La cicuta que recorre Europa

Sostenía Churchill que los políticos deben ser capaces de predecir lo que pasará mañana, el mes próximo y hasta el año siguiente; pero, al mismo tiempo,

Sostenía Churchill que los políticos deben ser capaces de predecir lo que pasará mañana, el mes próximo y hasta el año siguiente; pero, al mismo tiempo, deben estar preparados para explicar con argumentos sólidos por qué no ocurrió lo que ellos mismos predijeron. Y a tenor de lo que sucede con Grecia, más de uno tendrá que justificar a los europeos por qué el 2,5% del territorio ha puesto al borde del abismo al 97,5% restante. O lo que es lo mismo, cómo es posible que un país poco más grande que Cataluña pueda tener en vilo un enorme pib equivalente a 9,2 billones de euros, que es lo que produce cada año la eurozona a precios de mercado. Nueve veces más que España y 40 veces más que Grecia.

La explicación que se ha dado hasta ahora es que la culpa la tienen los manirrotos de los griegos, que han vivido por encima de sus posibilidades y han despreciado el valor de la productividad. Generando, al mismo tiempo, enormes bolsas de dinero negro. También, un sistema político peculiar (con altos niveles de corrupción) a la greña desde hace generaciones de forma un tanto atávica, incluso desde antes de la dictadura de los coroneles. Montescos y capuletos son hoy los karamanlis y los papandreu, las dos familias políticas que durante decenios han gobernado el país.

La conclusión sería cierta si no fuera porque el problema ya no es Grecia, sino un sistema financiero europeo irresponsable que ha prestado dinero a mansalva sin tener en cuenta criterios macroprudenciales. Con toda seguridad, espoleado por el dinero barato que le ha prestado el BCE desde que estallara la crisis, y que explica que si Grecia debía en 2007 una cifra equivalente al 105% de su pib -del todo punto inasumible para un país con graves problemas de competitividad-, el año pasado acabara con un endeudamiento equivalente al 142% de su pib.

La respuesta a tanta incoherencia, al contrario que en la canción de Dylan, no está en el viento, sino en la equivocada idea de que quien presta a un país -o, pongamos por caso, a una comunidad autónoma o a un ayuntamiento- no corre peligro. Aunque se llame Grecia, que acumula ocho años seguidos con déficit primario (sin incluir el pago de intereses), lo que indica que los problemas vienen de lejos. 

El Estado siempre paga

La realidad se ha encargado de desmentir esa premisa. Como ha señalado el economista Daniel Gros, el esquema de supervisión financiera se basa en que la deuda soberana no entraña riesgos, y eso justifica que si un banco presta al sector privado, está obligado a tener reservas suficientes de capital para hacer frente a un posible aumento de la morosidad. Pero si presta al sector público comprando su deuda, no hay peligro. El Estado siempre devuelve el dinero, lo cual, como se ha demostrado en el caso griego, es, simplemente, una equivocación. Como aquel axioma que decía que los precios de los activos inmobiliarios nunca bajan.

Ese planteamiento sólo hubiera sido realista en caso de que el Estado soberano contara con instrumentos de política económica contundentes para sofocar un shock sobrevenido en las cuentas públicas. Por ejemplo, mediante la devaluación de su moneda, pero ocurre que Grecia, al ingresar en el euro, perdió esa facultad, y por eso está atada de pies y manos. No tiene nada que hacer. Está muerta salvo que los acreedores asuman una parte importante de las pérdidas. No un simple retraso en el pago de las obligaciones.

Si un banco presta al sector privado, está obligado a tener reservas suficientes para hacer frente a un aumento de la morosidad. Pero si presta al sector público comprando su deuda, no hay peligro. El Estado siempre devuelve el dinero, lo cual, como se ha demostrado en el caso griego, es, simplemente, un error

Sin embargo, como no puede ser de otra manera, la banca se resiste. Hasta poner en peligro la propia estabilidad del euro. No es de extrañar teniendo en cuenta que los bancos son propietarios de la tercera parte de la deuda soberana continental, por lo que es enormemente vulnerable a cualquier default por el efecto contagio.  Y no digamos la banca griega, que simplemente desaparecerá del mapa si hay suspensión de pagos.

Antes de la implantación del euro, esta evidencia obligaba a los Estados a subir los tipos de interés para atraer capitales (como bien sabe Solchaga), pero tras la unión monetaria esa disciplina de mercado (de la que derivaba un encarecimiento del servicio de la deuda o una rebaja de los costes financieros) ha desparecido, y eso explica el comportamiento irresponsable de las autoridades económicas, que erre que erre insisten en exonerar a la banca de responder con sus propias reservas ante un posible impago soberano.

Las nuevas normas de supervisión bancaria abundan en esa descabellada idea, lo cual desincentiva la financiación del sector privado, penalizado por los nuevos requisitos de capital.  Prestar al Estado no consume recursos propios, pero sí cuando el crédito va destinado a una empresa o una familia. Es lo que sucede cuando los ministros de Hacienda legislan en beneficio propio.  La banca se ha enredado en su propia trampa.

Y por eso muchos ciudadanos, más perspicaces que sus propios gobiernos, hace tiempo que han puesto pie en pared. Como ha demostrado el economista Tano Santos, de la Universidad de Columbia, desde hace un año y medio el nivel de depósitos de  las familias griegas ha descendido en 33.000 millones de euros. Un cifra colosal.  O lo que es lo mismo, desde diciembre de 2009, que es cuando el nivel de depósitos alcanza su pico, el sistema financiero griego ha perdido alrededor de un 16% de su arsenal monetario, principalmente depósitos a plazo, que, en teoría, son aquellos de mayor inercia y representan un componente fundamental de la riqueza de las familias griegas.

El ‘corralito’ griego

Estamos, como sostiene Santos, ante un pánico bancario a cámara lenta que necesariamente recuerda al ‘corralito’ argentino de los primeros años de esta década. 

Cuando De la Rúa instaló el ‘corralito’ ya había salido del país el 25% de los depósitos bancarios, una cifra no muy distinta de la griega, lo que da idea de la naturaleza del problema. Los depositantes temen la vuelta a la dracma  y por eso sacan su dinero del país mejor pronto que tarde.

Lo peor, con todo, es que ese error de supervisión y de análisis económico se quiera ahora repetir con otra propuesta descabellada como es obligar a la economía griega a beber cicuta, aquel brebaje que el pobre Sócrates tuvo que tragar tras desafiar a los dioses de Atenas.

A los países con salarios más flexibles, como Estados Unidos, les ha ido peor en esta crisis que a las economías del norte de Europa, entre ellas Alemania. Y a medida que los salarios se debiliten, crecerá la morosidad hipotecaria y los problemas en el mercado inmobiliario se agravarán.

Antonis Samaras, el líder de la oposición helena, no es, desde luego, Sócrates, pero ha dicho que no obligará a su pueblo a beber una medicina que es, precisamente, la que le está matando. Proponer una brusca subida de impuestos como le exigen tanto el FMI y la UE para desbloquear el segundo paquete de ayudas es simplemente una irresponsabilidad que abunda en la idea de quienes creen que la UE padece la generación de políticos más mediocres desde los padres fundadores.

Como ha dicho Stiglitz, la crisis ha puesto a prueba algunos dogmas. Como el que responsabiliza a la rigidez del mercado laboral del desempleo. A los países con salarios más flexibles, como Estados Unidos, les ha ido peor en esta crisis que a las economías del norte de Europa, entre ellas Alemania. Y a medida  que los salarios se debiliten, crecerá la morosidad hipotecaria y los  problemas en el mercado inmobiliario se agravarán. El consumo seguirá bajo mínimos y el paro seguirá por las nubes. Esta es la cicuta que recorre Europa.

Mientras Tanto
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