sea un baboso, un acosador o un abusador.
Ese es el disparate al que nos ha conducido la hipocresía del PSOE. Lo que está ocurriendo en este partido no es, como dice Pedro Sánchez, que el feminismo nos esté dando lecciones todos los días, sino que todos ellos han ignorado a las denunciantes y han encubierto a los denunciados. Y, en la parte contraria, hay quien ha utilizado a las víctimas para zanjar rivalidades personales, vendettas y venganzas políticas habituales en la lucha por el poder. Los protocolos de denuncia en el PSOE existen y son precisos, pero no se cumplen.
Papel mojado, como hemos visto. Se aprobaron en el último congreso, en noviembre del año pasado, y establece la creación de un órgano paritario que debe resolver las denuncias y divide en dos las conductas perseguibles: el "acoso quid pro quo" y el "acoso ambiental". El primero "consiste en forzar a la víctima a elegir entre someterse a los requerimientos sexuales, o perder o ver perjudicados ciertos beneficios o condiciones" y el segundo se refiere a "un entorno intimidatorio, hostil, degradante, humillante u ofensivo para la víctima, como consecuencia de actitudes y comportamientos indeseados de naturaleza sexual".
Lo que ha ocurrido es que las denuncias se han ignorado y, como ha dicho estos días Elena Valenciano, presidenta de la Fundación Mujeres del PSOE, es una absoluta negligencia que ha vulnerado, por igual, el derecho de las denunciantes a que se investiguen sus acusaciones y el derecho del acusado a poder defenderse. Podemos presumir que el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, decidió que el expediente de su asesor se guardara en el cajón y todos los que le rodean lo acataron, desde María Jesús Montero hasta Pilar Bernabé, pasando por los muy osados Oscar Puente, Félix Bolaños y Oscar López. Lo propio de una organización cesarista. Las lecciones del feminismo, tan necesario, no son estas, que no. Por mucho que ahora arrastren su patetismo tras el atril de un mitin o en la mesa de una rueda de prensa, pisoteando toda presunción de inocencia y tratando como desechos, escoria machista, a todos los señalados, sean o no sean culpables de lo que se les acusa. Carne de cañón, carroña de la que siguen alimentándose sin que nada cambie en ese mundo viciado que es el poder político.
Van cayendo las acusaciones dentro del PSOE como cadáveres contagiados por un virus machista que ocultaban y es urgente que empecemos a diferenciar entre algunos conceptos básicos. Se trata, fundamentalmente, de distinguir entre aquellos casos que afectan sólo a ese partido político y los que nos afectan a todos como sociedad. Lo primero nos llevará a descubrir la hipocresía de muchos dirigentes políticos socialistas y lo segundo debe conducirnos a la prevención de que la lucha feminista no puede involucionar y prescindir de valores universales de la civilización, como la presunción de inocencia o el onus probandi.