Aunque aquí nos empeñemos en ver lo que no existe, en Irán no hay un levantamiento popular a favor de la democracia, que es un imposible como aquel otro de la 'primavera árabe'
Un miembro de la policía iraní en una manifestación a favor del Gobierno en Teherán. (Reuters/Stringer/WANA)
Sucede en Occidente que, como en otras ocasiones, interpretamos con los valores propios aquello que sucede en Oriente, en los países árabes, lo que nos lleva siempre a la confusión más absoluta. Si le añadimos la corrección política, con todo lo que impone y limita, el resultado no puede ser otro que un considerable desatino. De modo que comencemos con alguna evidencia poco reconocida públicamente: el islam no es un problema, pero el islam es el problema. No es un problema como religión, pero es el problema como régimen político. Esta es una obviedad hasta grosera, pero conviene reseñarla: individualmente, existen millones de ejemplos en todo el mundo de musulmanes integrados plenamente en una democracia. Ahí está el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. Pero colectivamente, es distinto: jamás ha existido en la historia un régimen islamista que haya sido democrático.
El islam, como doctrina, es una religión inherentemente pacífica, y así la practican y la conciben millones de personas en todo el mundo, a pesar de que contenga, igualmente, fragmentos que alimentan los peores extremismos. Desde el fanatismo opresor de los ayatolás hasta el fanatismo terrorista, que tanto daño ha causado y tantas muertes sigue provocando. Reducir el islam al fanatismo religioso supone, por lo tanto, cometer una enorme injusticia con los otros millones de personas que tienen que ver con esa radicalidad asesina lo mismo que usted o que yo, ya seamos cristianos, agnósticos o ateos de esta España de 2026.
Esta evidencia es la que nos lleva a lo que está ocurriendo en Irán y que, con frecuencia, se presenta en Europa como protestas a favor de la democracia y de repulsa de la dictadura del ayatolá Alí Jamenei. Es el líder supremo de la república islámica iraní y en sus manos se concentran todos los poderes posibles, muy por encima de los de cualquier otro dictador: el poder eclesiástico, el poder judicial, el poder militar, el poder ejecutivo y el poder legislativo. La justicia que se imparte es la que señala la ley islámica, la sharía, y las leyes que se aprueban son aquellas que están acordes con el pensamiento de la revolución islámica. Cualquier desviación o infracción grave conlleva la pena de muerte, dictada por los muchos tribunales islámicos que siguen las severas normas del Consejo de Guardianes, un nombre tan tétrico que hace temblar nada más leerlo. ¿Es contra toda estructura terrorífica contra la que se han alzado los iraníes? ¿Ese es el motivo de los disturbios?
En absoluto, esa es la cuestión, aunque, a pesar de la escasa información de la que se dispone, es seguro que habrá colectivos dentro de Irán que sí quisieran encauzar estos disturbios para derribar el régimen opresor de Alí Jamenei. Pero esa no es la realidad dominante. Ni siquiera la sublevación de las mujeres iraníes, en contra de la brutal represión que padecen, es real. Nada más simbólico que la foto que ha dado la vuelta al mundo en la que se ve a una mujer iraní, que se ha quitado el velo y, con el pelo suelto, ha encendido un cigarrillo y lo ha acercado, sin despegarlo de sus labios, a un cartel con la foto del ayatolá que empieza a arder. La foto es real, es de estos días, pero no ha sido tomada en ningún lugar de Irán, sino en Canadá. En Irán no existen esas manifestaciones, que sí se producen aisladamente en otros lugares del mundo, en apoyo de las iraníes. La última mujer de la que supimos que desafió a la dictadura iraní fue una joven kurda de 22 años, Mahsa Amini, que tuvo el arrojo de quitarse el velo. La policía de la moralidad la detuvo y la asesinaron en una celda. Ocurrió hace ya tres años, muy lejos de los incidentes actuales.
Las protestas de la actualidad en Irán son las protestas de los bazares, que son las grandes extensiones de mercados, de todo tipo de productos, al estilo de las medinas de otros países árabes. El pasado 28 de diciembre, el gran bazar de Teherán amaneció con muchas persianas echadas, comercios cerrados en protesta por la depreciación de la moneda, la carestía de los alimentos y la elevadísima inflación, por encima del 40%. Al segundo día de la protesta de ‘persianas echadas’, el malestar se trasladó a las calles y se fue extendiendo a otras ciudades del país. Las crónicas que se han publicado estos días coinciden en la idea de que, si la protesta de los comerciantes se convirtió, a su vez, en una protesta de la ciudadanía, es porque, además de la pésima coyuntura económica, lo que más angustia a los iraníes es la falta de perspectivas, de futuro. Especialmente a los más jóvenes.
Cuando la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, afirma, como ha hecho, que "las calles de Teherán y las ciudades de todo el mundo resuenan con los pasos de las mujeres y los hombres iraníes que reclaman libertad para expresarse, reunirse, viajar y, sobre todo, vivir libremente" está expresando un deseo, pero no una realidad. Aun en el caso de que esas protestas provocaran la caída del abominable ayatolá, todavía tendríamos que aguardar a las consecuencias a medio plazo. Ya ocurrió, al principio del siglo, con las protestas de Túnez que desembocaron en la ‘primavera árabe’. También entonces el origen fue el mismo: un joven comerciante tunecino, vendedor ambulante, se inmoló desesperado después de que la Policía le confiscara el carro con el que vendía en el mercado. No tenía otra cosa para poder sobrevivir. Protestó, lo ignoraron y se roció en medio de la plaza con gasolina. Antes de prenderse fuego, gritó: "¿Cómo esperan que me gane la vida?". La revuelta se extendió por otros muchos países (Egipto, Libia, Baréin, Siria y Yemen) que, al poco tiempo, volvieron a instaurar un régimen dictatorial islámico, más severo incluso con el rigor de la sharía.
Como religión, volvamos a repetirlo, el islam no es un problema, pero sí que representa un problema mayúsculo, insalvable, cuando nos referimos al islam como régimen político. Tan simple como que un sistema teocrático no puede convivir jamás con un sistema democrático porque, como decía el filósofo italiano Giovanni Sartori, "si uno obedece la voluntad de Dios no puede obedecer la voluntad del pueblo ni respetar el principio de legitimidad de la democracia: el islam es un sistema teocrático cuyos miembros están obligados a cumplir la voluntad de Alá".
Sucede en Occidente que, como en otras ocasiones, interpretamos con los valores propios aquello que sucede en Oriente, en los países árabes, lo que nos lleva siempre a la confusión más absoluta. Si le añadimos la corrección política, con todo lo que impone y limita, el resultado no puede ser otro que un considerable desatino. De modo que comencemos con alguna evidencia poco reconocida públicamente: el islam no es un problema, pero el islam es el problema. No es un problema como religión, pero es el problema como régimen político. Esta es una obviedad hasta grosera, pero conviene reseñarla: individualmente, existen millones de ejemplos en todo el mundo de musulmanes integrados plenamente en una democracia. Ahí está el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. Pero colectivamente, es distinto: jamás ha existido en la historia un régimen islamista que haya sido democrático.