MIENTRAS TANTO

De enanos y gigantes en el socialismo español

La historiadora Marta Bizcarrondo publicó hace ya casi dos décadas un extraordinario ensayo sobre el socialismo español

Foto: Elena Valenciano. (Efe)
Elena Valenciano. (Efe)

La historiadora Marta Bizcarrondo publicó hace ya casi dos décadas un extraordinario ensayo* sobre el socialismo español en el que recordaba las célebres vidrieras de la catedral francesa de Chartres. Las vidrieras expresan de forma gráfica una conocida reflexión atribuida al maestro Bernardo de Chartres, quien ya en el siglo XII hablaba de que los hombres “somos como enanos encaramados sobre hombros de gigantes”.

Lo que reflejan las vidrieras son, precisamente, los pequeños santos de la cristiandad llevados a horcajadas sobre los enérgicos hombros de los grandes profetas del mundo antiguo. Y lo que quería expresar el erudito tras ese enunciado -en el fondo una lección de profunda humildad- era que quienes están arriba pueden cometer el error de pensar que tienen mayor agudeza visual por haber podido situarse en una posición más elevada. Pero sin los profetas, sin todo el saber y el acervo cultural y filosófico de su tiempo, esa aparente superioridad es simplemente falsa. Inexistente. Una ilusión óptica.

Somos algo, venía a decir el filósofo, gracias a lo que encontramos debajo de nosotros, y ésa es, en realidad, la gran miseria del socialismo español, huérfano durante décadas de una musculatura intelectual en la que apoyarse para dar forma y articular su ideología. Huérfano, al mismo tiempo, de un rigor teórico al que sujetarse en unos momentos especialmente delicados para la socialdemocracia europea. Y en última instancia, preso de sus propios demonios familiares que salen a relucir de la botella cada cierto periodo de tiempo por su proverbial endogamia.

El Partido Socialista -ausente durante el franquismo- ha sido incapaz de construir desde 1977 -y desde luego desde 1996- un socialismo autóctono con características nacionales, y eso explica sus continuos bandazos ideológicos al margen de cualquier racionalidad. Lo mismo le sucede a izquierda Unida, un mera suma de marcas territoriales pero sin un armazón, sin una argamasa, que le dé vida y credibilidad. Probablemente, porque se ha trasladado de forma mecánica la necesaria descentralización territorial del Estado (con componentes esencialmente administrativos) a la forma de actuar del conjunto del sistema político. Algo que ha cuarteado a la izquierda española de forma singular. Mucho más que al Partido Popular. Tanto el PSOE como IU o los propios sindicatos (cada organización territorial hace de su capa un sayo) son hoy un ropaje cosido con trozos de tela muy diferentes.

Un disparate oportunista

Mientras que en otros países los partidos socialdemócratas han logrado articular un propuesta más o menos coherente (por supuesto con altibajos y en función de las circunstancias históricas) que ha transcendido a los propios dirigentes ocasionales del partido -el laborismo británico, el socialismo nórdico o la socialdemocracia alemana-, en España el PSOE ha estado al albur de lo que han decido sus distintos líderes, y eso ha acabado por convertir al partido en un disparate oportunista tras la liquidación de la generación que se alzó con el poder en 1982.

El Partido Socialista -ausente durante el franquismo- ha sido incapaz de construir desde 1977 -y desde luego desde 1996- un socialismo autóctono con características nacionales, y eso explica sus continuos bandazos ideológicos al margen de cualquier racionalidadNo es, desde luego, un fenómeno nuevo. El socialismo pablista dominó el partido durante sus cuatro primeras décadas de existencia, y tanta política de corte obrerista (incluso enfrentada al republicanismo progresista) acabó por convertir al PSOE en una formación irrelevante. Fue, de hecho, el partido menos influyente de los que había en Europa por aquella época. Sólo la inteligencia estratégica de Jaime Vera sacó al PSOE de su marasmo, pero tanto la Dictadura de Primo de Rivera como la azarosa vida de la II República eran tiempos demasiado convulsos -más propia de gigantes que de enanos- para dar una respuesta intelectual a problemas mayúsculos.

El resultado hoy es un partido apenas vertebrado ideológicamente que depende de las características del líder regional o nacional, pero ajeno a los nuevos movimientos sociales o, incluso, a los profesionales liberales que durante un tiempo le dieron consistencia. Sin apenas influencia sobre el mundo de la cultura o de la inteligencia en el sentido clásico del término. Un partido cerrado que ahora se quiere abrir con las primarias, pero que supuran un profundo olor electoralista. Y sobre todo, ajeno a esas clases medias -ahora abandonadas por los grandes partidos- que durante muchos años formaron parte de sus alianzas estratégicas.

Esto explica que buena parte del PSC abrace hoy en Cataluña opciones nacionalistas incompatibles con la esencia de la socialdemocracia (algo parecido sucedió en Galicia durante el bipartito). En otros casos, como en Andalucía, se hace política en torno al populismo más feroz representado en los distintos presidentes que ha tenido la Junta, para quienes lo importante no ha sido transformar la realidad (ahí están los niveles relativos de renta respecto del resto del Estado), sino conservar el poder a cualquier precio mediante políticas clientelistas ajenas a la esencia de la socialdemocracia.

El PSOE que pudo ser

Tampoco en Madrid el socialismo ha sido muy distinto. Tras la elección de Tomás Gómez la vieja Agrupación Socialista Madrileña se ha transmutado en una especie de partido abrazafarolas ante la ausencia de un cuerpo teórico que la dé consistencia. Y qué decir de Zapatero, que confundió el socialismo con un engendro de corte radical a la italiana sin ningún fundamento teórico o intelectual. Borrell pudo representar ese socialismo clásico, pero cayó devorado por las dentelladas del aparato. Sólo los socialistas vascos han mantenido el tipo con gentes como Redondo Terreros (probablemente la cabeza mejor amueblada del socialismo español), Jáuregui o incluso Patxi López, sin tentaciones nacionalistas.

La candidata socialista ha dicho: 'Me comprometo a ser una eurodiputada más andaluza, voy a hacer una Europa más andaluza', lo cual debe llenar de incredulidad a las cancillerías europeas y de vergüenza ajena a muchos afiliados socialistasEsos perfiles, muchas veces contrapuestos, y en todo caso inútiles para transformar la cosa pública, son lo que explican el ocaso del Partido Socialista, que va mucho más allá que un mero deterioro electoral.

El PSOE, en contra de lo que reclamó como suyo Fernando de los Ríos en las Cortes Constituyentes de 1931 durante la aprobación de la Constitución republicana, ha dejado de reivindicar los dos hitos de la ciencia política que ha sido capaz de crear España: la palabra ‘liberal’ en el sentido más fértil y progresista del término, y el concepto ‘razón de Estado’, pronunciado ya por Carlos V en el siglo XVI. Por el contrario, ha jugado a despreciar las señas de identidad del socialismo que, como decía Fernando de los Ríos, y luego reclamó para sí Indalecio Prieto en Bilbao (‘socialista a fuer de liberal’) pasa por la emancipación de las conciencias individuales para hacer compatibles el poder y la libertad.

¿Cómo se casa esta idea con unas palabras que acaba de pronunciar Elena Valenciano? La candidata socialista ha dicho: "Me comprometo a ser una eurodiputada más andaluza, voy a hacer una Europa más andaluza”, lo cual debe llenar de incredulidad a las cancillerías europeas y de vergüenza ajena a muchos afiliados socialistas. 

Resulta que el ejemplo para el PSOE actual es la comunidad con más parados de Europa y que convive de forma natural con unos niveles de corrupción incompatibles con el sistema democrático, como ha reflejado en este mismo diario Javier Caraballo. ¿Sirve para algo una Conferencia Política cuando la número dos del PSOE dice que el ejemplo a imitar es Andalucía?

Como alguien dijo en los comienzos del partido socialista, no cabe un proyecto reformador al margen de la democracia política, y el clientelismo a través de las subvenciones para lograr el voto cautivo, son extraños al cambio social. En última instancia la razón de ser de cualquier partido progresista. Cataluña y Andalucía restan hoy credibilidad al proyecto socialista.

Con razón Ortega, en el momento en que se despedía del PSOE después de haber asistido a varios congresos “con fervor” de militante socialista, dijo unas palabras premonitorias: “El día en que los obreros españoles abandonaran las palabras abstractas y reconocieran que padecen, no sólo como proletarios, sino como españoles, harían del partido socialista el partido más fuerte de España. De paso harían España”.

*Enanos y gigantes: el socialismo español (1835-1938) Marta Bizcarrondo. Historia de la Teoría Política. Editor Fernando Vallespín. Alianza Editorial

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