Reforma laboral: ni buena ni mala, simplemente irrelevante

Lo peor que le puede pasar a cualquier reforma económica -incluida la reforma laboral- es intentar contentar a todos. Al final sale un pastiche indigerible sin

Lo peor que le puede pasar a cualquier reforma económica -incluida la reforma laboral- es intentar contentar a todos. Al final sale un pastiche indigerible sin coherencia ni unidad de criterio. Y lo que es todavía peor, este tipo de ungüentos no suelen servir para nada. Cumplen la función de una especie de efecto placebo útiles para calmar momentáneamente a los mercados. Pero sólo eso. Es muy probable que la todavía non nata reforma laboral de 2010 pase a la historia como un documento sin valor alguno. Al menos en los términos que refleja el último documento del Gobierno.

Ironías de la historia, en tiempos de tribulaciones en los mercados de deuda, la reforma laboral propuesta por Moncloa comienza a parecerse a aquellas cédulas -billetes- que emitía a finales del siglo XVIII el Banco de San Carlos (antecedente del Banco de España) y que no era capaz de colocar entre los inversores.

Algo parecido le sucede a la reforma laboral. La reforma no tiene quien la quiera. Ni gusta a los sindicatos ni a los empresarios ni  a los especialistas. Y no es por ser equilibrada. Todo lo contrario. Simplemente es incoherente. En palabras de Iñigo Sagardoy, estamos ante un documento ‘fetiche’ que no sirve para crear empleo, ya que tiene más de cosmético que de real. Y lo mismo opina el profesor Daniel Toscani, de la Universidad de Valencia, para quien estamos ante un Gobierno que intenta hacer juegos malabares con la reforma laboral para contentar a unos y a otros.

O sea, ante una especie de encaje de bolillos que pretende abaratar el coste de despido sin decir cómo en términos reales. Y que presenta como una rebaja de las indemnizaciones el hecho de que el Fogasa vaya a pagar ocho días del despido, cuando el Fondo de Garantía Salarial se nutre únicamente de cuotas de la patronal (que tendrán que subir para financiar el modelo austríaco). O ante un modelo que intenta reducir la tasa de temporalidad de la economía española sin poner medios para controlar la causalidad de los contratos temporales, lo cual hace inviable la intención del legislador. Si la reforma sale adelante, la contratación temporal seguirá siendo la norma para un tercio de los asalariados. O estamos ante un texto que se inclina (Corbacho dixit) por permitir que una empresa con seis meses en pérdidas pueda despedir por causas económicas, pero que no tiene en cuenta que la contabilidad tiene carácter anual para el 99% de las empresas.

La reforma es tan incoherente que en lugar de simplificar el mercado de trabajo lo fragmenta todavía más

La reforma es tan incoherente que en lugar de simplificar el mercado de trabajo lo fragmenta todavía más. Hasta el punto de que al menos hasta 2014 convivirán contratos temporales con ocho, diez o doce días de indemnización (según el año de firma del contrato); contratos indefinidos con 33 días y contratos fijos con 45 días de coste de despido. O con cero pelotero, que decía Nicolás Redondo, en caso de contratos de interinidad o formación.

Y todos ellos conviviendo con una legión de trabajadores -la mayoría inmigrantes- sin ninguna relación laboral de carácter contractual que viven como pez en el agua en el universo de la economía ‘golfa’ por el mal funcionamiento de la inspección de trabajo. Como sostiene un experto laboral, se ha pasado de un mercado laboral dual a otro multilateral, en el que la complejidad es el perejil de todas las salsas.

Laudos y más laudos

Hay arbitraje obligatorio para resolver la litigiosidad en las empresas, pero también control jurisdiccional a posteriori. Hay -es verdad- más facilidades para que una empresa pueda descolgarse del convenio, pero si con la legislación actual el recurso de los trabajadores se plantea directamente antes los tribunales de justicia, ahora se interpone un laudo arbitral que tendrá la misma eficacia que un convenio colectivo.

Estamos, por lo tanto, ante la irrupción de una vieja figura en el derecho del trabajo, los laudos obligatorios, que ahora se convierten en el núcleo central de la reforma. Ponga un laudo en su vida, debería subtitularse la reforma si en lugar de tramitarse como proyecto de ley se tramita editorialmente.

Es lo que tiene un Gobierno ‘adolescente’, que diría el economista José Luis Feito refiriéndose a los sindicatos. Que legisla mirando lo que dice el profesor (el mercado), y eso explica que se quiera obligar a estar tres meses en el paro para tener derecho a celebrar un contrato de fomento de la contratación indefinida (el de los 33 días) ¿Por qué tres meses y no uno o cuatro?, cabe preguntarse. ¿No sería más razonable abrir a todos los colectivos este contrato dejando intactos los derechos de los trabajadores con contrato indefinido ordinario

No todo es negativo. Hay coincidencia en que lo más positivo es que, como diría Felipe González, el Gobierno se ha dado un baño de realidad. Pero el agua está tan templada que difícilmente podrá sacar del sopor a un país con más de 4,6 millones de parados y que cada vez que le cae un una crisis encima ve como la tasa de desempleo supera el 20% de la población activa.

Es, por decirlo en palabras de Sagardoy, “una reforma estéticamente positiva y necesaria para nuestro país pero de contenido limitado y con alcance corto, sin ninguna ambición política o económica para afrontar los graves problemas que tiene nuestro mercado laboral”. Más claro el agua.

Mientras Tanto
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