La maldición de los años bobos

 Fue Benito Pérez Galdós quien llamó los años bobos al periodo transcurrido entre la Restauración monárquica y el colapso del régimen canovista. En aquellos años, mientras

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    Fue Benito Pérez Galdós quien llamó los años bobos al periodo transcurrido entre la Restauración monárquica y el colapso del régimen canovista. En aquellos años, mientras emergía una nueva clase social vinculada a la revolución industrial y cristalizaba el catalanismo político, parecía no suceder nada en la España oficial. Todo era tan previsible que la nación llegó a interiorizar aquella célebre maldición de Narváez: “Las cosas en España no tienen remedio”.

    Era la época de Campoamor, de la zarzuela y de los toros; pero también la España de la doble moral que defendía en público sus presuntas virtudes, mientras que, en privado, reinaba el vicio, el disimulo y la ocultación: la querida, el juego, el trapicheo, la corrupción económica o el clientelismo político en torno a despachos de abogados en los que se cocía el futuro del país.

    La España que hacía bueno aquello que decía el conde Romanones: "En España, para triunfar en política, basta con ser alto, abogado y tener buena voz". La España alegre y desahogada al abrigo de un sistema caciquil que incubó el pesimismo del 98, y que despertó de su sueño de una forma abrupta tras la derrota de Annual. La España de la siesta que dejaba morir los problemas para que luego sus enterradores aparecieran ante la opinión pública -años después- como los salvadores de la patria, una vez que las dificultades habían desaparecido de muerte natural.

    Exactamente igual que esa España bobalicona y de risa fácil que cada mañana se reúne ahora en los salones de los mejores hoteles de Madrid para celebrar haberse conocido mientras la otra España paga impuestos o emigra buscando una oportunidad.

    Eugenio D´Ors, como es muy conocido, decía que en Madrid, a las siete de la tarde, o das una conferencia o te la dan. Pero ahora habría que decir que a las nueve de la mañana o vas a desayunar con los barandas del reino o no eres nadie. Y eso explica la profusión de este tipo de barahúndas en las que sólo hay ruido, y a las que acuden empresarios de tronío con evidentes intereses en contratar con la administración, arribistas, correveidiles, políticos y chupatintas que se buscan la vida.

    Los ‘florentinos’ que contratan con los ayuntamientos y otras administraciones acuden sin rubor a la llamada de las trompetas del poder para ver ‘como va lo mío’. Mientras que los editores venden su alma por un plato de lentejas para demostrar que siguen vivos, aunque en realidad son carne de concurso de acreedores

    Se trata de pasar un par de horas en franca camaradería sólo para figurar. Sólo para estar a la sombra del BOE y recibir sus bendiciones. La España inane que vive de la nada. Como aquellos señoritos que fascinaban a Ilya Ehremburg, quien aseguraba que en España el pobre rebosa dignidad, mientras que en Francia se avergüenza de los agujeros de sus pantalones y del brillo hambriento de sus ojos.

    Lo de menos no es lo que se diga. O si los convites de la nueve de la mañana sirven para algo más allá del dispendio (deducible en el Impuesto de Sociedades). Lo relevante es estar y saludar o ser saludados. Lo importante es el cabildeo. Hermosa palabra de un tiempo pretérito que se ha convertido en presente. Con razón decía Plá que hay amigos, conocidos y saludados.

    La España sin sustancia

    Son los desayunos del Ritz, del Palace o del Villamagna, convertidos hoy en un inmenso pesebre que sólo revelan una España sin sustancia que al día siguiente se reflejará en letras de hojalata con profusión en los diarios del régimen. La competencia no es por dar sentido a tanto tentempié desmesurado y desprovisto de alma, sino por demostrar al adversario quién tiene mayor capacidad de convocatoria. El talento se mide hoy por el número de ministros y empresarios que han acudido solícitos a la convocatoria de editores de prensa a quienes preocupa exclusivamente su cuenta de resultados, y que venden periódicos como si fueran salchichas. La inteligencia al servicio del poder. La corrupción intelectual, que es la peor de las corrupciones, al auxilio del dinero. La propaganda triunfante que deja malherida a la información pulcra y objetiva.

    Este tipo de contubernios de medio pelo no tendrían mayor importancia si no fuera porque no son inocuos. Los florentinos que contratan con los ayuntamientos y otras administraciones acuden sin rubor a la llamada de las trompetas del poder para ver cómo va lo mío.  Mientras que los editores venden su alma por un plato de lentejas para demostrar que siguen vivos, aunque en realidad son carne de concurso de acreedores. Los días de fútbol cambia el escenario. El aquelarre es en el palco del Bernabéu, convertido en una inmensa casa de citas –networking se llama ahora- en el sentido literal del término.

    Es la España que espera la recuperación como si fuera un maná que cae del cielo. Incapaz de decir las verdades del barquero. Incapaz de explicar que un país que debe al exterior en términos netos 976.400 millones de euros -una cifra casi equivalente al PIB- no tiene futuro si no se moviliza de forma urgente. Si no sale del amodorramiento colectivo.

    Eso es, en realidad, lo que quería denunciar Aznar con su proclama. Dar un aldabonazo y decir ya basta de tanto conformismo. Hay un riesgo cierto de que el país se acostumbre al paisaje de los seis millones de parados y se vea el drama del desempleo como un mal endémico. El mayor error que puede cometer Rajoy no es su torpe gestión de la cosa pública por falta de pedagogía democrática y ausencia de explicaciones a la opinión pública -pese a que la orientación de la política económica sea en líneas generales en la dirección correcta- sino creer que cuenta con un tiempo del que no dispone. Ni en términos económicos ni en términos políticos. La legislatura se acabará dentro de un año, cuando las elecciones al parlamento europeo rompan el bipartidismo político que ha funcionado desde la Transición, y que obligará a recuperar el arte de la negociación, la cultura del pacto. Lo contrario sería el caos.

    Un inmenso desendeudamiento

    Son los desayunos del Ritz, del Palace o del Villamagna, convertidos hoy en un inmenso pesebre que sólo revelan una España sin sustancia que al día siguiente se reflejará con profusión en letras de hojalata en los diarios del régimen 

    Un dato ilustra este razonamiento a la luz de la economía. El Gobierno, con buen criterio, presume de que el superávit exterior es la mejor noticia económica del año y medio que lleva en Moncloa, pero parece olvidar que Goldman Sachs ha calculado que el saldo de la cuenta corriente de España debe mejorar entre diez y quince puntos porcentuales del PIB -una barbaridad- desde el actual nivel ajustado en función del ciclo (estimado en aproximadamente el -5 % del PIB), con el fin de reducir la posición de inversión internacional neta hasta el -25 % del PIB a lo largo de un horizonte temporal de veinte años. Es decir, dos décadas de restricción del crédito extranjero para lograr situar el déficit exterior neto en niveles homologables a los mejores países de la UE para garantizar sus sostenibilidad. Dos décadas de desendeudamiento que lastran el consumo y la inversión. Dos décadas para que familias y empresas puedan devolver las deudas acumuladas en los años de orgía financiera.

    Sólo el ahorro interno podría aligerar esa enorme restricción crediticia de carácter estructural que se avecina, pero para eso habría que crear empleo de forma contundente en los próximos años, y,  desgraciadamente, nada indica que ese pueda ser el caso. España necesitará al menos una década para recuperar los niveles de empleo previos a la crisis. Y mucho más tiempo para volver a niveles de endeudamiento público (hoy próximo al 100% del PIB) razonables.

    Los trabajos de Hércules eran pecata minuta comparado con estos enormes retos; pero nada indica que haya una movilización de país por acelerar el tiempo histórico que le ha tocado vivir a España. La indolencia y hasta el conformismo con seis millones de parados es inconmensurable. Y por eso, los aldabonazos, aunque procedan de un personaje atrabiliario como Aznar, son más que justificados. Hasta los niños conocen aquél lúcido proverbio de Tagore: Cuando el sabio señala el sol, sólo el necio mira el dedo.

    Mientras Tanto
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