El gamberrismo y la ordinariez pueden servirle al presidente Sánchez, pero es lo contrario de lo que se necesita tras la tragedia y el caos, serenidad y rigor para recuperar la confianza
El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente. (EFE/Rodrigo Jiménez)
Todo aquello que hace tres semanas podía interpretarse como una mera estrategia política, la clásica figura del ‘ministro pararrayos’ que atrae las polémicas y se las evita al presidente, ha pasado a ser un insulto a toda la sociedad. La prioridad ahora, después de una tragedia enorme como la de Adamuz, no puede ser la desvergüenza y la desfachatez. Necesitamos recuperar la confianza en el servicio público de los ferrocarriles en España, saber que las vías del tren son seguras, que están gestionadas por profesionales, no por bronquistas. El gamberrismo y la ordinariez pueden servirle al presidente Pedro Sánchez para su ego electoral y sus estrategias de ombligo, pero es lo contrario de lo que se necesita en España, serenidad y rigor para recuperar la confianza.
Al domingo funesto de Adamuz, las ocho menos cuarto de la tarde de aquel 18 de enero que nunca se nos olvidará, le siguió el enorme caos en Cataluña y, desde entonces, la inmensa estructura ferroviaria de España ha comenzado a temblar de incertidumbre. No puede ser que la respuesta institucional sea esta burla chulesca y los primeros que deben enterarse, y no contribuir al bochorno, son los dirigentes de la oposición del Partido Popular. Nos merecemos, al menos, el respeto y la consideración de que lo que ha ocurrido, de lo que está ocurriendo, no degenere en una bronca política más y se quede ahí.
La crisis del AVE es una bofetada de realidad en España que destapa lo que somos de verdad, nuestras carencias camufladas, el tiempo perdido y los recursos despilfarrados. Hace 34 años se inauguró, con motivo de la Exposición Universal de 1992, la primera línea de AVE entre Madrid y Sevilla y, desde entonces, España se ha convertido en el segundo país del mundo con más kilómetros de vías de alta velocidad. Sólo China, que es la segunda potencia económica del mundo, con un PIB diez veces mayor que el español, nos supera en alta velocidad. Somos una potencia económica media y un país pequeño en comparación con muchos otros, pero tenemos más líneas de alta velocidad que ninguno de ellos. Los primeros de Europa, aunque Italia, Francia o Alemania inauguraron muchos años antes sus primeras líneas de alta velocidad.
En España, espoleados por el desarrollo autonómico y la prioridad cateta del ensimismamiento que conlleva, ha ocurrido con el AVE lo mismo que con las universidades, aunque habrá otros muchos ejemplos. La prioridad como país no ha sido la de dotarnos de grandes universidades y competir en todo el mundo por la excelencia educativa, sino la de multiplicar las universidades por todo el territorio. Si en la actualidad no figura ninguna universidad española entre las 150 primeras del ranking mundial (QS World University Rankings), es por esa política egocéntrica, pueblerina, que tanto satisface a las vanidades endogámicas de las comunidades universitarias.
Con la excepción de Extremadura, que padece un aislamiento y una discriminación lacerante incluso en esas épocas de trenes para todos, la política en España ha consistido en el desarrollo exponencial de la red de alta velocidad sin calcular las posibilidades reales de mantener esa tecnología, aun a costa de abandonar progresivamente los trenes convencionales interregionales y de cercanías. El resultado es el que vemos, un disparate insostenible que se ha venido abajo con el accidente de Adamuz y que, ahora, ha puesto en cuestión toda la infraestructura.
Nada tan gráfico como el informe de los técnicos de Talgo, en septiembre pasado, que hace unos días desvelaba El Confidencial: "Es un Ferrari circulando por un camino de cabras", que es como definían la circulación de los trenes de alta velocidad por algunos de los trayectos. Aunque aquí vivamos engarzados en la constante confrontación política, lo que todavía no somos capaces de calcular es el desprestigio internacional que supone para España y las consecuencias económicas que va a acarrear. En todo caso, antes que nada, lo urgente, como se decía antes, es la recuperación de la confianza en la sociedad española.
Queda claro que la responsabilidad del deterioro que estamos descubriendo no le corresponde sólo a este Gobierno, pero ha sido bajo el mandato de Pedro Sánchez cuando todo ha estallado, tras la zafiedad de gestores corruptos y el engaño constante sobre los problemas y las soluciones. Óscar Puente es el ministro que se pavoneaba ante todos los viajeros con esa campaña infamante que los recibía en las estaciones: ‘Disculpen las mejoras’. Todavía deben colgar en algunas estaciones esas grandes pancartas publicitarias que servían de bienvenida a quienes llegaban después de retrasos de horas y horas, parados en medio del campo, de día o de noche.
Será imposible olvidar que, por las mismas vías férreas en las que ahora se ha ralentizado la circulación de todos los trenes, ese tipo prometía hace nada que la alta velocidad ‘volaría’ a más de trescientos kilómetros por hora. Y será imposible que los españoles recuperen la confianza en la red ferroviaria mientras él se mantenga al frente, por muy agradecido que le esté el presidente Pedro Sánchez por todos los servicios prestados a su causa. Dice ahora el ministro Óscar Puente, siempre jaleado por los suyos, que "una red ferroviaria no es una tetera, no se arregla en dos días". Lo dice el tipo y al oírlo sólo se produce un resoplido de hartazgo, un bufido de aborrecimiento. Definitivamente, al ministro Óscar Puente no le cabe ni una chulería más.
Todo aquello que hace tres semanas podía interpretarse como una mera estrategia política, la clásica figura del ‘ministro pararrayos’ que atrae las polémicas y se las evita al presidente, ha pasado a ser un insulto a toda la sociedad. La prioridad ahora, después de una tragedia enorme como la de Adamuz, no puede ser la desvergüenza y la desfachatez. Necesitamos recuperar la confianza en el servicio público de los ferrocarriles en España, saber que las vías del tren son seguras, que están gestionadas por profesionales, no por bronquistas. El gamberrismo y la ordinariez pueden servirle al presidente Pedro Sánchez para su ego electoral y sus estrategias de ombligo, pero es lo contrario de lo que se necesita en España, serenidad y rigor para recuperar la confianza.