Fue en la Ilustración cuando se impuso la presunción de inocencia y es ahora, en este tiempo de la 'Ilustración oscura', cuando más se vulnera este principio fundamental del Derecho
Julio Iglesias, durante una actuación en Estambul. (EFE/Archivo/Deniz Toprak)
Premisa fundamental: quien defiende que Julio Iglesias puede ser inocente no está legitimando las agresiones sexuales. Ni está despreciando a las mujeres que lo han denunciado, ni está frivolizando con la violencia machista. Esta premisa es fundamental porque lo único que se reivindica es el derecho fundamental a la presunción de inocencia, que se ha convertido en estos tiempos que vivimos en un principio revolucionario. Por la osadía que supone invocarlo y porque, al instante, se convierte en una prueba de cargo contra quien lo invoca, como encubridor o cómplice de los delitos.
Ese es uno de los mayores delirios que podríamos imaginar, que quien defiende la presunción de inocencia se convierta, a su vez, en un ser sospechoso que merece igual reprobación que el acusado de varios delitos. Es evidente, en cualquier caso, que este disparate se produce, esencialmente, en los casos de denuncias por violencia contra la mujer a consecuencia de la nefasta política del respaldo previo a la denunciante, el ‘hermana, yo sí te creo’, que invalida, y hasta recela, de la investigación judicial y, mucho más, del criterio final de un tribunal. Ya hemos visto, como reflejamos aquí hace unos días, que el caso de Íñigo Errejónnos está demostrando que el testimonio de una denunciante puede ser creíble, pero que, sin embargo, no sea constitutivo de delito.
Sentado lo anterior, y de acuerdo con la premisa fundamental, la invocación del principio revolucionario de la presunción de inocencia tampoco supone que quien lo invoca esté poniendo la mano en el fuego por el denunciado. En la denuncia contra Julio Iglesias, por el testimonio público de estas mujeres en dos medios de comunicación, Univisión y elDiario.es, se describen escenas de sometimiento y de vejaciones que parecen propias de las humillaciones feudales de la Edad Media, de los tiempos del derecho de pernada. ¿Es creíble que esto pueda suceder? Por desgracia, la propia actualidad nos somete periódicamente a un ejercicio de descreimiento en el ser humano que nos obliga a contemplar cualquier denuncia, por descabellada que nos parezca.
Ahí está el caso del ‘simpático’ presentador de la televisión británica, Jimmy Savile, elevado a la grandeza de Sir por la reina Isabel II y condecorado por el papa Juan Pablo II por su filantropía. Cuando murió fue cuando se conoció la cara oscura del tipo, un depredador sexual sin escrúpulos de cientos de víctimas. ‘Savile, el Depredador’, como se titula el documental que narra las atrocidades de este temible psicópata. O Jeffrey Epstein, el magnate norteamericano que se ahorcó, o lo ahorcaron, en la celda en la que esperaba una condena segura por decenas de casos de pederastia. Si hubo un tipo en Francia que drogaba a su mujer para prostituirla cuando estaba inconsciente, ¿qué más nos puede sorprender del ser humano y de la depravación sexual de algunos hombres?
En contra de todos estos argumentos hay quien reprocha, al esgrimirlos, que cuando se trata de corrupción políticano se tiene el mismo tacto, ni se invoca con tanta frecuencia la presunción de inocencia que cuando las denuncias proceden de una mujer que denuncia a un hombre por abusar de ella. En gran medida tienen razón, pero no se pueden obviar algunas diferencias fundamentales. Por ejemplo, que no es lo mismo las denuncias por corrupción que se producen después de meses o años de investigación policial que desembocan en la detención de varios tipos por orden de un juez y asentimiento del fiscal. Lo que no se produce en los casos de corrupción es que la mera denuncia de una persona, muchas veces sin siquiera acudir a un juzgado, se convierta en una prueba fehaciente de culpabilidad.
También se esgrime, en defensa de las denunciantes, que, en los casos como el de Julio Iglesias, hay que tener mucho valor para exponerse públicamente frente a un hombre tan poderoso. De la misma forma, es evidente que todo acto de denuncia implica un paso adelante que, cuando se trata de cuestiones tan íntimas, no es fácil de dar. Pero esa valentía debemos presuponerla, antes que en quien denuncia a un personaje famoso, en una mujer anónima, vulnerable y, tantas veces, desamparada y sin apoyos. La denuncia a un cantante como Julio Iglesias implica que, al instante, los medios de comunicación de todo el mundo se van a hacer eco de la noticia. Si a esta repercusión le añadimos lo que se decía al principio, el carácter revolucionario del principio de presunción de inocencia, admitiremos que quien tiene garantizado el apoyo público es quien denuncia.
Fue en la Ilustración cuando se impuso el derecho fundamental a no declarar a nadie culpable sin un juicio justo y es ahora, en este tiempo de ‘Ilustración oscura’, cuando se defiende lo contrario. "Ei incumbit probatio qui dicit, non qui negat" (‘Incumbe la prueba al que afirma, no al que niega’), que es un enunciado que corresponde a un jurista romano nacido dos siglos antes que Jesucristo, Julio Cornelio Paulo. Pasados los años, en el siglo XVIII, la Ilustración lo consolidó como principio fundamental del Derecho y se plasmó en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, tras la Revolución Francesa. Constituye mucho más que un hecho anecdótico que sea en esta época en la que existe una corriente de filosofía política que se autodenomina ‘la Ilustración oscura’ cuando se ignora o se prescinde de la presunción de inocencia en los juicios públicos, siempre sumarísimos.
Quienes defienden la ‘Ilustración oscura’ son también aquellos que sostienen que las democracias carecen de sentido en la actualidad, que se trata de regímenes políticos desfasados o inútiles. Son los mismos que inspiran a gente como Donald Trump que, en su propio país, justifica asesinatos, como el de una mujer en Mineápolis, y declara, sin más, que se trataba de una peligrosa terrorista y que el policía que la mató siempre tendrá inmunidad absoluta. En ningún sentido, en ningún debate, debemos comportarnos como esa gentuza. Nada más.
Premisa fundamental: quien defiende que Julio Iglesias puede ser inocente no está legitimando las agresiones sexuales. Ni está despreciando a las mujeres que lo han denunciado, ni está frivolizando con la violencia machista. Esta premisa es fundamental porque lo único que se reivindica es el derecho fundamental a la presunción de inocencia, que se ha convertido en estos tiempos que vivimos en un principio revolucionario. Por la osadía que supone invocarlo y porque, al instante, se convierte en una prueba de cargo contra quien lo invoca, como encubridor o cómplice de los delitos.