Las dudas que surgen en el partido de Feijóo sobre el dichoso "control del relato" revelan un evidente complejo de inferioridad sobre su propia capacidad de gestión y comunicación
El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo (i), junto al presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno (d), en una comparecencia en Adamuz. (Europa Press/Guillermo Morales)
Tiene la derecha española un complejo de inferioridad en las grandes coyunturas que acaba sembrando el desconcierto entre ellos mismos. Todo empieza con un eco lastimero: "¡Si esto hubiera pasado con el Partido Popular!", dicen para flagelarse luego con la convicción añadida de que el Partido Socialista acabará imponiendo su versión sobre lo ocurrido, aunque no tenga nada que ver con la realidad. Es un eco porque, si alguien le pone oído a los comentarios de estos días, comprobará que se trata de un lamento extendido entre el electorado de derechas y que llega a ser tan intenso que acaba rompiendo, como una ola gigantesca, en los despachos de los dirigentes.
Cuando eso ocurre, no hace falta más. A partir de ese momento, sólo podemos esperar una cascada atropellada, sin sentido alguno, sin objetivo ni intención, que sólo contribuirá a desconcertar más a sus simpatizantes. Finalmente, un outsider abecerrado irrumpirá en la polémica para darle una patada al tiesto con algún desatino que provocará que todas las miradas acusatorias se vuelvan hacia los populares. Ya nadie se acordará de la polémica inicial y serán los del PP quienes se vean acuciados a dar una explicación y a pedir disculpas. ¿Cuántas veces ha ocurrido? ¿En cuántos casos distintos? En tantas ocasiones ha pasado lo mismo que ahora, tras el horrible accidente de Adamuz, que la única certeza que tenemos es que son ellos mismos los que generan una sensación de derrota a su alrededor con esa frase que repiten, "si esto hubiera pasado con el PP…"
Lo peor de todo es que tienen razón porque, objetivamente, la izquierda en España, fundamentalmente el PSOE y sobre todo cuando gobierna, decide sus estrategias con el ánimo contrario a la derecha, fundamentalmente el Partido Popular. Frente al complejo de inferioridad de la derecha, la izquierda exhibe sin pudor alguno una superioridad moral que les hace despegarse de los problemas, como si no les afectaran. Y es verdad, de la misma forma, que a su alrededor siempre se concita un nutrido grupo de voces relevantes, ya sean tertulianos, intelectuales o correligionarios sindicales o asociativos, que se emplearán machaconamente, como abejas obreras, con las funciones propias de estos himenópteros, en las que cada cual tiene un cometido.
Esta es la realidad mil veces repetida y a los únicos que no se les puede reprochar es a quienes en la izquierda defienden sus intereses. Se puede criticar, y hasta abominar, el descaro de esa superioridad moral, pero todo el mundo entenderá que es lógico que la aprovechen a su favor si les garantiza un menor desgaste en cada conflicto en el que se ven envueltos. Por el contrario, el Partido Popular parece incapaz de aprovechar, y fundir en una sola dirección, sus propias capacidades, como partido que gobierna la mayoría de las comunidades autónomas, los principales ayuntamientos de España y que lidera las encuestas con una distancia progresiva sobre el PSOE de Pedro Sánchez. Podríamos incluso especular si este fenómeno se produce porque la dirección del PP traslada su desconcierto a la sociedad o si es la sociedad la que acongoja a los dirigentes, pero tampoco tiene mucho sentido. El huevo y la gallina. Sucede, que es la cuestión. Y el resultado es que el PP parece incapaz de aprovechar su propia capacidad de gestión y comunicación.
Tras el accidente de Adamuz hemos visto dos fases, muy distintas. En la primera de ellas, el PP se sumó a la política de moderación del presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, y por esa razón no se produjo ni un solo enfrentamiento y confrontación contra el Gobierno de Pedro Sánchez. De forma general, la inmensa mayoría de la opinión pública española aplaudió esa moderación, que conllevaba la unión de todas las administraciones con todos los recursos disponibles. Se estableció un ‘protocolo de tragedia’, como se denominó aquí, que convertía en excepcional aquello que en cualquier otro país debe ser normal: primero se atienden las urgencias de la tragedia, luego se investiga detalladamente lo sucedido y, finalmente, se exigen las responsabilidades políticas. Esa llama de sensatez comenzó a extinguirse muy pronto, quizá no duró ni veinticuatro horas.
El runrún de "si esto hubiera pasado con el PP" comenzó a extenderse y aparecieron las primeras filtraciones de ‘barones’ de partido descontentos con la estrategia, por ser demasiado permisiva con el Gobierno de Pedro Sánchez y su grotesco ministro de Transportes, Óscar Puente. Un partido sin complejo de inferioridad ya se hubiera sobrepuesto a esa presión con un mensaje nítido de reafirmación en esa forma de hacer política y la de postergar cualquier crítica hasta que todas las familias hayan podido enterrar a sus muertos. ¿Acaso no debe parecernos un mínimo exigible de sensibilidad, de humanidad, que se espere a que puedan enterrar a sus muertos aquellos que han perdido tanto?
Una oposición efectiva no consiste en llenar muchos espacios informativos de prensa, sino en la calidad de sus críticas. De qué sirve este cansino ejercicio de repetir un argumentario prefabricado y previsible que siempre termina con la misma petición de dimisión y elecciones. Ni el Gobierno y, menos aún, un personaje político como Pedro Sánchez, van a inquietarse con esa retahíla. La primera estrategia, la de la coordinación y el entendimiento para atender a las víctimas, fue la correcta, y un partido serio y con un liderazgo sólido debe saber reafirmarse en sus principios, defenderlos y mantenerlos, sin vaivenes.
Ya sabemos que existen muchas ‘zonas oscuras’ en las causas del descarrilamiento, pero falta tiempo aún para conocer todos los detalles del accidente. Pues claro que toda la arrogancia fanfarrona del ministro Óscar Puente le ha caído encima como brea. Pero organizar el tiempo y defender una gestión ejemplar no supone renunciar a nada. Lo mismo que la prudencia y el rigor nunca pueden resultarle incómodos a quien aspira a gobernar España tras las próximas elecciones.
Tiene la derecha española un complejo de inferioridad en las grandes coyunturas que acaba sembrando el desconcierto entre ellos mismos. Todo empieza con un eco lastimero: "¡Si esto hubiera pasado con el Partido Popular!", dicen para flagelarse luego con la convicción añadida de que el Partido Socialista acabará imponiendo su versión sobre lo ocurrido, aunque no tenga nada que ver con la realidad. Es un eco porque, si alguien le pone oído a los comentarios de estos días, comprobará que se trata de un lamento extendido entre el electorado de derechas y que llega a ser tan intenso que acaba rompiendo, como una ola gigantesca, en los despachos de los dirigentes.