La desconexión del presidente con la sociedad española es abrumadora. Nunca ha estado más solo ni más ignorado que en el funeral en el que las víctimas lo abrumaron con su desprecio
Los Reyes Felipe VI y Letizia dan consuelo a los familiares de las víctimas después de la misa en memoria de las víctimas del accidente de Adamuz. (EP)
Pedro Sánchez era un espectro escondido en los pasillos de aquel pabellón deportivo, convertido en catedral de Huelva. La gente, más de cuatro mil personas, habían estado haciendo cola desde muchas horas antes y ocuparon las localidades con lágrimas en las mejillas, aunque ninguno de los fallecidos eran familiares y, en muchos casos, ni siquiera conocidos. Abarrotaron el pabellón y las gradas que, acostumbradas al bullicio del deporte, enmudecieron ese día. Al poco fueron llegando las autoridades, los Reyes de España y, finalmente, los sacerdotes oficiantes en una nube de incienso, con el protocolo medido de estas celebraciones religiosas.
Solo si alguien prestaba atención, o se le venía a la memoria, podía oír el bisbiseo de los pasillos, como el viento cuando silba; era Pedro Sánchez, su espectro, en el día en el que se hizo diminuto. Muchas son las ocasiones en las que el presidente del Gobierno y secretario general del PSOE ha atravesado momentos muy difíciles para él. Situaciones de todos conocidas como los escándalos de corrupción o las críticas agrias, incluidas las de muchos socialistas, por su absoluta falta de principios para pactar, ceder o renunciar a todo aquello que le impida seguir siendo el presidente del Gobierno. Sectarismo y conveniencia aplicadas a personas, a ideales o a valores. En apariencia, esos momentos son mucho más dañinos para un líder político que un simple funeral, en una provincia del sur de España, pegada al mar. Pero nos equivocamos si lo pensamos así. Pedro Sánchez, y ya lo ha demostrado en multitud de ocasiones, puede caminar por ese barro con normalidad. Cuántas veces muchos han pensado que era el final, que no saldría de esa, y al poco tiempo el presidente reaparecía complacido, con la sonrisa hierática de un inmortal. Lo que se vio en el funeral de Huelva es distinto.
Nunca ha estado más solo ni más ignorado que en ese funeral en el que las víctimas lo abrumaron con su desprecio. Su ausencia agrandó la sombra de su presencia. Hubo un momento en la ceremonia religiosa, los diez minutos de intervención de la portavoz de las víctimas, Liliana Sáenz, que constituyen el mejor retrato político sobre el aislamiento endogámico de este Gobierno, de este césar, de este PSOE. Pensemos, antes que nada, que, tras el accidente, con decenas de muertos mutilados entre los raíles de la alta velocidad en la sierra cordobesa, lo que se le ocurrió a Pedro Sánchez fue organizar un funeral de Estado laico. Esa fue su única iniciativa, después de haber visitado el lugar del accidente a los pocos días. Ni habló más de lo sucedido ni pensó ir al Congreso a dar explicaciones; lo hará más adelante dentro de un debate múltiple. Solo se refirió a lo ocurrido en un mitin del PSOE, en Aragón, en el que alabó la gestión de su ministro: "Todo mi reconocimiento a Óscar Puente", dijo y, por esa razón, limitó las dimisiones al colapso ferroviario de Cataluña, cuando se lo pidió Salvador Illa para calmar a sus socios independentistas. En cuanto expresó su idea de organizar un funeral de Estado laico por el accidente de Adamuz, las familias de las víctimas le dieron la espalda. Debe ser la primera vez que ocurre: el gobierno de un país como España tiene que suspender su funeral laico para no verse solo en el acto.
En el funeral organizado por el Obispado de Huelva, la portavoz de todas esas familias se lo estampó, sin citarlo, nada más comenzar su rogativa de acción de gracias: "este es el único funeral que cabía en esta despedida, pues la única presidencia que queremos a nuestro lado es la de Dios". De hecho, el funeral de Estado se celebró, pero organizado por ellos. Qué otra cosa es un funeral de Estado que un acto en el que está presente el jefe del Estado y el pueblo soberano, como sucedió en Huelva. Sí, que sí, que el funeral de Estado se ha celebrado y podemos apostar a que no habrá ninguno más organizado por el Gobierno. Es importante detenernos en este punto para reflexionar sobre lo que se decía antes, la soledad y la desconexión de Pedro Sánchez.
España, como dicta la Constitución, es un estado aconfesional, no laico, con una vinculación especial con la religión católica, mayoritaria entre los españoles. Eso quiere decir, obviamente, que la preferencia en todos los actos organizados por el Gobierno debe procurar ese carácter aconfesional, pero no es una obligación. Depende sobre todo del acto del que se trate y del público al que se dirija. Por ejemplo, un funeral. En Huelva, de donde son dos de cada tres fallecidos -incluida la víctima 46, fallecida el viernes-, la mayoría de los ciudadanos son cristianos, pero es toda la sociedad, incluidos los no creyentes, la que abraza la devoción por las imágenes y por las costumbres. Esa es la forma de entender la religiosidad de Andalucía. Abierta, tolerante, festiva y sentida. Bastaba con que el presidente del Gobierno, siempre tan bien asesorado, se hubiera mostrado sensible y receptivo a esa realidad. Sumándose como presidente al funeral que querían las víctimas. Pero decidió no ir y la grandeza de las víctimas, su paz, su determinación, hizo insignificante todo lo demás: "Sabremos la verdad, lucharemos para que nunca haya otro tren, pero lo haremos desde la serenidad, desde el alivio (…) El odio no nacerá en la rabia que nos crece".
Al querer imponerles un funeral laico, Pedro Sánchez estaba ofendiendo, o despreciando a las víctimas y, lo que es peor, conduce a su partido, el PSOE, a un terreno sociológico que nada tiene que ver con esas siglas y, mucho menos, con el electorado moderado que tantos triunfos le ha concedido, sobre todo en Andalucía. Sorprende oír cómo muchas de las víctimas desvelan que nadie de ese partido se ha acercado a ellas, ni concejales, ni diputados, ni delegados ni, por supuesto, representantes del Gobierno. Esa es la desconexión de la que se habla, porque podría esperarse en otros partidos de extrema izquierda, pero ¿en el PSOE? Es como si el sanchismo se le hubiera contagiado a toda la organización y que todos comiencen, cada uno en su nivel, a desplegar esa política interesada, despegada y fría.
Dicen que Pedro Sánchez no quiere acudir a funerales cristianos y se trata, indudablemente, de una opción personal incuestionable, pero él es presidente de España, líder de un partido que se llama a sí mismo socialdemócrata, y tiene una obligación de representación ineludible. Pero va más allá. Si lo pensamos, en los más de siete años y medio de gobierno, podemos identificar a Pedro Sánchez en todo tipo de acontecimientos, unos adversos y otros no, pero lo que nos será imposible es verlo en un momento de afectividad, de ternura, de emoción. Ese instante lo hemos visto en otros líderes políticos y, especialmente, en Felipe VI y Letizia. Jamás en Pedro Sánchez. Toda la destreza y habilidad que muestra para la marrullería le falta para la empatía. Por esa razón, en el funeral de Huelva, la sombra de su ausencia se agrandó y nos hizo verlo diminuto ante la grandeza de aquella gente, de esas familias que no necesitaban a nadie más para mostrar su dolor en el funeral que ellos eligieron. "Porque ellos no son solo los 45 del tren, ellos eran parte de una sociedad tan polarizada que empezó a resquebrajarse hace mucho tiempo y no nos estamos dando cuenta. Ellos no son solo los 45 del tren... pero son los 45 del tren".
Pedro Sánchez era un espectro escondido en los pasillos de aquel pabellón deportivo, convertido en catedral de Huelva. La gente, más de cuatro mil personas, habían estado haciendo cola desde muchas horas antes y ocuparon las localidades con lágrimas en las mejillas, aunque ninguno de los fallecidos eran familiares y, en muchos casos, ni siquiera conocidos. Abarrotaron el pabellón y las gradas que, acostumbradas al bullicio del deporte, enmudecieron ese día. Al poco fueron llegando las autoridades, los Reyes de España y, finalmente, los sacerdotes oficiantes en una nube de incienso, con el protocolo medido de estas celebraciones religiosas.