Si se muestran orgullosos de haber sido implacables con los corruptos de sus filas, no pueden sostener al mismo tiempo que son víctimas de un "golpe de Estado mediático y judicial"
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Javier Cintas)
El socialismo sanchista, que es un espécimen degenerado del PSOE de la democracia, arrastra una contradicción irresoluble cuando intenta explicar el porqué del pozo en el que ha caído. En el mismo discurso, podemos oírlos orgullosos de haber cortado de raíz la corrupción en sus filas y, a continuación, afirmar que son víctimas de una conspiración de los poderes fácticos del Estado, "fuerzas reaccionarias" que extienden a tribunales y a medios de comunicación, fundamentalmente. Es evidente que las dos cosas a la vez no se pueden estar produciendo, porque si, como ellos admiten, han sido implacables contra los corruptos que han aparecido en sus filas, y los han puesto en la calle, no puede ser que todos esos escándalos sean una invención maliciosa de la prensa y los tribunales. O son reales o son inventados. Admitir ambas a la vez conduce a algo tan absurdo como pensar que ellos mismos participan del "golpe de Estado mediático y judicial" que dicen estar sufriendo.
Es elemental, pero vivimos este tiempo extraño de haberle perdido por completo el respeto a la verdad y cada vez es más habitual que nos encontremos con gente así, desprendida de cualquier pudor. Hace ya casi diez años, en enero de 2016, nos sorprendimos cuando Donald Trump dijo en su primera campaña presidencial que sus seguidores eran capaces de creer cualquier cosa que les dijera, y no pasaba nada. "Tengo a la gente más leal, ¿Alguna vez habéis visto algo así? Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a gente y no perdería votantes", dijo Trump y, al oírlo, nos parecía un completo tarado. No solo tenía razón, sino que la radicalización social se ha extendido por todo el mundo y aquí en España tenemos un presidente que, muy pronto, le encontró la misma ventaja que Donald Trump a la agitación social, convencido de que la polarización siempre le favorecería. La verdad o la mentira es mucho menos importante que la crispación y el encabronamiento.
Pensemos, por ejemplo, en el acontecimiento más reciente, la comparecencia de Santos Cerdán en el Senado, el pasado miércoles. Hace justo un año, en el primer fin de semana de diciembre de 2024, el líder socialista organizó un congreso extraordinario del PSOE en Sevilla para ofrecer públicamente su respaldo a Santos Cerdán y confirmarlo como secretario de organización. Desde hacía meses, en varios medios de comunicación se venían publicando noticias sobre la investigación de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil sobre la implicación de Santos Cerdán en la corrupción destapada. Como para el presidente y sus replicantes se trataba simplemente de "fango y falsedades", en ese congreso todos los asistentes se pusieron en pie para aplaudir cuando Pedro Sánchez se abrazó a Cerdán después de que se declarase víctima de una "cacería humana" protagonizada por jueces y periodistas, con "bulos y mentiras".
Seis meses después, en junio de este año, Pedro Sánchez volvió a citar a los medios de comunicación, compungido, para confesar que Cerdán le había mentido. Pidió perdón ocho veces y otras tantas dijo que nunca tendría que haber confiado en Cerdán. "Santos me ha mentido en toda la cara, es increíble, me ha engañado durante años", le fue diciendo a todos. Ha pasado el tiempo, otros seis meses, y a Pedro Sánchez ya se le ha olvidado el perdón. En su balance de fin de año, repitió que completará la legislatura pese "a las campañas de acoso y de mentiras". Y en el Senado, Santos Cerdán decía lo mismo, que está siendo víctima de bulos y falsedades inventados por "el Estado profundo".
Idéntica incoherencia se le puede reprochar a quienes defienden ciegamente al presidente Pedro Sánchez y comparten con él todos los giros que protagoniza, hacia un lado y hacia el contrario, dando vueltas como una peonza. Al poco tiempo de conocerse el escándalo de Ábalos, Koldo y Aldama y, una semana después, la vinculación de Begoña Gómez con el "nexo corruptor" de esa trama; en ese momento inicial, ya se empezó a decir lo que se sigue repitiendo. "La campaña de bulos, falsedades y acoso contra los miembros de los dos últimos gobiernos de coalición y otras fuerzas progresistas e independentistas, coordinada y financiada por la derecha política, mediática, empresarial y judicial, atenta contra las bases mismas de la democracia parlamentaria, y deja inerme al Estado de Derecho".
Lo peor del texto anterior es que lo firmaron numerosos periodistas, artistas e intelectuales alineados con Pedro Sánchez hasta ese extremo de indignidad profesional. Pasa el tiempo, se consolidan las acusaciones, se conocen pruebas, grabaciones y documentos, y siguen con la misma canción. Provocan vergüenza ajena, es verdad, pero lo peor no son esas decepciones por cómo se humillan, sino el daño que le están haciendo a la imprescindible confianza en las instituciones, poderes y contrapoderes de la democracia española. Como esos magistrados, fiscales y catedráticos que, hace unos años, ocuparon altísimas responsabilidades institucionales y ahora se dedican a corroborar que en España existe 'lawfare'.
Una vez más: se trata de un simple ejercicio de coherencia elemental. Si se acaba admitiendo que los tuyos te han mentido, que se han corrompido y que, por esa razón, han sido expulsados de forma fulminante del partido, es imposible mantener al mismo tiempo que se trata de un montaje falso de fuerzas reaccionarias. O es corrupción o es conspiración, hay que elegir, pero el presidente Pedro Sánchez pretende que, simultáneamente, se mantenga una cosa y la contraria. Del autor de ‘los cambios de opinión’ podemos esperarlo todo, pero incluso para él es excesiva esta impostura. Pedro Sánchez aspira a hacer de la política una ciencia cuántica, en la que simultáneamente una cosa puede ser verdad o mentira, realidad o ficción, siempre que él decida una cosa u otra. Es la aspiración, política cuántica, pero ese disparate no puede imponerse porque ese día, sencillamente, se habrá acabado la política.
El socialismo sanchista, que es un espécimen degenerado del PSOE de la democracia, arrastra una contradicción irresoluble cuando intenta explicar el porqué del pozo en el que ha caído. En el mismo discurso, podemos oírlos orgullosos de haber cortado de raíz la corrupción en sus filas y, a continuación, afirmar que son víctimas de una conspiración de los poderes fácticos del Estado, "fuerzas reaccionarias" que extienden a tribunales y a medios de comunicación, fundamentalmente. Es evidente que las dos cosas a la vez no se pueden estar produciendo, porque si, como ellos admiten, han sido implacables contra los corruptos que han aparecido en sus filas, y los han puesto en la calle, no puede ser que todos esos escándalos sean una invención maliciosa de la prensa y los tribunales. O son reales o son inventados. Admitir ambas a la vez conduce a algo tan absurdo como pensar que ellos mismos participan del "golpe de Estado mediático y judicial" que dicen estar sufriendo.