Después de que la Ley de Amnistía haya borrado sus delitos, es normal que ahora les indigne y les ofenda un simple documental sobre la salvaje protesta tras la sentencia del procés
Manifestación que ha convocado la ANC. (EFE/Marta Pérez)
No existe mayor falsedad en la revuelta independentista de Cataluña que el apelativo que le adjudicaron a los radicales, eso de "som gent de pau". Si tenemos en cuenta que todo el proceso independentista es una sucesión de falsedades históricas, algunas de ellas ridículas y grotescas, la recreación y el anhelo de lo que nunca ha existido; si pensamos eso, el hecho de que se hayan identificado como ‘gente de paz’ a los provocadores, a los salvajes encapuchados, a los boicoteadores, a los amenazadores y a todo el género de exaltados tiene un alcance enorme como disparate. No es el único, pero es el más soez. Tiene el mismo valor que cuando Pablo Escobar, al iniciar su carrera política, se mostró sorprendido por las acusaciones. Y dijo de sí mismo: "Yo soy un hombre decente que exporta flores". Pues eso mismo, las revueltas independentistas catalanas estaban dirigidas por gente de paz que regalaba flores. Claro que sí… Lo hemos vuelto a comprobar estos días por la mera existencia de un documental sobre cómo vivió la Policía los gravísimos altercados que se produjeron en Barcelona tras la sentencia del procés, que condenó por sedición a todos los protagonistas de la revuelta. La salvajada comenzó, el 14 de octubre de 2019, con el asalto del aeropuerto del Prat y se extendió durante toda la semana por el corazón de Barcelona, la Vía Laietana donde está la Jefatura Superior de Policía Nacional que se convirtió en el objetivo número uno, como el "símbolo del Estado a batir", como dicen en el documental.
La falsedad de este personal es tan evidente que provoca grima, primero alientan los incidentes, muchos guardan silencio para no incomodar y cuando todo se desborda, buscan a alguien a quien culpar. La secuencia comienza, en este caso, cuando el presidente de la Generalitat, el tal Quim Torra, de la banda de Puigdemont, animó en un discurso institucional (¡institucional!) a los radicales de los Comités de Defensa de la República, los ‘CDR’ que son las clásicas patrullas callejeras para atemorizar a la población que hemos visto en tantas dictaduras. Lo de Torra fue aquella frase de "a vosaltres, amics dels CDRs, que apreteu i feu bé d'apretar". ("A vosotros, amigos de los CDR, que apretáis y hacéis bien en apretar"). Cuando suelta esa barbaridad, todos los que están a su alrededor a favor de la independencia, aunque no se dediquen a hacer barricadas, no le dicen nada, ni lo reprueban ni lo instan a que retire sus palabras. Un silencio cómplice, al que es tan proclive buena parte de la sociedad catalana, es el que se impone porque siempre les vendrá bien que se agiten las calles. O eso piensan.
Cuando todo se convierte en un infierno descontrolado, como aquellos días, es cuando salta escandalizado alguno de ellos, como nuestro Gabriel Rufián, que va a acabar su vida política de independentista con más trienios en las Cortes españolas que los leones de la puerta. Cuando ‘los apreteus’ aprietan, ya no quieren saber nada de ellos. "No nos representa ni un coche quemado, ni una barricada, ni una capucha, por favor que se queden en su casa", como dijo Rufián aquellos días. Hasta el ministro Marlaska, que hasta entonces formaba parte de un gobierno que defendía las penas y se oponía frontalmente a cualquier amnistía, se horrorizó con los "gravísimos" incidentes e instó a Quim Torra a que se decidiera "entre ser un activista o el máximo representante del Estado en Cataluña y presidente de todos los catalanes".
El enorme despliegue policial de la UIP que llegó a Barcelona a partir del asalto del aeropuerto del Prat, como refuerzo de los Mossos de Esquadra, tenía como única misión algo tan elemental en un Estado de derecho como el respeto de la legalidad y el orden público. Y obviamente, todos los agentes que llegaron a la ciudad lo hicieron por un mandato expreso del Gobierno para que, como en cualquier otro país democrático del mundo, hicieran prevalecer el orden constitucional sobre la algarada incendiaria del independentismo. Conviene resaltar esta obviedad porque una de las críticas más estultas que se le han hecho al documental es que estaba hecho "desde el punto de vista de los policías". Pues claro, porque esa es la mirada de la democracia española, la mirada de la constitución. En nombre del Estado de derecho, son los que se enfrentaron a los salvajes y consiguieron que, a los siete días, comenzara a controlarse la situación y a cesar la violencia. Igual esperaban que el documental se hiciera desde el punto de vista de los adoquines que les lanzaban.
Es la mirada del Estado y también la de la persona, la de policía, de sus miedos cuando caía sobre ellos una lluvia de piedras, de hierros y de cócteles molotov para intentar quemarlos vivos. Los mandaron a allí, acataron la orden y la cumplieron, como es la misión de todos los miembros de esa unidad de élite, la Unidad de Intervención de la Policía (UIP), y pasados los años hablan de lo ocurrido. En los seis años que han pasado son los únicos que se han mantenido en silencio. Y no es su punto de vista, sino su vivencia, porque los policías solo hablan de lo que vivieron, de lo que sintieron cuando alguno de ellos resultaba herido, como ese policía al que le abrieron la cabeza con el lanzamiento de una enorme piedra que lo dejó en coma muchas semanas y lo ha invalidado profesionalmente para el resto de su vida. Esa son sus vivencias, si, pero no ofrecen su punto de vista, su opinión, sobre hechos significativos como que el mismo Gobierno que los mandó a ese horror acabe amnistiando a los agresores.
La bobada del ‘punto de vista’ tiene, sin embargo, un trasfondo mayor. La pretensión obsesiva de este personal es la de equiparar a los salvajes de los CDR con los agentes de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, de forma que se presente todo como una lucha entre dos bandos. Por eso, los independentistas insistían tanto en la Ley de Amnistía, porque no les valía ninguna otra clase de perdón y mucho menos privilegios penitenciarios. La amnistía, por ejemplo, convierte estos incidentes de la semana en llamas de Barcelona en "una serie de movilizaciones intensas y sostenidas en el tiempo" a consecuencia de "una tensión institucional que dio lugar a la intervención de la justicia". Todos los desmanes cometidos "entre los días 1 de noviembre de 2011 y 13 de noviembre de 2023", que son los plazos de la bochornosa Ley de Amnistía, quedan amparados bajo ese paraguas y la consecuencia ahora es esta, que hasta un simple reportaje que expone lo que sufrieron los policías de la UIP lo consideran una provocación y un agravio a Cataluña.
No quieren recordar qué hubiera ocurrido sin la intervención de la Policía ni cuantas decenas de millones de euros costó aquella semana de barricadas y fuego. En fin, que tampoco hay que darle más vueltas… Ahí está el documental para que esos tipos no borren la memoria de lo que hicieron. Se llama ‘Ícaro, la semana en llamas’, está dirigido por Elena García Cedillo y Susana Alonso, y solo se mantendrá hasta final de mes en Filmin, después de la campaña de acoso y boicot que ha sufrido esta plataforma, con los insultos habituales de "basura de los españoles", "panfleto españolista" y "catalanofobia". O lo que es lo mismo, la ‘normalidad’ de la que habla Pedro Sánchez.
No existe mayor falsedad en la revuelta independentista de Cataluña que el apelativo que le adjudicaron a los radicales, eso de "som gent de pau". Si tenemos en cuenta que todo el proceso independentista es una sucesión de falsedades históricas, algunas de ellas ridículas y grotescas, la recreación y el anhelo de lo que nunca ha existido; si pensamos eso, el hecho de que se hayan identificado como ‘gente de paz’ a los provocadores, a los salvajes encapuchados, a los boicoteadores, a los amenazadores y a todo el género de exaltados tiene un alcance enorme como disparate. No es el único, pero es el más soez. Tiene el mismo valor que cuando Pablo Escobar, al iniciar su carrera política, se mostró sorprendido por las acusaciones. Y dijo de sí mismo: "Yo soy un hombre decente que exporta flores". Pues eso mismo, las revueltas independentistas catalanas estaban dirigidas por gente de paz que regalaba flores. Claro que sí… Lo hemos vuelto a comprobar estos días por la mera existencia de un documental sobre cómo vivió la Policía los gravísimos altercados que se produjeron en Barcelona tras la sentencia del procés, que condenó por sedición a todos los protagonistas de la revuelta. La salvajada comenzó, el 14 de octubre de 2019, con el asalto del aeropuerto del Prat y se extendió durante toda la semana por el corazón de Barcelona, la Vía Laietana donde está la Jefatura Superior de Policía Nacional que se convirtió en el objetivo número uno, como el "símbolo del Estado a batir", como dicen en el documental.