La dana de Valencia ha escarmentado a la clase política y debería servir de lección a personajes como Óscar Puente, que siendo ministro de todos, actúa como un 'hooligan' de partido
El ministro de Transportes, Óscar Puente, en Adamuz. (Pedro Pascual)
La severidad del maltrato que nos infligimos como sociedad tras la dana de Valencia ha provocado la aparición de un protocolo de excepcionalidad que nos cura de aquel espanto. Esta vez, desde el primer momento en el que conocimos el gravísimo accidente ferroviario de Adamuz, todo el mundo se alineó en la misma dirección, con el único sentimiento de colaboración y de ayuda. El cálculo político no ha existido, más allá de un puñado de miserables que suelen hurgar en la basura de las redes sociales. Pero de esa gentuza no se puede esperar nada distinto, lo que tampoco debe preocuparnos porque no nos representan como sociedad. Los andaluces, los españoles, son como esa buena gente de Adamuz que, al tener noticia de que dos trenes habían descarrilado a unos pocos kilómetros de sus casas, sólo le prestaron oídos a cómo podían colaborar, a cómo podían ayudar. De pronto, cuando apenas había pasado una hora desde el descarrilamiento del tren de Iryo, que provocó el desastre, se veía en Adamuz una hilera incesante de vecinos que se dirigía hacia la caseta municipal que se había habilitado para atender a los viajeros. Colchones, mantas, caldo caliente de puchero y las dos manos abiertas, dispuestas, para lo que se pudiera necesitar.
Un detalle insignificante, como es el color de las fundas de los colchones, revela la verdadera naturaleza de esa colaboración ciudadana. Porque no eran colchones de ninguna asociación, de ningún depósito municipal; eran los colchones de las casas de cada uno de ellos, con la funda con la que estaban colocados en alguna de las camas de su vivienda, con estampados azules o rosados. Llevaban el colchón y unas mantas con el mismo corazón abierto con el que ofrecieron sus casas para acoger a alguno de los viajeros atropellados por la desgracia. "Tengo en mi casa a un chico, se llama Raúl, iba en el tren con su madre, pero no sabemos todavía nada. Si algún familiar los está buscando, que sepan que está conmigo", le oí decir en uno de los reportajes de la radio a un vecino de Adamuz.
El ‘protocolo de excepcionalidad’ del que hablamos adopta su nombre de la excepcionalidad política que supone en España que algo pueda ser considerado un bien común, o un interés común. Un propósito que nos una a todos. Esto que es compartido por la sociedad, por el anonimato que salvaguarda la decisión de ayudarnos sin recompensa de micrófonos ni fotografías,parece un imposible político en España por la avaricia de notoriedad y por el cálculo electoral que se acaba imponiendo. ¿Cuántas veces ha sucedido? ¿Cuántas tragedias se han encharcado por esa bilis? Por lo vivido esta vez en el descarrilamiento de trenes en Córdoba, podría decirse, o podría esperarse, que la dana de Valencia haya escarmentado a la clase política y que, al fin, los despachos se coloquen a la altura de las aceras.
Esta vez, al contrario de lo ocurrido el fatídico 28 de octubre de 2024, la coordinación de todas las administraciones, municipal, provincial, autonómica y estatal, ha colaborado sin ni un solo resquicio de diferencias. No había pasado ni media hora del siniestro y los bomberos de la provincia y de todas las localidades de alrededor ya se habían puesto en marcha; la Junta de Andalucía desplegó todos sus efectivos de sanidad y protección civil y se puso al mando de la coordinación; el Estado creó un gabinete de crisis efectivo en la propia estación de Atocha, en Madrid, y al poco tiempo comenzaron a salir los militares de la Unidad Militar de Emergencias desde la Base Aérea de Morón de la Frontera. Todos los dirigentes políticos decidieron suspender su agenda del día siguiente y el presidente Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo, líder de la oposición, no vacilaron ni un instante cuando decidieron suspender la reunión que ambos tenían previsto celebrar. Es evidente que el talante de moderación y responsabilidad demostrado por la Junta de Andalucía, que son los valores que quiere representar su presidente, Juanma Moreno, allanaron el camino de esta normalidad tan necesaria. Que Pedro Sánchez y el propio Moreno Bonilla comparecieran juntos celebrando la colaboración es producto de esa escala de valores: primero resolver los problemas y después, sólo después, a dirimir las diferencias políticas.
Sólo hubo una formación política, Vox, que se salió de este guion de normalidad para aprovechar la tragedia en su beneficio. Pero igual que sucede con las miserias de las redes sociales, tampoco ellos representan el alma mayoritaria de la sociedad española. No merece la pena ahondar mucho más en esa cafrería porque se trata de intereses espurios, fácilmente detectables. Cuando toda España estaba este lunes pendiente de la tragedia, con el corazón en un puño, el líder de Vox aprovechó para repetir su retahíla de gobierno socialista ‘corrupto-criminal-mentiroso" y para romper sus negociaciones con el Partido Popular de Extremadura, apurado porque se le terminaba el plazo de presión, de imposición: este martes se constituye la asamblea de la comunidad. Un corazón gamberro no entiende de prórrogas.
Ni siquiera el hosco Óscar Puente, el ‘ministro jabalí’, como tantas veces se le ha denominado aquí, se despeñó por esa pendiente de crispación que suele copar su pensamiento diario. Pero lo sucedido debería servirle de lección a personajes como él que, siendo ministro de todos los españoles, actúa como un hooligán de partido. Si ahora reciben ataques directos a pesar de su moderación durante la tragedia, si muchos no valoran este paréntesis de normalidad, que vaya pensando que lo que no puede ser es que alguien que va sembrando la discordia y el odio durante todo el año, espere luego que una desgracia como la ocurrida pueda generarle empatía. Los radicales en política, los generadores de crispación, lo son a tiempo completo. Y merecen el rechazo, o la indiferencia, que reciben de las gentes que cogen un colchón de su casa y se lo echan al hombro para que duerma alguien que no conocen y del que nada esperan a cambio.
La severidad del maltrato que nos infligimos como sociedad tras la dana de Valencia ha provocado la aparición de un protocolo de excepcionalidad que nos cura de aquel espanto. Esta vez, desde el primer momento en el que conocimos el gravísimo accidente ferroviario de Adamuz, todo el mundo se alineó en la misma dirección, con el único sentimiento de colaboración y de ayuda. El cálculo político no ha existido, más allá de un puñado de miserables que suelen hurgar en la basura de las redes sociales. Pero de esa gentuza no se puede esperar nada distinto, lo que tampoco debe preocuparnos porque no nos representan como sociedad. Los andaluces, los españoles, son como esa buena gente de Adamuz que, al tener noticia de que dos trenes habían descarrilado a unos pocos kilómetros de sus casas, sólo le prestaron oídos a cómo podían colaborar, a cómo podían ayudar. De pronto, cuando apenas había pasado una hora desde el descarrilamiento del tren de Iryo, que provocó el desastre, se veía en Adamuz una hilera incesante de vecinos que se dirigía hacia la caseta municipal que se había habilitado para atender a los viajeros. Colchones, mantas, caldo caliente de puchero y las dos manos abiertas, dispuestas, para lo que se pudiera necesitar.